El Estado de Chile está en deuda con sus profesores y profesoras. No sólo por el compromiso que lleva 40 años esperando ser saldado: la Deuda Histórica, sino aquel que se relaciona con el respeto, los derechos y la valoración de la profesión docente.
La Deuda Histórica
El 4 de septiembre es el Día Nacional de la Deuda Histórica, una de las causas más sentidas por el profesorado chileno. El menoscabo y la vulneración a los derechos, no es algo nuevo.
La Deuda se originó por el incumplimiento de la Ley Nº 3.551 de 1981, que disponía un reajuste del sueldo base al sector público, esta asignación especial no debía ser imponible para el personal docente dependiente del Ministerio de Educación.
Miles de profesores no recibieron su asignación, ya que, al ser traspasados al sector municipal, los nuevos empleadores desconocieron absolutamente los derechos adquiridos por los docentes.
En esta situación existen dos focos de atención.
Por una parte, en plena dictadura militar, a partir del año 1981, la municipalización de los colegios fue impuesta y aplicada, sin derecho a voz.
Por otra; el problema constitucional medular es el modelo de desarrollo que se implementó a partir de 1980 con la Constitución de Pinochet, que se traduce en la sustracción del Estado como agente económico.
El Estado interviene en todos los ámbitos de la vida cotidiana y derechos de la sociedad, al anularse éste, los particulares injieren en todas las esferas de la realidad “cuando ellos quieren y pueden”. Así lo plantea explícitamente la Carta Magna de 1980, dándoles un abanico de posibilidades a los poderes fácticos para hacer y deshacer.
Catorce mil profesores y profesoras murieron esperando el pago de la deuda. Muchos, aún sobreviven con pensiones mínimas.
Una deuda hoy
No hay duda que la pandemia por Covid 19 ha provocado una crisis mundial en todos los ámbitos de la vida de las personas.
En la esfera de lo educativo, el alcance y los importantes efectos negativos, solamente han agudizado el desgaste y el colapso que los docentes chilenos arrastran por años, lo que ha generado millones de denuncias.
Chile, al igual que otros países, a principios de 2020 se veía obligado no solo a cerrar las actividades presenciales, sino también, a reorganizar la forma de ejercer la enseñanza, esto traía consigo un desafío mayor que requería rediseño e inversión por parte de las municipalidades y de privados.
Lamentablemente, bajo el sistema constitucional vigente en el país, el cambio que tanto se necesitaba jamás se hizo efectivo.
Ante este escenario, miles de maestros y maestras debieron impartir clases virtuales desde espacios improvisados en sus hogares, aprendiendo a utilizar nuevas técnicas y herramientas tecnológicas sobre la marcha y de manera autónoma, pagando con sus sueldos los sistemas de conexión.
Debieron planificar para un posible retorno a clases, para una semipresencialidad y para la virtualidad. Esto ha involucrado hasta el triple de trabajo y, al estar en casa, se les pidió estar disponibles las 24 horas, los siete días de la semana, para cumplir con lo requerido.
Los colegios municipalizados, los subvencionados por el Estado y los privados, no contrataron a más profesores, prefirieron “ahorrar” y explotar al máximo a quienes estaban.
La mayoría de los dueños, sostenedores y departamentos de educación, no entregó, en ningún aspecto, las herramientas ineludibles para una labor exitosa.
¿Derechos y calidad de vida?
Parecen no existir. El desgaste es evidente y generalizado.
Entender qué significa ser profesor en Chile, representa saber que las remuneraciones siguen siendo muy bajas y el trabajo extenuante, pese a los avances en materia de incentivos y bonos.
De hecho, solamente después de 25 años de ejercicio de la profesión, un maestro puede llegar a recibir un sueldo comparable al de un médico al cuarto año de egreso.
Hay una sobresaturación del currículum; las evaluaciones estandarizadas tienen una presión desmedida sobre el quehacer docente, como consecuencia, la permanencia en un lugar de trabajo está sujeta exclusivamente a los “resultados”. Situación que los profesores han denunciado por años, sin obtener respuesta.
En plena pandemia, altas autoridades de gobierno señalaban que “los profesores han estado de vacaciones todo el año”, que buscaban que no funcionara, que eran flojos y no querían trabajar.
El Colegio de Profesores de Chile emitió un comunicado sobre lo inaceptable, falso y fuera de la realidad de los comentarios, y se inició una denuncia formal.
Según una encuesta de Elige Educar en Chile, el 77% de los profesores chilenos afirma estar “estresado” o “muy estresado”.
A pesar de que cerca del 88% del total de docentes del país señala haber podido innovar en sus prácticas pedagógicas, un 87% padece agobio laboral o tensión, un 83% sufre alteración del sueño, un 72% tiene dificultades para disfrutar sus actividades diarias, siente disminución de la felicidad y padece falta de concentración.
En Chile, se habla mucho sobre la importancia de los docentes, pero se les paga poco. Se celebra el Día del Maestro, pero se les contrata hasta diciembre para no entregarles un sueldo en tiempo de vacaciones. Se despiden de manera unilateral sin mayor justificación, pues la ley lo permite, y no se les garantizan las condiciones mínimas para realizar su trabajo.
Para la élite, los profesores son “otra” clase de profesionales; un origen social y económico diferente. Una opinión desde una estructura que no solo se queda en lo mental, sino que traspasa a lo social.
La Deuda con los maestros no solo es económica, es de reconocimiento, dignidad, valoración y respeto.


























