Un día, cansados de injusticias y de promesas no cumplidas, los “patipelaos” se calzaron de esperanza y se sacudieron el poncho de la resignación.
Un día, cuando vieron otro “patipelao” como candidato, cuando se reconocieron en su color de piel, cuando lo vieron su cuerpo curvado sembrando, cuando lo vieron, lápiz en mano, combatiendo la ignorancia, ese día los olvidados del Perú cambiaron de actitud y salieron a votar.
En Miraflores cerraron las puertas con doble llave, en las iglesias –las políticas y las otras–, las beatas, los beatos se golpeaban el pecho y aterrados repetían: se nos vienen los “patipelaos”, es el comunismo.
Son los revolucionarios, jóvenes anarquistas, añadía desde Europa Lituma. Es el fin de nuestra sociedad, el Perú está en peligro.
Y frente al peligro la elite escogió lo que llamaron el mal menor, la hija de un dictador. Al menos se salvará el sistema, la democracia, clamaban.
Alguna prensa, despreciativamente, llamaba al desconocido candidato, aquel cuyo símbolo fue el lápiz, “el lapicito”. No entendieron el mensaje, era el fin de la ignorancia; hijo de analfabetos, aprendió a leer y escribir, y escribió “justicia” en el cielo del Perú.
Pensó escribir “esperanza”, pero el término está tan manoseado, suena tanto a consigna trasnochada de los políticos, que la esperanza entra por los oídos, pero se sale por los agujeros de los ponchos rotos para perderse en la miseria.
Los analistas dijeron: el norte, más Lima y la región limeña, pertenecen a Keiko Fujimori, el sur y la sierra, a Pedro Castillo.
Cierto, la votación fue mayoritaria por una u otro en las diferentes regiones, pero se olvidan de algo, ni el norte ni el sur y ni la sierra pertenecen a nadie que no sea el pueblo peruano, así como el futuro no está amarrado a la supervivencia de un sistema agotado, ni a la copia de fallidos sistemas en otras latitudes.
La incertidumbre recorre el Perú, de la sierra a la costa, de norte a sur, la incertidumbre canta en las tinajas de greda que contienen el pisco en Ica, o calienta el alma en generosos vasos de chicha morada en Arequipa, la incertidumbre alimenta el alma y los versos cobran vida en La Libertad, la tierra de César Vallejo.
A lo incierto no se le teme, se le respeta, se le cuida, se le guía, se le exige, se le alimenta, no se le destruye, la incertitud es creadora. Aún faltan votos por contar, el alma está suspendida en un puñado de votos, los del extranjero, algunos esperan que ellos, los peruanos que viven en el exterior salven de su muerte al agonizante sistema, otros esperan en el campo, en la sierra, en las poblaciones periféricas, fuera de los barrios de lujo, que esos votos no acallen sus voces y que quizás, esperemos, que quizás, asistamos al nacimiento de un Perú más justo.
“No se estila, yo sé que no se estila”…, resuena en mis oídos.
Lo único cierto en las elecciones presidenciales del Perú es que los “patipelaos” salieron a votar.
* Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE UU.
Peruanos de Miami y Los Ángeles votan en las "elecciones más importantes"


























