Rodrigo Rojas Vade es un activista social que se hizo popular en Chile, en medio del estallido social y durante el período de campaña de los convencionales para la redacción de una nueva Constitución Política.
Su elemento más relevante y que llamó profundamente la atención de la gente, fue verlo en medio de la Plaza Baquedano de Santiago, con carteles que decían: “A mí no me mata esta enfermedad”, “A mí me matan las deudas del cáncer”, “No le temo al cáncer, menos a tu represión”.
Nada más real de cómo se vive la salud en Chile. Sin duda fue un mensaje desgarrador para todos, pero de sobremanera para quienes han vivido la enfermedad o han sido testigos de ese padecimiento.

Un hombre enfermo y endeudado quien, a pesar de ello, combatía en la primera línea contra las Fuerzas Especiales de Carabineros, representando la causa de muchos. Así forjó su credibilidad, esa era su bandera.
Su caso se hizo visible, generó empatía porque marcaba una diferencia tremenda. Todo lo logró en base a su historia: la lucha contra un cáncer que lo quebró económicamente y que exponía las desigualdades del sistema.
Y así, pasó de ser un manifestaste anónimo a uno de los vicepresidentes de la comisión constituyente para la redacción de la nueva Carta Magna.
Pero la realidad golpeó en la cara a la Comisión y a la gente: Rojas, no tiene cáncer. Tras un reportaje del diario chileno La Tercera, se reveló que mintió sobre una condición inexistente desde mucho antes del estallido social, lo hizo por más de ocho años a su familia, pareja y amigos; y desde hace dos, a todo Chile.
La evidencia era contundente y no tuvo más opción que reconocer su embuste frente a la opinión pública. Rojas desde marzo del 2013 sí tiene una enfermedad bacteriana, pero totalmente tratable, sin necesidad de endeudarse como él decía.
Por ética, los médicos de la Clínica Alemana no pudieron delatarlo, pero de alguna forma se filtraron los hechos a la prensa.
Rojas Vade, en 2015, comenzó a publicar en su cuenta de Instagram fotografías haciendo alusión directa a su leucemia y a sus supuestos tratamientos de quimioterapia en el extranjero. Armó una ficción con lujo de detalles.
Muchos enfermos que lo siguieron, lo apoyaron y aportaron económicamente en su campaña como constituyente quedaron perplejos. “No busco privilegio”, decía Rojas, mientras se aferraba a una posición de privilegio que obtuvo ilegítimamente.
La primera reacción de la Mesa de la Convención fue débil, lo calificó como un “error” humano. Tal vez, porque no querían armar más revuelo o entorpecer el proceso o quizás, porque no existía, hasta hoy, un mecanismo para sustituirlo como vicepresidente.
Hoy, la Convención aprobó un reglamento que permite la renuncia de los constituyentes en ciertos escenarios.
Podrán dejar el cargo quienes estén fuera del país por más de treinta días sin permiso del Pleno. También, quienes, durante su ejercicio, celebraren contratos con el Estado o les afecte una enfermedad grave.
En cualquiera de las situaciones, deberá ser sustituido por una persona del mismo partido político de quien dejó la vacante.
Tras la presión y una licencia médica, Rojas renunció aludiendo a una enfermedad grave. No tendrá participación directa en la redacción de la nueva Constitución chilena.
Las mentiras del ex constituyente dañaron notablemente la imagen de la convención de manera casi imperdonablemente, porque no solo puso en jaque un proceso que debe ser limpio y probo, sino, además, porque su trabajo tiene una relevancia inconmensurable: la creación del marco jurídico que va a regir el país por los próximos cincuenta años.
El daño es descomunal, moral y políticamente. Es este contexto de corrupción y oscuras mentiras de la vieja clase política es el que, precisamente, los chilenos están tratando de erradicar.
No se puede catalogar como “errores” los engaños, las mentiras y los eventuales delitos. Calcular votos antes de priorizar principios, cerrar los debates públicos por decreto, sin aceptar preguntas, culpar a la prensa por sacar a la luz la corrupción de las autoridades. Victimizarse.
La redacción de la nueva Constitución debe estar iluminada. Un foco que es incómodo para quienes están bajo él, pero indispensable. Al asumir un cargo de poder, se aceptan también que las acciones y cada una de sus “fallas y mentiras”, sean sometidas al escrutinio público.
Por ello, es un estímulo que Elisa Loncón, presidenta de la Convención, haya rectificado su reacción inicial, denunciado los hechos a la Fiscalía. También, es positivo que muchos constituyentes manifestaran su indignación, buscando fórmulas para excluir a Rojas. Y lo lograron.
Es fundamental que la Convención sea diversa, y que se entienda que el poder conlleva un alto grado de responsabilidad. Hoy son representantes de los ciudadanos que depositaron su confianza en ellos, no como una especie de élite que defiende sus propios intereses.
Esa oscuridad del pasado debe desaparecer, para que nunca más en Chile quienes están en puestos de poder usen trampas y caretas, y la realidad se convierta en un teatro de máscaras donde no se sabe quién es quién.


























