¡Que la vergüenza caiga como un rayo sobre la cabeza de los responsables!
Avergüéncense los políticos.
Avergüéncense los que viven sobre, y de, los miserables.
Avergüéncense los que distribuyen los presupuestos en función de sus intereses y no de las necesidades de una población.
Un billón y medio para trabajos destinados a contener el agua,
adivine dónde…
¿Queens?, frío, frío.
¿Brooklyn?, frío, frío.
¿El Bronx?, frío, frío.
¿Manhattan?, ¡Bingo!
El agua corrió la cortina del bienestar, New York, New York, y mostró su verdadera cara: los ricos viviendo sobre los miserables, los miserables en los sótanos, los miserables muriendo ahogados en los sótanos, única vivienda que se pudieron pagar antes de ser tragados por el agua.
Los ricos observaban caer el agua desde lo alto de sus departamentos, nuevas arcas de Noé.
$1.500 dólares por una pieza en un sótano en Queens, sin ventanas, sin ventilación, “¡gracias a dios!, gracias a ello estoy vivo”, resuena en mis oídos.
En Woodside, Queens, una joven familia y su bebé de 19 meses murieron ahogados en un sótano, en un minuto el agua llegó hasta el techo. Ellos no tuvieron el tiempo de dar gracias a un dios, la muerte se precipitó por las escaleras.
¡Vergüenza!, cuando se dice, “llegó el momento de actuar, hay que detener el cambio climático, evitar la destrucción del planeta, de nuestras playas, de nuestros parques, de las tierras de cultivo, llegó el momento de la acción” y no lo hicieron, como debieron hacerlo, en su tiempo.
¡Vergüenza!, el momento pasó hace tiempo, y lo dejaron pasar, no actuaron, por mezquinos intereses, no actuaron y hoy vivimos las consecuencias de que no se hubiera detenido la industria del carbón, del petróleo, la quema de bosques, por nombrar solo algunos de los causantes del cambio climático.
Regresamos a Germinal: los pobres en los socavones para garantizar el bienestar de los ricos. Los pobres marchando por los campos de Francia a los gritos de ¡pan, pan, queremos pan! Hoy, los miserables saliendo de los sótanos durante una tormenta, gritando ¡aire, queremos respirar!
¡J’acuse!, dijo Zola, y remeció la conciencia, pero por lo visto la conciencia es temporal y se la lleva el viento.
Desperdiciamos el agua en nuestros baños, los nuestros, los miserables no tienen baños en los sótanos; arrojamos cemento sobre las tierras para construir nuestras viviendas secundarias, terciarias, los gigantescos centros comerciales para desplegar la riqueza.
Los miserables a los sótanos, construir vivienda para ellos es un gasto fútil.
Los parques para los hijos de los ricos; los miserables, bueno, ellos tienen el recuerdo de lejanos campos en las lejanas tierras de donde provienen.
¡Vergüenza para aquellos senadores y diputados que no dictaron las leyes para detener la destrucción del planeta!
Están destruyendo el planeta y no son capaces de abrir paso a un nuevo trato para que los jóvenes construyan sobre sus restos condenándolos a muerte como condenaron a los habitantes de las sombras en los sótanos.
No son capaces de ceder el paso a las nuevas generaciones, por lo que el cambio es costoso, en lo económico, en lo moral, capaz de que los miserables quieran salir de los sótanos sin esperar una nueva tormenta, capaz de que los jóvenes, animados por una nueva moral dejen de defender los intereses de una elite y luchen por el bienestar de todos.
El Green New Deal es una necesidad, no puede seguir perdido en la burocracia, ahogado en los intereses de los poseedores de la riqueza y sus representantes, en discusiones politiqueras sobre su oportunidad, o en cálculos electoralistas sobre su efecto, no en el planeta, en las próximas elecciones.
Hoy, los muertos en los sótanos de Nueva York y Nueva Jersey nos hacen agachar la cabeza de pena, también de vergüenza por lo que no denunciamos a tiempo y con la fuerza necesaria.
¡Yo acuso!, dijo Zola. ¡Acusemos!
* Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE. UU.


























