No volveremos al silencio: los inmigrantes se alzan contra el miedo

EDITORIAL

Estados Unidos ha entrado nuevamente en una etapa oscura donde las palabras de un solo hombre son suficientes para desatar el pánico en millones de hogares. Donald Trump, con su retorno a la escena política como candidato presidencial, ha revivido no sólo su discurso de odio, sino también el aparato de represión estatal que durante su primer mandato devastó a incontables familias inmigrantes. Y aunque su segunda campaña aún no ha llegado a noviembre, su poder ya se siente en las calles y en los hogares más vulnerables.

El fin de semana pasado lo dejó claro. Desde Nueva York hasta Los Ángeles, millones de personas protestaron contra las redadas migratorias que, bajo órdenes directas de Trump, han aumentado de forma agresiva.

Los operativos del Servicio de Inmigración (ICE) no solo han crecido en número, sino en brutalidad y cinismo. Citaciones sorpresa en oficinas federales, arrestos en hospitales y tribunales, detenciones masivas en zonas urbanas… todo bajo una lógica perversa: mostrar fuerza a costa de la vida de los más vulnerables.

En respuesta, lo que vimos fue algo extraordinario: una movilización masiva, diversa y valiente. En Nueva York, epicentro de la indignación, miles de personas ocuparon plazas, calles, entradas de oficinas federales y hasta la Trump Tower.

Lo mismo ocurrió en más de dos mil ciudades del país. Jóvenes DACA, padres de familia, trabajadores esenciales, religiosos, estudiantes, líderes comunitarios y ciudadanos comunes se levantaron para decir lo que debería ser obvio en una democracia: ningún ser humano es ilegal.

Las protestas del fin de semana no fueron sólo una reacción visceral al aumento de arrestos. Fueron una afirmación política de alto calibre. Lo que está en juego no es solo el destino de los inmigrantes sin papeles. Es el alma misma de esta nación. Es la idea de si Estados Unidos será un país para todos, o una nación gobernada por el miedo, la exclusión y el racismo institucionalizado.

Los defensores de Trump intentan justificar las redadas con argumentos de legalidad, pero omiten lo más importante: la ley no es justa cuando se aplica de forma selectiva, con saña, y sin humanidad. Deportar a madres que llevan veinte años en el país, separar a padres de sus hijos ciudadanos, capturar a personas en hospitales o escuelas, no es aplicar justicia.

Es aplicar crueldad, disfrazada de patriotismo.

La respuesta de las comunidades inmigrantes ha sido ejemplar. Iglesias ofreciendo santuario, abogados trabajando pro bono, redes de vecindario alertando sobre operativos de ICE, comerciantes colgando carteles que dicen “Aquí defendemos a nuestros vecinos”, y miles de jóvenes registrando votantes para noviembre. La resiliencia se ha convertido en estrategia.

El miedo ya no paraliza: ahora moviliza. Y esa transformación colectiva representa una de las expresiones más poderosas de esperanza en tiempos oscuros.

Y no hay que olvidar que este movimiento no se limita a los latinos. La lucha por los derechos de los inmigrantes ha unido a afroamericanos, asiáticos, musulmanes, indígenas, personas LGBTQ+, sindicalistas, ambientalistas y estudiantes. La diversidad de las protestas demuestra que la lucha migrante es también una lucha por el país que queremos construir, una batalla que se libra en nombre de la dignidad y la democracia.

El momento exige claridad. Trump ha prometido hacer “la operación de deportación más grande en la historia”. Ha planteado el uso de la Guardia Nacional para capturar inmigrantes. Ha hablado de campos de detención masiva. Ha desmantelado protecciones como DACA, TPS y el derecho al asilo. No es exageración. Es su plataforma.

Frente a esta amenaza, no podemos esperar a que lleguen las elecciones. La resistencia debe seguir en las calles, en los hogares, en las escuelas y en los medios de comunicación.

Cada ciudadano tiene un papel. Cada historia de vida es una prueba de la dignidad que Trump quiere borrar. Cada voto contará.

Este editorial es también un llamado a nuestros lectores latinos. No podemos permitirnos ser espectadores. No es momento de neutralidad ni de miedo. Es momento de participación activa, de solidaridad firme, de acción valiente. El futuro de nuestras familias, nuestras comunidades y nuestros principios depende de lo que hagamos hoy. Quedarse de brazos cruzados es un lujo que ya no podemos permitirnos.

A quienes están en situación migratoria irregular, les decimos: no están solos. Hay redes legales, comunitarias y espirituales listas para apoyarlos. A quienes tienen voz política, les pedimos que la usen. Y a quienes han olvidado que la historia está hecha por quienes se atreven a actuar, les recordamos: cada gran cambio comenzó con un pequeño acto de valentía.

Trump quiere que tengamos miedo. Pero lo que este fin de semana demostró es que ya no tenemos miedo. Que hemos aprendido del pasado. Que no volveremos al silencio. Que esta vez, estamos listos para defendernos. En las calles, en las urnas, y en cada rincón donde se juegue el futuro de nuestras comunidades.

Nueva York se levanta: Protestas contra Trump y las redadas masivas reavivan la resistencia inmigrante

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