
Por Karina Borodnikoff
La dificultad que han tenido las mujeres para tomar posesión de la palabra en los ámbitos formales de la sociedad, resultó en una desventaja histórica respecto a la producción de saberes y en la construcción de su propia identidad. La ausencia o escasa presencia de mujeres en la literatura, en la ciencia (como profesionales, en la selección de temas a investigar y cómo hacerlo, con la lógica consecuencia en la desproporción de la cantidad de papers científicos publicados) y en las universidades, como alumnas y docentes (con formación de pensamiento, transmisión de saberes y puntos de vista) dejó estos asuntos en manos de los hombres, casi de manera exclusiva, durante mucho tiempo.
"Solamente cuando las mujeres empiezan a sentirse en su casa sobre esta tierra vemos aparecer una Rosa Luxemburg, una Madame Curie. Demuestran con brillantez que no es la inferioridad de las mujeres lo que determina su insignificancia histórica: su insignificancia histórica las condena a la inferioridad", declaraba Simone de Beauvoir; en su emblemático libro; 'El segundo sexo', publicado en 1949.

Esta semana se cumplen 134 años del nacimiento de la escritora británica Virginia Woolf, por lo que resulta muy oportuno recordarla, no sólo por el riquísimo legado que aportó a la literatura universal sino, también, por ser una de las primeras personalidades públicas que logró visibilizar la necesidad de dinamitar, reconstruir y resignificar la producción literaria, que era patrimonio casi exclusivo de los hombres -de su mirada e intereses.
El campo literario fue un espacio gobernado por hombres durante muchos años, por lo que la desigualdad de género y sus consecuencias en la esfera intelectual se manifestó, en él, de manera notoria. La literatura ha sido una de las herramientas más poderosas para la transmisión de saberes, para la producción y reproducción de mandatos sociales y para la codificación del orden social.
En su libro “Un cuarto propio”, Woolf pone en evidencia la construcción de estereotipos femeninos a piacere de la identidad dominante, funcional a la sociedad patriarcal. Este ensayo – publicado en 1929 – fue consecuencia de una conferencia que le pidieron que diera sobre “Las mujeres y la novela”.

Para preparar la charla, la escritora se dirigió a la Biblioteca del Museo Británico, en búsqueda de respuestas, frente a la necesidad de discernir cuánto en ella era producto de sus apreciaciones subjetivas, sobre aquel mundo que la circundaba. “…llegar al fluido puro, al óleo esencial de la verdad (…) ¿Por qué los hombres bebían vino y las mujeres agua?, ¿Por qué era un sexo tan próspero y el otro tan pobre?, ¿Qué efecto tiene la pobreza sobre la novela? ¿Qué condiciones son necesarias a la creación de obras de arte?”. Algunas respuestas, Woolf las encontrará en la metáfora "el cuarto propio” o “la habitación propia" - según la traducción-, en la necesidad de alcanzar la independencia económica como condición necesaria para poder crear. Otras cuestiones fueron un poco más complejas de plasmar. “Pero necesitaba respuestas, no preguntas; y las respuestas sólo podían encontrarse consultando a los que saben y los que no tienen prejuicios…” redactó en las primeras páginas de su libro. Pensó ingenua -o irónica- que esa sabiduría la encontraría en los libros de la Biblioteca del Museo Británico.
Una vez allí, Woolf tomó el catálogo y buscó en la “w” de “women” (“mujeres”, en inglés) para encontrar aquellos libros escritos sobre mujeres. Quedó impactada con la cantidad de textos que narraban a la mujer desde todo punto de vista: respecto a su inferioridad intelectual y, por ende, la dificultad de poder educarlas. Sobre su biología asociada, principalmente, a una función estrictamente maternal. Desde un punto de vista antropológico, emocional, moral, amoral, médico, psiquiátrico, entre otros.
Así, tomó nota de un aspecto clave de la producción literaria: todos aquellos libros sobre mujeres estaban escritos por hombres. “Hasta los títulos de los libros me hacían reflexionar. Era lógico que la sexualidad y su naturaleza atrajera a médicos y biólogos; pero lo sorprendente y difícil de explicar es que la sexualidad – es decir, las mujeres – también atrae a agradables ensayistas, novelistas de pluma ligera, muchachos que han hecho una licencia, hombres que no han hecho ninguna licencia, hombres sin más calificación aparente que la de no ser mujeres. Algunos de estos libros eran, superficialmente, frívolos y chistosos; pero, muchos, en cambio, eran serios y proféticos, morales y exhortadores. Bastaba leer los títulos para imaginar a innumerables maestros de escuela, innumerables clérigos subidos a sus tarimas y púlpitos y hablando con una locuacidad que excedía de mucho la hora usualmente otorgada a discursos sobre este tema.(…) Dice Pope: La mayoría de las mujeres carecen de carácter. (…) ¿Se las puede educar o no? Napoleón pensaba que no (…)¿Tienen alma o no la tienen? Algunos salvajes dicen que no tienen ninguna (…) Y puesto que las novelas tienen esta analogía con la vida real, sus valores son hasta cierto punto los de la vida real. Pero muy a menudo, es evidente, los valores de las mujeres difieren de los que ha implantado el otro sexo; es natural que sea así. No obstante, son los valores masculinos los que prevalecen.
Cuando Woolf buscó en la “M” de “men” (“hombres”, en inglés) y no encontró libros de hombres escritos por mujeres.
Virginia Woolf no sólo fue una gran escritora. Su pensamiento, filoso y valiente para la época histórica que protagonizó, dejó una marca indeleble en la clara certeza de que no existen barreras, cerraduras ni cerrojos, que puedan imponerse a la libertad de las mentes.


























