No es Donald J. Trump, es América quien está en juicio

 

Dentro de poco comenzará el juicio político más importante en la historia de los Estados Unidos, por alta traición, por incitación a una insurrección, por violación a la constitución, todo ello acontecido bajo la presidencia e incitación de Donald J. Trump.

Si fuera un juicio justo, aquel en que se sopesaran los hechos, aquel en que se escuchara la exposición de la acusación y la defensa del inculpado frente a crímenes concretos, a acciones concretas, no tengo duda alguna de cuál sería el resultado: culpable, la justicia se habría cumplido.

América podría mirar nuevamente la frente en alto, en las escuelas se podría enseñar el sentido de honor, de justicia igual para todos, de la necesidad de defender la democracia y la constitución y castigar a quien las pusiera en peligro.

Pero ayer a las 7 de la noche se inició un juicio contra Donald J. Trump, un juicio político, un juicio que no dependerá de la justicia, un juicio en que a todas luces la justicia no prevalecerá, un juicio en que serán los cálculos políticos los que pesarán sobre los hechos. No se tratará de juzgar a un criminal, para algunos se tratará de salvaguardar su futuro político y no del futuro de nuestra nación.

Se alegará la constitucionalidad o inconstitucionalidad de la acusación, no de los hechos, se llamará a curar heridas, a unificar, a perdonar para seguir adelante. Seguir adelante, es decir, permitir, en el futuro, la insurrección, el llamado a la violencia, el llamado a violar la constitución, el llamado a destruir o amedrentar a uno de los tres poderes del Estado en beneficio propio.

Se pensará en el futuro de un partido político que tiene en sus manos el destino de la acusación, ¿conviene o no a los republicanos sacar a Trump del medio?, ¿es el momento de sacarlo?, ¿será darle mayor tribuna a sus teorías conspirativas?, ¿será mejor callar lo que se piensa y seguir el llamado de la tribu: somos cuerpo y no individuos, somos rebaño y no entes pensantes con libre albedrío?

Ayer comenzó un juicio, no contra Donald J. Trump, comenzó un juicio moral contra aquellos que se salvaron de la turba 15 días atrás, aquellos que representan uno de los poderes del Estado, el poder legislativo.

Hoy está en juicio la historia de Norteamérica, no en la presentación de la acusación, en el resultado de la acusación, la moralidad de nuestros representantes está en juego, la permanencia de nuestras instituciones está en juego, el pretender que moralmente basta con presentarla es peligroso, es engañoso, es minar las bases mismas de la democracia, es en último término admitir que se pude violar la constitución sin consecuencias, es permitir que se viole la justicia, es aceptar que la justicia no es ciega, es sentar un precedente inmoral.

Escuchemos a cada uno de los honorables senadores, con atención, mirando sus ojos para ver si sostienen la mirada del niño que espera conocer la definición de “justicia”, de “alta traición”, “de llamado a la insurrección”, de “violar la constitución”, de responsabilidad moral, de la voz que se levanta para decir:

¡No, callar es ser cómplice del crimen!, la justicia debe ser igual para todos, pero tanto más severa cuando el daño causado es enorme, cuando abre camino a la destrucción de las instituciones y de la gobernanza, ese “arte o manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía” según lo define la Real Academia de la Lengua.

En este juicio político, todos estamos en tela de juicio, nosotros, si les permitimos guardar silencio, ustedes, honorables, si callan por un interés político inmediato, una reelección, el intentar heredar el caudal de votos de Donald J. Trump, el intentar pescar a río revuelto, o simplemente cobardía, olvidando que algún día la historia los juzgará.

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