Por Karina Borodnikoff
La forma más aberrante y visible de la violencia de género es la que se ejerce directamente sobre los cuerpos de las niñas y de las mujeres. Cuerpos golpeados, quemados, perforados, violados, mutilados y asesinados.
El feminicidio es la última y más explícita representación de la violencia ejercida hacia las mujeres, pero se gesta desde una violencia más sutil y se sostiene desde el lenguaje, desde las representaciones culturales y desde el poder simbólico. El padecimiento y la muerte de tantas niñas y mujeres son el modo de expresión de un sistema perverso, machista y misógino que legitima y naturaliza estas prácticas. Un sistema patriarcal capitalista que presenta a sus mujeres como objetos de consumo, fragmenta el cuerpo femenino y lo reduce sólo a aquellas partes deseables y consumibles. La mujer como un ser para los otros. Mujeres sin cabeza.
Paradójicamente, cuanto más conquistamos las mujeres en mundo de lo público, mayores son las cifras de la violencia que se ejerce contra nosotras. Pero esta paradoja tiene su explicación y aquí reside la posibilidad de intervenirla. Conquistar la esfera pública, en el sentido más amplio, significa dejar de subordinarse moral y materialmente a lo instituido históricamente por la identidad dominante: el varón blanco, de clase media o alta, heterosexual y occidental. Significa dejar de ocupar un lugar dentro de la identidad subalterna en la cual se nos inscribe a las mujeres.
La primera, la dominante, es una identidad auto-designada: quienes han descrito y prescripto a estos varones fueron los propios varones. Mientras que la identidad de la mujer, subalterna, es una identidad heterodesignada, una identidad construida desde afuera, por otros, por la identidad dominante, que habla en nombre propio y en nombre de los demás.
Cambiar las reglas, el lugar que se construyó para las mujeres desde la historia y desde la cultura, despierta violencia y resistencia en aquellos que quieren seguir sosteniendo el mayor y más perpetuado sistema de dominación; el patriarcado. Una ideología que se apoya en de una serie de dicotomías funcionales para su ejercicio. La mujer es cuerpo, el hombre mente. La mujer es naturaleza, el hombre cultura. A la mujer se le atribuye la procreación y al hombre la creación, a la mujer lo privado, lo doméstico y al hombre lo público. El hombre es entendido como individuo, representa lo universal, mientras que la mujer es género.
El resultado de esta construcción social y simbólica es la trata de personas, la esclavitud sexual, la violencia doméstica, el acoso laboral, moral, la discriminación, la misoginia y los feminicidios. Las mujeres y las niñas son sometidas a violaciones sistemáticas de sus derechos humanos. América Latina cuenta mujeres muertas por minuto. Los sujetos que ejercen esta violencia son los autores materiales de estos crímenes. Pero el entregador es un sistema machista y misógino, con cómplices en todas las esferas de influencia de la sociedad.
En el año 2014, la palabra “feminicidio” aún no estaba contemplada por el Diccionario de la Real Academia Española. Tomar posesión del lenguaje es el primer paso excluyente para poder codificar otro orden social. Para desandar un camino de mandatos arbitrarios y el lugar que la sociedad patriarcal pretendió destinar para la mujer. Debemos intervenir las representaciones culturales, reconstruirlas y resignificarlas. Terminar con la dicotomía patriarcal que le dice a la mujer cuál es su lugar sumiso en la sociedad. Si no lo cumple, la castiga con la lapidación pública de la lógica binaria de la santa y la puta, de la heroína y la loca, estableciendo una escala nefasta de muertes y vejaciones más o menos merecidas, de acuerdo al largo de las polleras y al nivel de desobediencia.
La cultura machista naturaliza a tu hija, a mi hermana, a su mamá, a todas nuestras mujeres, golpeadas, violadas, asesinadas y descartadas en una bolsa de basura.
Ni una menos




























