Días atrás, dos o tres, tras la muerte de un joven afroamericano, Daunte Wright a manos de una agente de la policía en Brooklyn Center, Minneapolis, y una masacre en Knoxville, Tennessee, escribí un artículo titulado “¡Basta!, ¿Basta?” que terminaba así:
“Mientras tanto, en casa, en algún lugar de los Estados Unidos, en una escuela secundaria en Knoxville, Tennessee el 12 de abril se produjo otro baleo, ¿o fue en Rock Hill, Carolina del Sur el 11 de abril?
En todo caso eran de esos del ¡Nunca más!, del ¡Basta!
Mientras tanto la vida continúa:
me desperté sobresaltado
el sonido de las balas
el casi imperceptible sonido
de las balas
desgarrando la piel
abriendo la carne
cercenando los sueños
dejando escapar la vida
los cuerpos cayendo al piso
la sangre cubriendo
mi pensamiento
me despertaron
respiré aliviado
hemos regresado a la normalidad
me dije
y continué durmiendo
¿continué durmiendo?”
Hoy, tres días más tarde, me desperté sobresaltado, 8 muertos en una bodega de FEDEX en Indianápolis. La normalidad se acelera, me dije, y no pude continuar durmiendo.
No basta, señor presidente, honorables diputados y senadores con decir “basta”, no basta con decir “nunca más”, no basta con decir “los entiendo, lo siento”, poner cara de circunstancia y golpearse el pecho. Hay que llegar al fondo del problema y dar soluciones, verdaderas soluciones.
Hoy se juzga a quien sofocó a Georges Floyd y el espectáculo televisivo se centra en si Derek Chauvin es responsable de su muerte, o si fue un concurso de circunstancias. Si Floyd murió de otras causas que la rodilla oprimiendo su cuello durante 9 minutos, quizás “causas naturales”. Y al parecer es cierto, es natural para un afroamericano tener cita con la muerte cuando se le detiene por una infracción de tráfico, por sospecha o por el color de su piel.
Que se entienda, no es el oficial Derek Chauvin quien está en tela de juicio hoy día, es un sistema policial que durante décadas ha considerado normal que se violen los derechos de las minorías, que con espíritu de cuerpo protege a los suyos tras un asesinato, o por aplicar “violencia excesiva” como con cinismo la llaman.
Tras los 8 muertos en la masacre de hoy, y que conste, hablo de los de hoy no de los de mañana si esto no se detiene, se dirá “lo siento”, “investigaremos”, “nunca más”, “basta”. Pero eso no basta.
Basta de palabrería inútil, hay responsables, no solo es culpable el que aprieta el gatillo, lo es también el que permite el arma en manos de quien aprieta el gatillo, los gobernantes, los honorables diputados y senadores, que no han tenido la valentía de decir ¡BASTA! y tomar las medidas para que ese ¡BASTA! sea realidad.
No pedimos un mayor control de las armas de guerra, pedimos la prohibición de tener ese tipo de armas. Pedimos declararlas ilegales y sacarlas de circulación.
No basta con rezar y bellas palabras. No basta con hablar con voz doliente y demostrar simpatía.
Hay responsables, y ellos son quienes tienen en sus manos el poder de detener las masacres así los traficantes de la muerte les quiten su apoyo durante las campañas electorales, así se vuelvan impopulares.
O nuevamente nos despertaremos con el imperceptible sonido de las balas desgarrando otros cuerpos hasta que sea el suyo, el de sus hijos, el mío.
Señor presidente, señoras y señores diputados y senadores, ¡basta!, no vuelvan con las mismas inútiles palabras de repetidos discursos, el mismo para cada ocasión, para cada nueva masacre o cada afroamericano muerto en un control de la policía. La vida de tantos está en sus manos.
Con todo respeto señor presidente, honorables diputados y senadores, tengo miedo, en la América de hoy, tengo miedo.
Mineápolis recibe el juicio de George Floyd con las heridas latentes


























