María Corina, política y petróleo

Los venezolanos comenzamos a experimentar signos de cambios como consecuencia de la intervención militar norteamericana ocurrida el tres de enero en país, pero todavía es temprano para imaginar adónde nos llevarán el río y su caudal de amenazas.

Una encuesta publicada hace un par de semanas sugirió leves variaciones en el criterio de la población, según los cuales las simpatías hacia Trump disminuyen porque el dinero generado por las exportaciones petroleras no surte beneficios palpables, a lo cual se suma la desazón ocasionada por el deseo de convertir el país en el estado número 51 de la Unión.

Sabemos que esto último no le sería fácil a mister Trump, pero no disponemos de una bola de cristal para adivinar hasta dónde pueden alcanzar sus ansias imperiales. Lo que sí percibimos con claridad es la obsecuencia de los hermanos Jorge y Delcy Rodríguez ante las instrucciones de la Casa Blanca y un cierto silencio cómplice de María Corina Machado, quien hasta ahora no ha abierto la boca para condenar las amenazas de anexión del territorio venezolano.

Después de las expresiones trumpistas contra Canadá, Groenlandia, Panamá, México y otros países, vimos las inmediatas y contundentes reacciones de los gobernantes de esas naciones, pero la señora Machado prefiere hacer oídos sordos y sentarse a despachar en una oficina situada a pocas cuadras del Departamento de Estado y de la presidencia norteamericana, donde diseña y avanza en su ruidosa y costosa campaña política internacional.

Nada, sin embargo, parece indicar que este año o el próximo tendremos las elecciones presidenciales que abrirán cauce al deseado resurgimiento de la democracia, porque hasta ahora no han ocurrido los cambios indispensables en el aparato del Estado que pavimenten el camino.

Lo único que podemos olfatear es que las nuevas autoridades serán elegidas de abajo hacia arriba, es decir, las locales en primer lugar, después las regionales (gobernadores, cuerpos legislativos estadales y Asamblea Nacional) y, finalmente, las presidenciales, en un proceso cuya duración es complicado adivinar.

Durante ese tiempo, definido en Washington como de transición, los hermanos Rodríguez y Diosdado Cabello, seguirán al mando en Venezuela, quitando y poniendo fichas y arreglando todo para seguir en sus funciones hasta donde sea posible. La población, entretanto, se mantendrá a la espera, con servicios de salud, sueldos y seguridad individual y colectiva en el caos, sin mejoría alguna.

Entretanto, tal como sucedió entre 1940 y 1960, el sentimiento antinorteamericano pareciera haber empezado a crecer de manera inconveniente para la región y también para el Tío Sam, porque los beneficios económicos de las transnacionales serán cada vez mejores y las regalías –que permiten sufragar los gastos del Estado y que hoy son de treinta por ciento–, decrecerán y mermará la influencia de la Opep. De acuerdo con las modificaciones legales ya aprobadas, las regalías bajarán a 20 por ciento y el Ejecutivo podrá actuar a discreción.

Con la soga al cuello, las manifestaciones de servilismo de los hermanos Rodríguez y de Diosdado Cabello frente a Washington son inocultables, al tiempo que el proceso iniciado en los primeros años sesenta por Rómulo Betancourt y Juan Pablo Pérez Alfonzo en defensa de los precios de los hidrocarburos viaja por el túnel del olvido y, asimismo, se refuerza el poder de una nueva versión de las Siete Hermanas. Ahí está, entonces, una prueba de la mala memoria que nos ha traído hasta aquí.

Por todo lo antes dicho, es posible que debamos releer el inagotable Venezuela, política y petróleo, libro en el cual Betancourt nos dejó tantas y tan buenas enseñanzas. Ah, por cierto, no olvido cuando en uno de sus viajes a Maracaibo, María Corina se declaró admiradora de RB. ¿Las frases por ella utilizadas eran mera retórica? ¿Ella habrá leído y digerido Venezuela, política y petróleo?

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