
El congresista demócrata Luis Gutiérrez es un animal político poco común en la vida pública estadounidense. Su cruzada a favor de los indocumentados llegó a provocar el resquemor del presidente, Barack Obama, y la hostilidad de su propio partido. Lo cuenta ahora en su valiente biografía: "No he dejado de soñar".
Con la bandera al hombro de las posturas más comprometidas con los inmigrantes indocumentados, sin complejos ni servidumbre mental hacia la maquinaria política, Gutiérrez se ha volcado en la causa de los sin papeles, antes de que la mayoría de sus colegas supieran siquiera pronunciar en español "Sí, se puede".
Ha sometido a un pulso a sus correligionarios a partir de un principio rector: "Yo vine a avanzar la causa de los inmigrantes. Ellos son mi prioridad, no el partido", asegura. Es impermeable al desaliento y las derrotas, incomprensiones y, también, los cantos de sirena del poder.
De este político de un excedente vital casi temerario se puede decir que no deja indiferente a nadie. Y menos a los republicanos.
Impulsivo, directo, de conferencia en conferencia sus palabras rezuman credibilidad y nunca se ha escondido de su origen humilde: "Mi mamá vivía en una choza en un pueblecito de Puerto Rico. Mi papá sólo tenía un empleo de proyeccionista en el cine. Dejaron atrás lo poco que tenían, se montaron en un avión y se fueron a Chicago".
Esta es la insólita biografía, editada por Aguilar, del largo camino que llevó a Gutiérrez "del barrio a los recintos del Capitolio" y de la audacia en el ejercicio de una antigua vocación: la defensa de los indocumentados aquí y ahora.
PREGUNTA. El coraje con que usted ha defendido los derechos de los inmigrantes indocumentados le granjeó, hasta hace poco, la animadversión de muchos de sus correligionarios. ¿Llegó en alguna ocasión a pensar en abandonar las filas de su partido?
RESPUESTA. En un sinnúmero de ocasiones; pero, a fin de cuentas, el Partido Demócrata está nutrido de muchos pro inmigrantes y ahí tengo mi base más fuerte. Y mi deber es seguir expandiendo y nutriendo esa base.
P. Pero esa determinación le ha pasado factura..
R. Bueno, una vez que tú decides que no vas a sentarte en el avión con el Presidente (Obama), que no te van a invitar a la Casa Blanca, que tú no vas a dar el discurso principal en la Convención de tu partido, que no vas a ser embajador en las Bahamas... Es difícil decir que he perdido algo, porque desde el principio entendí que esas cosas no iban a ser para mí.
P. Su infancia y parte de la adolescencia en un barrio pobre y peligroso de Chicago, su regreso temporal a Puerto Rico, donde se sintió desplazado en el colegio por no hablar un correcto español, su vuelta a Chicago y su trabajo como taxista, ¿son experiencias que le han marcado?
R. Me han marcado de dos maneras. En primer lugar, yo sé lo que es sentirse solo y no temo la soledad. Luego, tengo una afinidad con los indocumentados porque yo he sido rechazado en mi propio país (EE.UU.). Yo era demasiado puertorriqueño para ser estadounidense y demasiado "americanito" para ser puertorriqueño.
En su biografía, Gutiérrez cuenta una anécdota personal que describe bien esta situación. Participaba con sus hijas en Washington en un tributo a los puertorriqueños que dieron su vida para defender a EE.UU. en las dos guerras mundiales.
A la salida del Capitolio, se puso en fila con todos los demás visitantes. Sus hijas llevaban todavía las banderitas de Puerto Rico que les habían dado en la celebración. Las enrollaron y colocaron en la cinta móvil, pero salieron desenrolladas al otro lado.
En ese momento, una guardia de seguridad se encaró con ellos y les espeto casi gritando: "No pueden desplegar esas banderas". Gutiérrez le pidió perdón y le dijo que conocía las reglas y que las enrollarían de inmediato. Pero la agente se volvió hacia él y, finalmente, le gritó: "Por qué tú y los tuyos no se regresan de donde vinieron"?
P. ¿Qué conclusión extrajo de esa experiencia?
R. Que no importa qué puesto alcances: la discriminación, el odio y el prejuicio te pueden tocar. Pero yo le respondí con respeto. No quería crear otra persona hostil (a los inmigrantes).
P. ¿Qué es lo primero que le viene a la cabeza al escuchar estos nombres?
R. Ted Cruz.
P. Una contradicción andante.
R. Bob Menédez.
P. Mi héroe.
P. Lou Dobbs.
R. Debería querer a todos los hispanos como quiere a su esposa.
P. Barack Obama.
R. Aún me quedan grandes esperanzas.
P. Hillary Clinton.
R. La próxima presidenta de Estados Unidos.
P. Ted Kennedy.
R. El que me inculcó el vigor a favor de los inmigrantes .
P. Tea Party.
R. Ha visto sus mejores años.
Gutiérrez no ha dejado nunca un inmigrante indocumentado al que atender si se dirigía a él. "Cuando les veo a ellos me veo a mí mismo", dice. Y cuenta que la otra noche, cenando en un restaurante, le sorprendieron los once cocineros y empleados de la limpieza, que salieron al comedor "a decirme que sienten esperanza en mi presencia".
"Esas expresiones de gratitud, cariño y afecto que me brindan es lo que me sostiene y me da perseverancia e integridad. Yo no puedo dañar la fe y confianza que han depositado en mí", exclama.
La biografía del congresista, quien participa hoy en una conferencia sobre inmigración en Miami, estará a la venta esta semana en la caseta de la editorial Santillana levantada en la Feria Internacional del Libro de Miami.
Emilio J. López



























