En una negociación entre Rosario Murillo, la dictadora vicepresidenta de Nicaragua, y el gobierno de los Estados Unidos se acordó la “liberación” de 222 presos políticos quienes fueron desterrados de Nicaragua. Abandonaron las cárceles, se les llevó a un aeropuerto y antes de embarcar se les entregó un pasaporte válido por 10 años.
Estados Unidos les otorgó asilo humanitario, se les alojó los primeros días en un hotel y luego, tres días más tarde, tienen que buscar un lugar de residencia. Algunos tienen familiares, problema solucionado, otros los más conocidos tienen el apoyo inmediato de organismos de derechos humanos o de solidaridad con el pueblo de Nicaragua, y otros, 104, esos Rubén Darío que nadie conoce, esa mayoría desconocida que estaba presa desde el 2018, parte de un pueblo que sigue prisionero, teme terminar en las calles contando a quien quiera escucharles su historia de expresos políticos y mendigando una sonrisa o un pedazo de pan.
El temor es no tener un techo en el país que les negoció, vaya uno a saber el por qué fueron cambiados. Quizás por unos millones de dólares a la dictadura para impedir que otros nicaragüenses emprendan el camino hacia la tierra prometida, o por un muro de contención para aquellos que desde otras latitudes intentan cruzar Nicaragua en su peregrinaje hacia la tierra prometida. Quizás para cubrirse de un manto de justicia frente a Latinoamérica y ganar los votos de sus hijos en Estados Unidos. Quizás por petróleo en otras latitudes. Quizás por lo que no se puede dormir en la Casa Blanca cuando se escuchan los suspiros en las cárceles de las dictaduras.
No tener un techo, no tener un trabajo fijo, vivir en suspenso sin tener siquiera esa esperanza de salir de la celda por unas horas para pasear en el patio de la cárcel, esa esperanza de que ese día no te lleven a “interrogatorio”. Vivir con dignidad, esa dignidad que han demostrado al oponerse a la dictadura; valentía, honor, amor por la democracia que han pagado con encierro, vejaciones, intentos de destruirlos moralmente.
Una dictadura es igual a otra. A una comandante quien combatiera junto a Daniel Ortega contra otra dictadura, la de Somoza, le dijeron: “vístase, la llevamos”, y ella pensó, “a otra entrevista”. Tuvo la suerte de no ser torturada, aunque a veces el caer inconsciente permite recuperarse. “Con su cepillo de dientes”, añadieron, y ella se dijo, “salgo”.
50 años atrás, bajo otro dictador, el general Pinochet, y una dictadura se asemeja a otra, llamaron mi nombre por el parlante en la cárcel de Rancagua. Otra sesión de tortura, pensé, e involuntariamente temblé. Pera luego añadieron: “con todas sus pertenencias”. “Salgo”, me dije.
A la comandante le dieron un pasaporte, a mí un papel de la cruz roja internacional, y continué mi vida con el título de viaje de la convención de Ginebra. A ella, junto a los otros 221 les dieron un pasaporte. Crueldad, crueldad refinada. A los 222 los declararon apátridas por traidores a la patria --no la de Rubén Darío, la de los dictadores Ortega y Murillo--, al levantar vuelo en su viaje al exilio.
A mí me dieron uno a los años. Y cuando preparaba mi regreso a mi país me lo quitaron poniéndome en una lista de 5000 chilenos a los que se nos prohibía a vida el regreso por ser “peligrosos para la seguridad del estado”.
Crueldad sofisticada la de Rosario Murillo, herirlos en el vuelo, crueldad refinada de Pinochet, dar esperanzas para asesinarlas en el aire.
Pero, una dictadura es igual a otra, donde quiera que se encuentre, y sea cual sea el color bajo el cual se disfrazan.
222 buscan un trabajo digno, buscan, no cerrar heridas, esas no se cierran, sanar, no esas no se sanan, aliviar el tiempo de encierro, no eso no se alivia, pero sí recuperar el derecho a una vida sin miedo, a respirar en un amplio patio que se llama país de acogida sin que una mano te regrese al aire nauseabundo de una celda.
El asilo es un derecho humano contra la opresión, pero no se abre una celda para arrojar al vacío a ese Rubén Darío que nadie conoce, los 222 necesitan respirar, contar su historia, ser muestra patente de lo que significa una dictadura, incómodos testigos de políticas de gobernantes que cierran los ojos y privilegian mezquinos intereses sobre el ser humano.
Honor a los 222, solidaridad con los que quedan al interior, vergüenza para los dictadores encuéntrense donde se encuentren, puesto que una dictadura es igual a otra.



























