No nos equivoquemos, nuevamente los fariseos desgarrarán sus vestiduras, nuevamente las lágrimas de cocodrilo recorrerán las pantallas y mojarán el papel con declaraciones contra las masacres, nuevamente las matemáticas de las masacres, su número y número de muertos en cada una saldrán a relucir en un mal salón de clases, nuevamente lloraremos por las vidas perdidas, sobre todo las de los niños.
Nuevamente intentarán mostrarnos una América conmovida e intentarán vendernos lo menos nocivo para la industria del armamento, chequeo universal. Ello no impedirá que las armas con poder de fuego de guerra lleguen a manos de los criminales, ello permitirá saber de dónde vienen, dónde las compraron, quizás hará más difícil su adquisición.
No nos equivoquemos, las armas de guerra en manos de civiles es criminal, criminal e inmoral, inmoral por el poder del dinero, aquel que compra los votos, aquel que impide que se prohíba que estén en las calles, aquel que compra conciencias, no discursos, conciencias.
Una industria se cubre periódicamente de sangre; una industria, la del armamento, acalla las voces y capea la tormenta. Una industria compra los políticos, aquellos que nosotros elegimos, aquellos que deben respondernos, aquellos que ocultan como un pecado el haber recibido fondos para sus campañas, aquellos que son electos para defender a los responsables de la próxima masacre.
No nos equivoquemos, es el dinero el que corrompe, es la ambición de poder que permite que los políticos se corrompan. Que frente a nosotros levanten la mano aquellos que no reciben dinero de la industria del armamento, por ellos votaremos, aunque no tengamos por quién votar dado que la corrupción, me temo, es generalizada.
No los quiero derramando falsas lágrimas, lágrimas calculadas electoralmente, no quiero discursos hermosos pero vacíos, no quiero calmantes para aliviar mi ira sin que se ataque las causas de la herida.
Solución hay una: prohibición de las armas de guerra en las calles de las pequeñas ciudades en los Estados Unidos, prohibición de poseer armas automáticas destinadas a causar el máximo de muertos en el mínimo de tiempo, prohibición de recibir fondos de la industria del armamento y ponerse a su servicio.
Moralmente es inaceptable, es corrupción moral, no es una segunda enmienda, es un primer derecho humano, el derecho a la vida. ¿Qué tipo de vida? A ello tienen que respondernos, y no intentar engañarnos nuevamente hasta la próxima masacre.
Chacales que el chacal rechazaría, mercaderes de esperanza que llenan sus bolsillos mientras derraman falsas promesas, falsos profetas que predican paz y seguridad mientras la sangre corre por las calles, por las escuelas, por los salones de baile.
Esta vez no es el cambio climático, es la sangre que nuevamente sube mientas los corruptos intentan vendar nuestros ojos para que no veamos dónde están los verdaderos responsables, dónde la avaricia se alimenta de nuestras vidas, para elevar falsos discursos, vestirse de falsa indignación, lavarse las manos, esas manos también manchadas de sangre.
En el país de las masacres recordemos: las masacres no son una epidemia, son una inmoralidad y producto de la avaricia y la corrupción.
Me excuso, creo que ya lo había dicho.
* Escritor, poeta, dramaturgo y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.Reside en los EE. UU.
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