La sombra del Progreso

La sombra del Progreso

Por Ian Marcos Weber

Ian MarcosLuego de las ganancias extraordinarias obtenidas por la comercialización de químicos para la guerra, las multinacionales del sector agroindustrial han redireccionado su aparato productivo y apuntaron al sector alimenticio. Operando en más 64 países en todo el mundo, sin contemplar ideologías se encuentran presentes en todas las latitudes, desde Finlandia hasta Sudáfrica y desde los Estados Unidos hasta Australia. En América Latina, se instalaron en: Brasil, Bolivia, Argentina, Paraguay, Uruguay, Chile y Colombia.

La principal empresa que introdujo esta tecnología en todo Sudamérica es Monsanto, pero también existen otras como: Dow Chemical co., Hércules Inc., Syngenta, Nidera SA., Uniroyal Inc. y Dupont. Los agroquímicos son la tercera pata de una estrategia de mercado agresiva que intenta centralizar en pocas compañías la producción de granos, que pueden perjudicar tanto la salud, como la producción de alimentos a largo plazo. La fórmula con la que se explotan los campos sudamericanos consiste en la modificación genética de las semillas que hacen resistentes a estos poderosos plaguicidas, la implementación de la técnica del monocultivo; que permite reducir los tiempos y los gastos de las cosechas, y por último, la fumigación.

Los agroquímicos son una de las herramientas más importantes utilizadas en el campo para la producción agraria. Consisten en químicos que son rociados sobre el suelo a cultivar y las plantaciones, mediante aviones fumigadores o tractores, varias veces durante el ciclo de vida de la planta. De esta manera, son protegidas de plagas que puedan arruinar las cosechas y obtener el máximo rinde posible.

Los plaguicidas más utilizados en la actualidad sobre los cultivos de soja, maíz, algodón y arroz en Latinoamérica son: el Glifosato (comercializado bajo el nombre de Roundup), el Endosulfan y el 2,4-D (popularizado bajo el nombre “Agente Naranja”).

Se considera, luego de numerosos estudios realizados por organismos de los diferentes Estados sudamericanos, ONG´s e, incluso, el gobierno estadounidense, que dichos productos son altamente nocivos para la salud y el medio ambiente, no solo al entrar en contacto directo con ellos, sino también, cuando son ingeridos a través de los alimentos que han sido fumigados con éstos.

La Organización Mundial de la Salud reconoció de manera oficial que la dioxina o TCDD, nombre químico del principio activo del 2,4-D, genera en el organismo humano las siguientes afecciones:

  • Problemas de reproducción y desarrollo.
  • Distintas enfermedades en el sistema inmunitario, nervioso y endocrino.
  • Acné Clórico y manchas oscuras.
  • Alteraciones funcionales hepáticas.
  • Varios tipos de Cáncer.

Los agroquímicos desencadenan también las siguientes enfermedades aún no reconocidas por las autoridades estatales pero si por numerosos organismos no gubernamentales:

  • Malformaciones congénitas.
  • Abortos espontáneos.
  • Linfoma No-Hodkin.
  • Diabetes.

La historia de algunos de estos químicos es escalofriante: el 2,4-D (Agente Naranja) por ejemplo, es un producto de uso militar empleado por los norteamericanos en la guerra de Vietnam. Allí, con el objetivo de limpiar los escondites y dejarlos sin alimentos, los Estados Unidos rociaron 76 millones de litros sobre una superficie equivalente al tamaño de Nueva Jersey. Cuarenta años después, los efectos de este herbicida siguen causando daños a la salud, no solo a los combatientes vietnamitas y sus familias, sino también a los soldados estadounidenses que entraron en contacto con el producto.

Las autoridades sanitarias vietnamitas estiman que existen 1.300.000 menores discapacitados, mientras que en los Estados Unidos el número de niños, hijos de marines ex combatientes, con distintos tipos de discapacidades asciende a 75.000. Unicef y la Cruz Roja desarrollan actividades en Vietnam de atención a las victimas hace ya más de 10 años.

En el año 2010, el programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PUND) anunció que invertiría 5 millones de Dólares para la limpieza del aeropuerto de Bien Hoa y dos ex bases aéreas norteamericanas en el país.

En el 2012, a través de su embajador David Shear, los Estados Unidos anunciaron oficialmente la limpieza del aeropuerto de Danang. Con un presupuesto asignado de 43 millones de dólares, se estimaron 4 años para la construcción de esta obra. En Danang, Vietnam, 19 de Abril de 2014, a través de una comitiva integrada por el mismo embajador y una delegación del congreso norteamericano en donde se encontraban 4 senadores y varios mandatarios de ambos países, se anunció de manera oficial la iniciación de la segunda fase del proyecto iniciado dos años atrás.

A pesar de la gran importancia que tienen estos anuncios, parecen insignificantes frente a los 30 millones de dólares anuales, pagaderos durante 10 años, que estimó la organización “The Aspen Institute”, que se deberían pagar en concepto de reparación de daños ecológicos e indemnización a las víctimas del Agente Naranja en Vietnam.

Los daños más visibles generados por los herbicidas son los producidos por la aplicación directa, desmedida y sin control alguno sobre los campos, que, a su vez, son esparcidos sobre los habitantes de pueblos y ciudades cercanos a las zonas de producción agropecuaria.

En uno de los casos investigados en el libro “Envenenados” (2013) del periodista argentino Patricio Eleisegui, se relata la experiencia de un hombre, Fabián Tomasi, que fue contratado por una empresa de fumigación en su provincia natal; Entre Ríos, Argentina. En el transcurso de sus páginas, se detallan las consecuencias drásticas que, en apenas seis meses de contacto directo y constante con los agroquímicos, que provee la compañía Monsanto en todo Sudamérica, se le detectó una neuropatía, luego sufrió una reducción de su capacidad pulmonar, hasta ser diagnosticado con polineuropatía tóxica, la cual le generó problemas motrices y en el aparato digestivo. En la actualidad, su estado de salud es de gravedad. Sus dos empleadores, al momento de comenzar este trabajo, y con el mismo nivel de contacto con estos agroquímicos, murieron de cáncer.

Se cita el caso de Argentina a modo de ejemplo de lo que ocurre en muchos países productores de alimentos. Según asociaciones ambientalistas, en este país se pulveriza el mismo producto como plaguicida (2,4-D o “Agente Naranja”) en, aproximadamente, 25 millones de litros por año. En solo tres años se igualó la cantidad empleada en la guerra.

Este es uno de los temas que más preocupan en la actualidad. Empresas acusadas de atentar contra los derechos básicos de las poblaciones, una coyuntura económica local condicionada, y miles de preguntas que aún no logran respuestas claras y convincentes.

¿La producción de alimentos orgánicos que no necesiten de la utilización de los pesticidas mencionados en párrafos anteriores, es compatible con la sustentabilidad alimenticia deseada?

O, por el contrario, ¿Es la única salida posible (aunque a mediano plazo y con consecuencias que pueden ser irreversibles) profundizar la sospechada contaminación ambiental y daños en la salud por dichos agroquímicos?

Se necesita debatir de manera responsable y abierta cuál es el impacto real de los productos utilizados por estas compañías. Y, así, alumbrar todos los lados de este progreso sin dejar ninguna sombra.

 

 

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