La situación es crítica para los restaurantes de Nueva York

restaurantes cerrados
Cuando la Gran Manzana se convirtió en el epicentro de la pandemia los restaurantes tuvieron que cerrar sus puertas.

Ante la crisis provocada por la pandemia global del COVID-19 y una ayuda económica sintiéndose cada vez más lejana, los restaurantes de la ciudad de Nueva York están “pegando el grito al grito al cielo”, muchos de ellos al borde de cerrar sus puertas definitivamente.

Cuando la Gran Manzana se convirtió en el epicentro de la pandemia los restaurantes tuvieron que cerrar sus puertas. Desde ese momento no han tenido claridad sobre su situación y les ha tocado reinventarse “una y mil veces”, debido a las restricciones impuestas por las autoridades del estado y de la ciudad para evitar mayores contagios.

En el mes de julio desde la alcaldía de la ciudad anunciaron el programa “Restaurantes abiertos”, donde se les permitía ocupar los espacios en las aceras o avenidas, incurriendo en gastos extras para acondicionar los restaurantes dejándose llevar por la imaginación y la creatividad para atraer clientes y se pudieran adaptar a una nueva modalidad.

A finales de septiembre se les permitió a los restaurantes recibir clientes en el interior a una capacidad de 25 %, a mediados de diciembre nuevamente las autoridades de Nueva York solicitaron a los restaurantes cerrar el servicio en el interior por el alarmante incremento de casos de COVID-19.

Mientras el virus se continúa expandiendo en miles de neoyorquinos, se cambia la estrategia para combatirlo y los restaurantes obligatoriamente tienen que adaptarse a las normas que establece la ciudad, o de lo contrario se exponen a multas o la cancelación de su licencia.

Roberto González, propietario del restaurante colombiano “El Basurero” ubicado en el corazón de Astoria, Queens, describe como “una situación muy compleja por la manera en que nos han limitado. Es como si le mocharan a uno las dos piernas y así tenga que sobrevivir”, agregó.

González se pregunta “‘¿cómo vamos a sobrevivir?’, si los recibos siguen llegando al restaurante, es algo que se va acumulando y nosotros dependemos exclusivamente de los clientes”

Con este aumento de casos, muchas personas siguen las recomendaciones de las autoridades sanitarias, la situación se torna más difícil “porque la gente se guarda en sus casas” y mucha gente se quedó sin trabajo, por ende, no van a visitar los restaurantes y “darse el lujo de gastar esa plata”.

“Nosotros como industria no exigimos nada, sino que simplemente, nos permitan abrir, porque hay lugares como tiendas o supermercados que son muy concurridos y no es justo que ellos si puedan abrir y nosotros no” explica González.

En estos momentos que el frío amenaza, comer afuera se hace menos atractivo y también, les exigen las autoridades ciertos protocolos a cumplir con respecto a los calentadores.

“Nos ha tocado innovar y e incurrir en gastos y eso nadie lo paga, lo tenemos que hacer nosotros, es un gasto extra. Dios quiera que nos den ayuda, pero usted sabe que nada es gratis, a nosotros nos van a dar ayuda, pero estoy seguro de que nos van a pedir algo a cambio”, dijo Gonzales con indignación.

Los restaurantes de Nueva York han tenido un año turbulento, no existe un registro de cuales han sido los restaurantes que más han sufrido la crisis, pero quizás los ubicados en la zona de Queens sean los que tuvieron mayores afectaciones cuando la zona se convirtió en el “epicentro del epicentro”.

El virus arrasó con la zona más diversa de todo el país. El bullicio de los autos, los vendedores ambulantes, y las aceras llenas de gente caminando, quedó reducido a trabajadores esenciales y al ruido de las sirenas de ambulancias que trasladaban pacientes desde toda la ciudad.

El panorama para los restaurantes es sombrío, y aunque se les permita implementar el “deliverys” no es lo mismo. Eso implica un 30 % de la entrada de ingresos al restaurante y el otro 70 % son las mesas, nos explica Ernesto Meléndez, un administrador del restaurante “Pollos Mario”.

“Bajo estas circunstancias, todo mundo lleva su parte mala en esta industria, desde el jefe, hasta el mesero. Los muchachos que trabajan el día a día son los que llevan la peor parte porque no tienen personas para atender. Cada día que nos corten o cierren vamos para abajo”, agregó Meléndez.

Una encuesta realizada por la Asociación de Restaurantes del Estado de Nueva York destacó que muchos negocios no podían continuar en funcionamiento si no les permitían abrir o no recibían ninguna ayuda del gobierno.

“Estamos trabajando con el 40 % de nuestro personal y para nosotros lo primordial es que nos dejen abrir los restaurantes, quizás no en toda su capacidad, pero al menos un 50 %, llevaríamos una línea pareja, tuviéramos la gente trabajando y el negocio tuviera más entrada”, dijo Meléndez.

La industria de los restaurantes desde el cierre de la ciudad ha venido enfrentando diversas transformaciones y restricciones, pero los crecientes contagios aceleraron las regulaciones en el interior de los restaurantes.

“A nosotros nos hacen llevar una regulación controladísima, aquí nos revisan 3 veces por semana, nos chequean que tengamos el sistema de aire correcto, que tengamos el distanciamiento correcto, que tengamos alcohol gel, que cumplamos el protocolo, tomamos temperatura a cada cliente”, declara Meléndez.

Por lo general a las personas les “agrada permanecer afuera de los restaurantes”, esa modalidad les permite “interactuar con el exterior”, pero para los propietarios eso implica gastos y los efectos de la crisis no les permite comprar los calentadores que exige la ciudad, eso, además, eleva los gastos de energía y muchos no tienen la capacidad de hacerlo.

Según los propietarios de restaurantes en caso de otro cierre de la ciudad les tocaría cerrar el restaurante, se irían “a la quiebra”, entonces son estos momentos que “tienes que tomar una decisión de parar y quedarte con lo que tienes o seguir luchando”, porque quienes se llevan la peor parte son las cabecillas de familia que quedan en el limbo.

Los restaurantes dependen de los clientes y mientras miles de neoyorquinos se quedaron sin empleo se volvieron más cautelosos sobre las visitas a estos negocios por dos motivos principales, priorizar los gastos del hogar y evitar las salidas a medida que aumentan los contagios y hospitalizaciones en la ciudad de Nueva York por las fiestas de Acción de Gracia o Navidad.

“La situación está crítica y estoy seguro de que si vas al restaurante de al lado te dirá lo mismo, todos estamos igual en la misma situación. Desde la ciudad no están haciendo las cosas igual, todos los otros negocios están trabajando igual, pero los restaurantes y barras cerraron, eso básicamente mató la industria de los restaurantes”, dijo Josafat Herrera, propietario del restaurante “Viva Viva” de origen mexicano.

A Herrera le ha tocado recortar personal, porque se le hizo imposible poder mantenerlos, al igual que otros propietarios exige a las autoridades de la ciudad que les permitan abrir “al menos el 25 % e igualmente nosotros siempre seguimos los protocolos e instrucciones sanitarias, los cumplimos a cabalidad”.

El porcentaje del restaurante “Viva Viva” ha bajado casi un 70 % y si llega al punto de no poderlo mantener me “tocará cerrarlo porque las cuentas no paran”.

El Departamento de Salud del Estado de Nueva York ha indicado que la transmisión del COVID-19 de restaurantes es de 1.4 % y el 74 % de las transmisiones se producen en reuniones particulares.

Según varios economistas de la ciudad de Nueva York, poner dinero en el bolsillo de los neoyorquinos desempleados parecería ser la necesidad más urgente tanto para pagar sus facturas como para apoyar sus gastos que miles de empleados de la industria de los restaurantes fueron despedidos.

El 2020 para la comunidad latina representa un año, de mucha tristeza, ansiedad, dolor, desesperación e incluso inseguridad alimentaria.

Roberto Valerio, cocinero de un restaurante de Manhattan (prefirió no decir su nombre) con 19 años viviendo en la ciudad de Nueva York recuerda que desde que llegó de su natal México, nunca había pasado “penurias en este país”.

Mientras fluía la conversación y recordaba sus raíces, dirige su mirada hacia un pequeño rincón de su casa de habitación en Woodside, Queens, donde tiene un pequeño altar de la Virgen de Guadalupe, con flores frescas.

“Gracias a Dios y la Virgencita que estamos con vida, aunque a veces no tengamos todo lo que deseamos”, dijo Valerio que había sido despedido del restaurante que trabajaba, mientras escuchaba la noticia por la televisión sobre las personas que se estaban poniendo la vacuna en Nueva York.

“Tenemos la esperanza que todo esto cambie y podamos volver a la normalidad”, expresó con mucha ilusión.

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