Afortunadamente, la vida está en nuestras manos, y que conste, no se trata de un mensaje de fácil esperanza, ni de irresponsable optimismo para despertar simpatía; no, se trata simplemente de no poner nuestras vidas en manos de otros y ponerla en las nuestras, y lo sé, ello no es fácil.
En forma evidente todos estamos hasta la coronilla del encierro, los niños no aguantan más estar encerrados, necesitan salir a jugar, pero ese salir a los parques de juego implica riesgos y alto riesgo, quizás no tanto para ellos como para nosotros.
Necesitamos el contacto con otros seres humanos, somos animales sociales, pero ese contacto puede ser mortal, se acercan las fiestas y necesitamos de las fiestas, son un momento de comunión y sin embargo implican un riesgo mortal.
Necesitamos respirar, pero no todo respiro es saludable. Necesitamos gritar para sacar la angustia y hacer retroceder el miedo, ese miedo ancestral a la muerte, pero el grito en sí no es liberador.
Necesitamos la vacuna, pero esa vacuna demorará, somos una humanidad que la espera y llega gota a gota, un millón es una gota, pero una gota sumada a otra gota irá ganando terreno a esta terrible sequía de esperanza de vida.
Estamos en una encrucijada: o nos damos un momento de alegría y de respiro y abrimos la puerta de nuestra casa a los invitados y entre ellos a la muerte, o nos damos un momento de vida futura y cerramos la puerta a la pandemia.
Somos libres de elegir, y eso lo demostramos en las últimas elecciones, somos libres de escoger nuestro futuro; votar no fue fácil, pero fue un juego de niños frente a defender nuestras vidas.
No esperemos que sean otros que nos defiendan, la mejor defensa de nuestras vidas, de nuestras familias empieza en nosotros, nuestra vida está en nuestras manos.
En nuestras manos y en manos de aquellos que entienden que están en nuestras manos y que cada medida que tomemos es por nuestro bien, en aquellos que dejarán de lado el discurso fácil para incitar a celebrar la muerte pensando que se está celebrando la vida.
Solo le pido a Santa que me ayude a cerrar mi puerta durante las fiestas para poder abrirlas más tarde a la vida.
Solo le pido a Santa una máscara para ocultarme de la muerte.
Solo le pido a Santa que me ayude a continuar siendo un animal social y que no olvide las reglas de la convivencia.
Solo le pido a Santa que me ayude a encontrar la manera de recrear un mundo social para mis hijos, para que mañana, al descubrir el mundo, no se asusten y puedan correr nuevamente en libertad.
Solo le pido a Santa que en los momentos en que el espacio infinito se transformó en el mundo en que vivo, algún día me ayude a bajar de las nubes.
Solo le pido a Santa que en las filas de los cajeros del supermercado de la salud abra nuevas cajas para acortar la espera de la vacuna.
Solo le pido a Santa que permita hacer llegar mi voz al nieto o nieta que se gesta en el vientre de su madre.
Solo le pido a Santa me permita sobrevivir como ser humano en una sociedad que me trata como si no lo fuera.
Pero no se trata de mí o de nosotros, no seamos egoístas, así que solo le pido a Santa que se cuide, porque si se nos muere Santa, ahí sí que nos fregamos.


























