La punta del Iceberg

XIMENA

 

 

Por Ximena Hidalgo-Ayala

 

Hace unas pocas semanas se publicó en Impacto un artículo de opinión del diplomático y analista en relaciones internacionales Jorge Castañeda, titulado ¿Y si gana Trump? en el cual prácticamente pronosticó, en base a un análisis del proceso electoral y a la realidad política en Estados Unidos, sobre el triunfo de Donald Trump como candidato a la presidencia por el Partido Republicano.

 

Esta parecía una lejana posibilidad, casi una pesadilla, pero más allá de el barullo, bochinche, mitote, que el multimillonario ha provocado con sus incendiarias declaraciones y su actitud irreverente, -la cual le ha ganado más adeptos-, existe un problema mucho más grandes que la comunidad latinoamericana debe en forma serio analizar.

 

Llegó la hora de enfrentar una realidad, Trump es la expresión de un sentimiento nacional, que tenemos la esperanza, al final de la jornada, no sea mayoritario y estamos seguros que así será, pero manifiesta claramente lo que siente y piensa un gran porcentaje del pueblo estadounidense.

 

Debemos dejar de lado la demonización de Trump, nadie puede negar que es un empresario exitoso económicamente y que es precisamente este factor el que le ha catapultado al lugar en que está, gracias al poder económico que le permite desplegar una campaña gigantesca. En términos capitalistas Trump es la máxima expresión del progreso y realización del sueño americano. A quién no le gustaría tener aún cuando sea parte de su fortuna. Si la mayoría de los inmigrantes no buscaran oportunidades para hacer dinero y progresar, simplemente no estarían aquí, así que en cuanto al progreso económico, la gran mayoría se parece a Trump.

 

Ahora bien, comprendemos bien y repetimos que “el dinero no lo es todo”, el progreso verdadero se debería dar en términos de crecimiento espiritual, mental, intelectual y una persona con un nivel mediano de integridad comprende que taras como el racismo y la segregación de las personas por su origen étnico, corresponde a personas retrógradas. Sin embargo los latinoamericanos tenemos, como grupo, muy poca autoridad para tildar a Trump o a cualquier retrógrado racista de que comete un error. ¿A caso no somos racistas al interior de nuestros países de origen? ¿A caso no existe racismo en nuestras comunidades aquí en Estados Unidos? Solo hace falta ver a los latinos que compran en la Quinta Avenida y a los que compran en a avenida Roosevelt, estamos aquí, juntos pero no revueltos y las diferenciaciones son bien claras y marcadas.

 

La superación del racismo ciertamente no es una virtud de los latinoamericanos, a pesar de que existe un proceso importante en comprender que la base de la mayoría de nuestros problemas continúa siendo el no reconocer nuestra identidad mestiza, desvalorizar nuestras raíces nativas, que son las más puras y las más ricas, e insistir en rendir homenaje y superponer nuestras raíces europeas a nuestra identidad mixta. Nuestra identidad sigue "patojeando" y así difícilmente podremos avanzar.

 

El fenómeno de Trump no se refiere a un asunto únicamente de monopolio del poder económico, de racismo, de prepotencia, es un asunto con profundas implicaciones sociológicas. Es una consecuencia de la propia manera en como actuamos, pensamos y nos proyectamos los latinoamericanos. Reducir el fenómeno Trump al racismo es un error.

 

Históricamente todos los grupos de inmigrantes nuevos han sido víctimas de discriminación, desde los italianos, irlandeses hasta los griegos, fueron humillados, explotados y lograron a través de la resistencia, la lucha y sobretodo la incorporación a la sociedad estadounidense, puestos de gran relevancia a nivel económico y político.

 

La comunidad latinoamericana solo progresará cuando analice su parte de responsabilidad en el problema, cuando comprenda que su verdadera riqueza radica en su versatilidad fundamentada en su diversidad, cuando asuma los valores de esta nación de inmigrantes como propios, valorando a las personas por su talento, dejando de lado envidias, ambiciones y codicias individuales y comprendiendo que, a pesar de las agendas particulares de cada país o comunidad, existe una fuerte relación de hermandad, de parentesco compartido, de una realidad geográfica compartida y se vuelva por si misma más tolerante y más abierta a aprender, a compartir pero sobre todo a valorar y respetar.

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