La poesía de la pobreza: el aire puro regresa a Manhattan

El aire circula nuevamente por las calles de Manhattan, la brisa mece los sueños de los niños, las nanas regresan al Central Park enseñando a los retoños las primeras palabras en español, el aire, fresco, vivificante, regresa nuevamente a las calles de Manhattan.

¡Oh!, cómo sentirme humano siendo inhumano, cómo recuperar mi modo de vida lejos de la imagen de la pobreza, cómo alejarme de la suciedad física, del ser maloliente, sin sentirme sucio moralmente.

Cómo expulsar los 8000 sin vivienda que pululan como la peste negra en los hoteles de Manhattan, cómo sacarlos de los hoteles para devolver el techo a los turistas, la tranquilidad al vecindario, cómo sacar a los otros de las calles para devolver las veredas al popó de los perros que dormitan seguros en los hermosos departamentos de Manhattan, ellos también lejos de la miseria, el mal olor, y los tristes ojos de las miradas perdidas de los sin casa que habitan la ciudad.

La ciudad, puesto que la ciudad a limpiar son los barrios de los limpios, aquellos que se compadecen de “esa gente”, puesto que ni a nombrarlos se atreven. Llévenselos, a los más enfermos, cuídenlos, a los otros, ofrézcanles un lugar en un barracón, si no saben cómo construirlos revisen la historia, los “indeseables” a los barracones.

Que los servicios municipales cumplan con su cometido: mantener limpio Manhattan; dos, tres, las veces que sea necesario, regresen para arrojar a la basura las pertenencias de los sin techo, esas pertenencias tan duramente encontradas, recogidas de los desperdicios, por lo que lo que es desperdicio para unos para otros representa un tesoro que los hace sentirse humanos, pero en Manhattan hasta los desperdicios son selectivos. Arrójenlos a la basura, no eran para ellos, arrójenlos una, dos, tres, las veces que sea necesario para mostrarles que son indeseables.

Cómo hacerlos desaparecer sintiéndonos humanos, gente compasiva, seguir hablando del intríngulis social, del regreso a lo normal, al aire puro que circula nuevamente por las calles de Manhattan, entre los árboles del Central Park.

“Ojos que no ven, corazón que no siente”, dice un viejo proverbio.

El problema, señores gobernantes, diputados, senadores, alcaldes, es que por más que limpien, se ven, aquellos que perdieron su techo se ven, la mirada perdida, se ven, y el aire fresco circulando por las calles de Manhattan es irrespirable.

Cero dólar para la construcción de viviendas sociales, cero, ese cero tan irrespirable, por inhumano; mientras tanto, los honorables parten de vacaciones mientras los camiones sanitarios limpian las calles de los barrios ricos.

El aire hiede en las limpias calles de Manhattan.

* Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE. UU.

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