La ópera bufa: comenzó la convención republicana

 convención de Donald J. Trump
Así, en el siglo XVIII, surge la ópera bufa, y si ello viene a mi mente es por lo que hoy comenzó la convención republicana. Me corrijo, la convención de Donald J. Trump y sus aliados, no creo que sea la convención del partido republicano.

En momentos de decadencia económica, moral, de desmoronamiento social, el arte busca una salida, crea nuevos géneros, a veces busca salida en la risa fácil, en la comedia ligera, en la evasión.

Así, en el siglo XVIII, surge la ópera bufa, y si ello viene a mi mente es por lo que hoy comenzó la convención republicana. Me corrijo, la convención de Donald J. Trump y sus aliados, no creo que sea la convención del partido republicano.

Me sorprendieron, seguí el llamado al call roll, momento en que los representantes de cada estado declaran su preferencia. Frente a mis ojos, incluyendo la aceptación de Donald, se desplegó una tragicomedia, parte tragedia, parte comedia:

-el mundo de Barbie y Ken, pero un mundo polvoriento, envejeciente, un mundo surgiendo del pasado. ¡Oh, no!, no eran antigüedades, eran viejos muñecos imitación de una época, pero fabricados en China, aquellos a los que se les cae el pelo, un brazo le queda colgando, los zapatos de taco perdieron uno de ellos, las pelucas se salen de lugar.

Sacudí mi cabeza para alejar la imagen de mi mente, y, poblaron mi mente los Brady Bunch, he aquí la historia… de un hombre llamado Donald, la familia americana, estaba frente a la imagen de la familia americana.

Los Hillibillies bajaban a Beverly Hill, perdón a Carolina del Norte para depositar sus delegados a los pies de Donald.

¿Estaba frente al comienzo de una tragicomedia?, ¿una tragedia con un final ligero, feliz?, ¿o al trágico final de una comedia?

Los aplausos en la sala resonaban como un coro de lloronas, los asientos rígidos, tumbas alineadas en el cementerio, cadáveres dispuestos en el campo de batalla.

Esperaba las trompetas anunciando el triunfo, esperaba un pálido reflejo de ese 15 de septiembre del año 2015, en Dallas, ese baño de masas que enmarcaron el lanzamiento de la campaña de Donald J. Trump, el candidato a quien nadie daba por ganador.

Ese 15 de mayo de 1985, en un artículo difundido por la agencia Efe, escribí:
al apagarse las luces del gigantesco estadio en Dallas, tras la salida de una masa palpitante, excitada, cubiertas sus cabezas por blancos sombreros de cowboy, los ojos iluminados triunfadoramente tras ser parte de la historia, tras sentirse futuro, tras haberse levantado de sus asientos cual si fueran un solo cuerpo para corear el nombre del futuro:

Trump. Trump, Trump.

Ese día, en un primer baño de masas, frente a 10.000 personas, el entonces candidato Donald J. Trump, un showman, presentó el lineamiento de su campaña: Hacer América Grande Nuevamente.

No prometió nada, no definió nada, dejó que cada uno pensara y decidiera qué significaba para él la grandeza de América, esa grandeza perdida que tenía que restaurarse.

Era un discurso de puntos suspensivos, donde cada uno llenaba los blancos, al no dirigirse a nadie en específico se dirigía a todos, a aquellos que creían que en una América políticamente correcta se habían perdido los valores más profundos de América.
La luz y las sombras cambiaban de puesto en el escenario.

Agitó los fantasmas, dio voz a los políticamente incorrectos, les dijo: son parte de América, los escucho, salgan de las sombras, levanten sus cabezas, juntos devolvamos la grandeza a América.

Levantó las banderas de la guerra y llamó a su base a sumarse al combate, a una guerra por rescatar los valores de esa América Grande.

Al apagarse las luces de mi cuarto, en mi cerebro comenzaron a iluminarse escenas del pasado y Bertold Brecht regresaba a caminar por mis sueños iluminando la escena de un pobre teatro europeo para mostrarnos La irresistible ascensión de Arturo Ui.

Hoy regresan a escena los protagonistas, imitación de imitaciones, las consignas gastadas, las promesas incumplidas, la imagen descascarada, que dios se apiade de ellos y apague las luces, hay tragicomedias que hacen mal al teatro, que hacen mal a la historia.
Como hombre de teatro, jamás me salgo antes del final de una obra, no sea que surja una sorpresa.

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