Por Karina Borodnikoff
IMPACTO LATIN NEWS
Chuck Hagel, Secretario de Defensa de los Estados Unidos, comunicó su intención de reducir el personal del ejército, eliminar los aviones caza y recortar los fondos destinados a armamentos, con el objeto de bajar el presupuesto bélico.
El gobierno de Barack Obama quiere extender el recorte y cerrar algunas de las bases militares localizadas en territorio estadounidense, antes del 2017. Todas estas medidas deberán ser aprobadas por el poder legislativo, decisión difícil de concretarse si se tiene en cuenta que el órgano bicameral rechazó estas propuestas en reiteradas oportunidades, en años anteriores.
Las recientes guerras de Irak y Afganistán, desatadas como consecuencia de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, significaron un gasto drástico para la economía de los Estados Unidos. Pero la realidad es que siempre hay alguna guerra, amenaza o excusa para la violencia, sobrevolando este país. Un poco más o algo menos, los gastos siempre exceden lo recomendable para cuestiones que deberían resolverse de otra manera, a esta altura de la historia. El conflicto bélico ya no puede ser una opción.
Chuck Hagel conoce desde adentro lo que significa una guerra. A los 20 años fue voluntario y combatió en Vietnam. Lo destinaron a una base en Alemania pero él mismo (como tantos jóvenes estadounidenses que no pudieron escapar a la nefasta construcción del “héroe” en el imaginario colectivo) solicitó estar en primera línea, en el frente de batalla.
Hagel dictó la sentencia y cumplió su condena como soldado de infantería en plena jungla. Vivió y sobrevivió durante 13 meses junto a Tom, su camarada y hermano menor. El Secretario de Defensa, pintado de rojo por una mina que no respetó su traje de héroe y explotó a traición, sentenció “Si alguna vez salgo de este sitio y estoy en posición de hacer algo contra la guerra, tan horrible, tan llena de sufrimiento, haré lo que sea para pararla". Herido, espantado, dejó el infierno. Uno de ellos, por lo menos. Porque el daño estaba hecho y nunca pudo desprenderse de los mandatos que lo marcaron a fuego en su niñez corrompida.
Volvieron a su ciudad natal, Nebraska. Tom desafió a los superhéroes de sus cuentos de infancia y se unió a las protestas contra la guerra de Vietnam. Chuck, en cambio, nuevamente debilitado, se lo reprochó a su hermano durante 25 años.
La discusión terminó cuando el actual Secretario de Defensa escuchó una grabación con la voz de quien era el presidente de los EE.UU. durante la lucha contra el Viet Cong, Lyndon Johnson, en la cual aseguraba que no había ninguna posibilidad de ganar la guerra y que “las tropas enviadas a Vietnam eran un desperdicio”.
Años más tarde, como quien dispara de manera automática un mecanismo de supervivencia a tanto sinsentido, votó con un “sí” a favor de la invasión a Irak. Al poco tiempo manifestó su arrepentimiento y admitió públicamente que su decisión fue un error.
El 2014 lo encuentra en otro lugar y con otro poder de decisión respecto al tratamiento en cuestiones bélicas que debe aplicarse en su país. No es fácil augurar consecuencia en las acciones de este hombre, con atenuantes, pero responsable.
Obama es, por supuesto, el otro hombre clave para decidir el nivel de violencia en estos asuntos que se tratan en el Congreso, con una paz y retórica que confunde a los más lúcidos.
¿Qué piensa realmente el presidente de los Estados Unidos sobre “la cuestión guerra”?
Difícil de saberlo.
El 10 de julio de 2010, Barack Obama leyó un papel que le había entregado el periodista Bob Woodward (famoso por el Caso Watergate. En 1972, este veterano periodista destapó un escándalo político que terminó con la primera y única renuncia de un presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon). El papel, que contenía una cita plasmada en un libro de historia sobre la Segunda Guerra Mundial; “El día de la batalla”, de Rick Atkinson, decía: “Porque la guerra no fue solo una campaña militar, sino también una parábola. Hubo lecciones de camaradería, de deber y de inescrutable destino. Hubo lecciones de honor y de coraje, de compasión y sacrificio. Y luego, también la lección más triste de todas, que habríamos de aprender una y otra vez… que la guerra corrompe, que carcome el alma y tiñe de óxido el espíritu, que incluso los excelentes y los superiores se pueden corromper, y que no queda corazón sin manchar”.
Minutos más tarde, sin que Woodward pudiera preguntarle si la guerra ha corrompido a todos, si ha quedado algún corazón sin manchar, el presidente de los Estados Unidos, con apuro, le devolvió el papel y le dijo: “Puedo compartir su opinión”. (Tal vez, no). Y le pidió al periodista que buscara la respuesta en el discurso que dio al momento de aceptar el Premio Nobel de la Paz.
El 10 de diciembre de 2009, en el Ayuntamiento de Oslo, el jefe de la Casa Blanca unió palabras con sumo respeto a las reglas del discurso oral, pero con menos habilidad para instalar la virtud incuestionable de la paz: “Los instrumentos de la guerra sí tienen un rol que cumplir en la preservación de la paz. Sin embargo, esta es una verdad que debe coexistir con otra: que no importa cuán justificad sea, la guerra promete tragedias humanas. El coraje y sacrificio del soldado está lleno de gloria, y expresa devoción a la patria, a la causa, a los camaradas en armas. Pero la guerra en sí misma jamás es gloriosa y no debemos hablar de ella como si lo fuera. De modo que parte de nuestro desafío consiste en reconciliar estas dos verdades que son aparentemente irreconciliables: que la guerra a veces es necesaria, y que la guerra, en algún nivel, es expresión de necedad humana”.
La nada misma o, tal vez, un exótico oxímoron presidencial.
Sin embargo, no hay estrategia discursiva que pueda con la guerra. La guerra es miseria. La guerra no es una alternativa.
No hay apuro que pueda evadir y dejar impune la respuesta implícita de un presidente: la guerra ha corrompido a todos, no queda corazón sin manchar.


























