La dignidad en las calles: por qué apoyamos las protestas contra ICE

EDIRORIAL

Esta semana, desde Los Ángeles hasta Nueva York, miles de personas se han volcado a las calles en una oleada de protestas sin precedentes contra el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas. No se trata de un estallido aislado ni de una moda pasajera. Es la erupción legítima de una indignación acumulada durante años.

Y desde esta redacción, decimos con claridad: apoyamos estas protestas. No solo como periodistas ni como observadores sociales, sino como miembros activos de una comunidad que está siendo acosada, humillada y deshumanizada por un aparato estatal que ha perdido toda legitimidad moral.

ICE no es simplemente una agencia. Es un símbolo. Un símbolo de una política migratoria que ya no responde a principios de justicia, integración o humanidad, sino a una lógica de persecución y castigo.

Las redadas masivas, los operativos en centros de trabajo, la vigilancia en tribunales, las detenciones de personas con casos en trámite o sin antecedentes criminales: todo esto ha generado un clima de terror cotidiano en las comunidades migrantes. Y cuando el miedo se convierte en norma, la protesta se vuelve no solo un derecho, sino una necesidad.

En Los Ángeles, la gota que derramó el vaso fueron las redadas en barrios obreros de mayoría latina. En Nueva York, fue la presencia intimidante de ICE en estaciones de tren y cerca de escuelas. Pero en realidad, estas acciones no son hechos aislados: son parte de un patrón sostenido que busca criminalizar la existencia misma del inmigrante. Frente a esta realidad, las manifestaciones no solo son comprensibles, sino profundamente justificadas.

Apoyamos estas protestas porque expresan una verdad que el discurso oficial se niega a reconocer: que los inmigrantes no son amenaza, sino columna vertebral de este país. Que lejos de quebrar la ley, la sostienen con su trabajo, con su cultura, con su sacrificio diario.

Que la verdadera ilegalidad no está en cruzar una frontera en busca de vida, sino en construir una maquinaria de detención que lucra con la separación de familias y la deshumanización del otro.

Las críticas sobre el "orden público" o el "caos en las calles" no nos conmueven. La historia de Estados Unidos está escrita con protestas: por los derechos civiles, por el sufragio femenino, contra la guerra, por el matrimonio igualitario. Cada una de esas luchas fue en su momento criminalizada, ridiculizada, reprimida. Y sin embargo, hoy las reconocemos como justas, necesarias, inevitables. Las protestas contra ICE pertenecen a esa misma tradición.

Sabemos que hay quienes argumentan que "hay formas y formas"; de protestar. Que hay que ser pacíficos, que no se deben bloquear calles, que hay que "respetar las instituciones". Pero cuando las instituciones pierden su humanidad, cuando el sistema se vuelve una trampa para quienes menos tienen, entonces interrumpir la rutina se vuelve una forma de gritar lo que nadie quiere oír. A veces, para exigir respeto, hay que incomodar.

Apoyamos estas protestas también porque revelan lo mejor de nuestras comunidades. Lo que vimos en Foley Square y en decenas de ciudades no fue violencia: fue organización. Fue solidaridad. Fue conciencia. Voluntarios distribuyendo comida y agua, abogados ofreciendo asesoría gratuita, músicos cantando en honor a los ausentes. Padres marchando con sus hijos.

Abuelas llorando frente a retratos de familiares deportados. Todo eso es parte de esta lucha. Y hay algo más: estas protestas son también un acto de memoria. Nos recuerdan que esta no es la primera vez que el poder se vuelve contra los más vulnerables. Que la historia de este país está marcada por momentos de exclusión, pero también por luchas que han transformado esa exclusión en esperanza.

Cada consigna en las calles, cada pancarta, cada paso dado en protesta, está conectado con una larga cadena de resistencia. Una cadena que incluye a quienes marcharon por los derechos de los afroamericanos, por la dignidad de los trabajadores agrícolas, por los estudiantes indocumentados que alzaron la voz cuando nadie los escuchaba.

Negar la legitimidad de estas manifestaciones es negar la humanidad de quienes protestan. Y eso no lo aceptamos. No en nuestras calles, no en nuestros barrios, no en nuestras páginas.

Sabemos que el camino es largo. Sabemos que ICE no desaparecerá de un día para otro. Pero también sabemos que ninguna institución resiste para siempre el peso moral de una comunidad unida. Las protestas que hoy sacuden al país son el principio de una nueva etapa: una donde la dignidad se defiende en voz alta, en espacio público, en colectivo.

A quienes están en las calles, les decimos: no están solos. A quienes nos leen, les decimos: escuchen. Y a quienes están en el poder, les advertimos: las voces que hoy retumban en las plazas no se apagarán con gas ni con silencio.

Porque cuando la dignidad se levanta, ya no hay fuerza que la devuelva al suelo.

Protestas contra ICE: De Los Ángeles a Nueva York, la resistencia migrante se multiplica

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