El tren de Nueva York, que en un momento llegara a ser el orgullo de la ciudad se encuentra en crisis y ha demostrado ser frágil, atentando no solo al funcionamiento normal de la ciudad, también convirtiéndose en una amenaza para la seguridad de los neoyorquinos que lo usan diariamente.
La Autoridad Metropolitana de Transporte, MTA se encuentra bajo la lupa desde hace tiempo y su funcionamiento es criticado por la mayoría de usuarios, pero en tiempos electorales se ha convertido en la papa caliente que ningún político quiere agarrar.
Las demoras en el servicio regular, las permanentes reparaciones, la insuficiencia del espacio para las horas de mayor concurrencia, la falta de higiene de la mayoría de estaciones, la violencia verbal, emocional, sexual son la parte visible de un problema con raíces a nivel administrativo. La crisis del sistema de tren subterráneos de Nueva York no se limita al tema financiero, porque si bien tener fondos para funcionar es vital, es fundamental un buen manejo de los mismos.
El descarrilamiento del tren subterráneo en la calle 125 y la avenida de San Nicolás en Manhattan, que dejara casi tres docenas de heridos, ha sido la culminación anunciada de los numerosos problemas que durante los últimos meses han estado incomodando a millones de usuarios del subway, cuya estructura ha demostrado estar caduca y ser ineficiente para responder a las necesidades actuales de la ciudad.
Este sistema de transporte público ha sido en determinado punto, el paradigma del servicio publico masivo, pero la innovación y previsión han fallado totalmente. El descarrilamiento se produce en medio de otros problemas de tránsito en toda la región, incluyendo la necesidad de hacer reparaciones urgentes en la estación de Pensilvania en Manhattan, la estación de ferrocarril más transitada del país, donde dos trenes recientemente descarrilaron, de las reparaciones en el Long Island Rail Road, etc., etc. todos ellos administrados por la MTA.
El metro está plagado de retrasos que se disparan y la desgastada infraestructura convive con tecnología moderna y estaciones nuevas o remodeladas. Para ser sinceros realmente que en las últimas dos décadas descarrilamientos como el de verano de 1991, cuando cinco personas murieron cerca de Union Square, han sido nulos, por lo cual ha habido un nivel de mejoría comparativamente, sin embargo con el accidente de junio 27 las interrogantes sobre seguridad florecen.
Es casi un milagro que en ese accidente ni una sola persona perdiera la vida en medio del metal retorcido, los pesados escombros de las paredes golpeadas, el humo de los incendios provocar por la basura arrojada a las rieles, etc., etc. Y se debe felicitar a los rescatistas, bomberos, paramédicos, que según las victimas y sus videos en celular, respondieron eficiente y oportunamente.
La disputas políticas entre autoridades estatales y locales no es la respuesta para arreglar en forma rápida y efectiva los numerosos problemas del sistema de trenes de la Ciudad de Nueva York y la opinión pública tiene claro que la demagogia es parte del juego político, en el que no quiere que se involucre el tema de la seguridad por sus vidas.
La actual situación requiere una gestión más agresiva, no solo con más recursos si no ante todo con mayor planificación e inversión a futuro, con mayor profesionalismo, ética y responsabilidad, se necesitan auditorías, se necesita más profesionalismo, medidas y leyes para mantener el subway funcionando en condiciones seguras e higiénicas.
Los problemas apuntan a un mal manejo administrativo más que a la falta de fondos, que definitivamente hacen falta, pero además hace falta disciplina y profesionalismo para que los proyectos de reparación y de construcción se cumplan a tiempo, por ejemplo el tren de la segunda avenida se inauguró con mucho retraso a lo inicialmente previsto.
Túneles de más de un siglo están en riesgo de fallar porque su infraestructura interna no será capaz de soportar el número de trenes que pasan a través de ellos. El control de las estaciones está disperso o dividido y para muestra Penn Station, que está dirigida por tres agencias diferentes. Las pistas son propiedad de Amtrak, pero la MTA y New Jersey Transit operan fuera de Penn Station.
Los usuarios han soportado incrementos periódicos en las tarifas, se adaptan no sin coraje a la falta de higiene provocada por la pestilencia de los mendigos que realizan dentro de las estaciones del tren sus necesidades vitales, incluso están tratando de sobrellevar el tema de retrasos por reparaciones, no les queda de otra, pero el tema de la seguridad para la vida es fundamental.
Estamos seguros que esta es la mejor oportunidad para un cambio histórico que permita hacer del sistema de trenes subterráneos de Nueva York un motivo de orgullo de la llamada “capital del mundo”.
La economía y la seguridad de la Ciudad de Nueva York dependen de ello.



























