“La Batalla de Chile”: una cita con la historia y la libertad de expresión

Cada 11 de septiembre se reabren las heridas de la dictadura en Chile. El Golpe Militar de 1973, liderado por Augusto Pinochet, obligó a todo un país a vivir la más brutal y violenta de las historias; muertes, desapariciones, exilios, torturas, omisión, represión y censura.

En ese escenario tiránico, evidentemente también el arte sufrió un duro golpe. Artistas asesinados, silenciados, desterrados. Miles de libros quemados, música prohibida y una incipiente, pero prometedora industria cinematográfica, destruida.

No es difícil imaginar que, en plena dictadura, “La Batalla de Chile”, documental que registró como ninguna otra acción humana el lento e inexorable tránsito hacia el Golpe Militar, debió ser guardado secretamente por su director, Patricio Guzmán, para no ser destruido por el accionar cada vez más agresivo de los militares y la derecha de la época.

 

Lo que sí resulta inexplicable es que esta película, la más trascendente de la cinematografía chilena, haya debido esperar cuarenta y ocho años para que un canal de televisión abierta estuviese dispuesto a transmitirla a sus ciudadanos.

A partir de su exhibición en Francia, en 1976, el documental se convirtió en uno de los más comentados y premiados a nivel mundial, siendo proyectado durante años y por largas temporadas en cines de distintos países como Canadá, Estados Unidos, España, Alemania, Suecia y Japón, pero no en Chile.

Nunca, ni en dictadura ni en el nuevo contexto político (supuestamente democrático), algún canal chileno se atrevió a comprar la película.

Evidentemente el registro resultaba controvertido a la luz de la opresión de Pinochet, pero también, incómodo en los debates de la transición y, sorprendentemente, molesto a partir de 1989 para la élite chilena. ¿Por qué? Aún permanecían los actores de la dictadura ejerciendo su poder en el país.

La labor sistemática de Guzmán permitió retener en imágenes el masivo proceso de movilización popular durante el período y la manera en que fueron volviéndose adversas las circunstancias para el gobierno de Salvador Allende.

Ahí radica parte de su genialidad y de su contrasentido: mostrar un proceso revolucionario, pero que resulta preso del infortunio por un régimen abusivo. El documental se autodescubre y sorprende a sí mismo con los sucesos que van tejiendo la historia de un período doloroso.

poder popular.

Se convierte en un puente revelador que ofrece múltiples posibilidades de exégesis y autodefinición.

A luz del presente se logra hacer una lectura del pasado, y en esa relación se genera un punto de inflexión; lo vigente está indicando otros momentos, otras lecturas a través de una visión más holística.

Patricio Guzmán en su obra revela que los hechos son insoslayables, pero que esa parte de la historia chilena tiene muchas caras, que no es verdadera ni falsa. Es una evidencia que permite ser dialogada, analizada e interpretada.

Así como el documental abre una puerta hacia la comunicación, en torno a él se presenta una paradoja inentendible.

Treinta y dos años después del retorno a la democracia, no solamente un registro audiovisual seguía siendo reprimido de ser transmitido, sino que, además, el empresariado hasta hoy sigue teniendo el poder de intervenir en la libertad de expresión, para establecer una verdad sobre las demás.

Antes de su emisión, Carozzi, empresa de alimentos y multinacional chilena, amenazaba con retirar su publicidad de RED TV, si el canal transmitía el documental. Y así lo hizo. Ejerció su presión para censurar.

¿El problema? Los canales de televisión privados se sustentan principalmente con aportes de privados.

¿Cómo se puede entender, entonces, la recuperación de las libertades de expresión, cívicas y políticas en Chile?

“La Batalla de Chile” pone de manifiesto que las dinámicas que han movido la historia del país, desde siempre, son las mismas. Hoy, como ayer, existe manipulación e imposición de los poderes fácticos sobre los medios de comunicación contrarios a sus ideas políticas.

El poder militar, el poder de los medios y el poder político están anclados en un mismo lugar, y desde ahí se presiona al resto de la sociedad para instalar una verdad, callar otra, incluso, en algunos momentos, matar, esconder, masacrar y quemar para imponer su visión y sesgo ideológico.

Las empresas deben resguardar los intereses de los accionistas, no los ideológicos, mucho menos intervenir en otros pensamientos. No es su tarea.

Ahí reside la falta de un sistema legal en Chile que ponga límites y aplique sanciones reales y efectivas.

La censura del empresariado no es algo nuevo en “democracia”. Juan Sutil, empresario chileno, autodenominado “pro mapuche” (pero que quiere privatizar la Araucanía), retiró la publicidad de CNN Chile, porque no le gustó la cobertura que el canal hizo de los hechos del estallido social. Decía que no estaba a la altura del periodismo “correcto”.

En el 2007, TVN retiró de pantalla la serie “Epopeya”, por “razones de Estado”. El documental de Cristián Leyton, sobre los 30 años del Golpe de Estado fue censurado y debió sacar algunas partes.

Estas situaciones llevan a un derrumbe, a la falta de libertad y pluralismo de los medios de comunicación. Un tema complejo y profundo que debería generar una conversación que hasta ahora no ha existido, sobre todo si se está redactando una nueva Constitución Política.

El modelo neoliberal ha producido “libertad” para quienes absorben todo. Grandes dueños que bloquean e influyen a su arbitrio y forjan una manera de autoritarismo de una clase social, política y económica capaz de cortar, vetar y anular a quién sea.

Chile vive una democracia parcial, limitada. Una seudodemocracia. La transmisión del documental por la RED TV, es un respiro, una ayuda a que la diversidad sea un criterio para todos, no de un sistema patriarcal que decide qué ver, qué pensar y qué no.

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