
Para sobrepasar el miedo necesitamos encontrar un culpable –siempre es más fácil echar la culpa a otro que asumir nuestras responsabilidades– y el culpable se encuentra en las fotos, se encuentra bailando, se encuentra con un vaso en la mano, se encuentra sonriendo a la vida desafiando a la muerte.
Son ellos, los jóvenes, los más infectados, son ellos, los que se pueden arriesgar sin poner en riesgo sus vidas y que, sin pensarlo, ponen en peligro otras vidas.
¡Irresponsables que en su juventud desafían a la muerte!
¿Irresponsables? ¿Ellos irresponsables?
¡Cuán fácil es estigmatizar! Si nos basamos en las estadísticas, es cierto, se están infectando al respirar, se están infectando al reír, ¿a dónde vamos con esta juventud?
¿A dónde vamos?, resuena en mis oídos, ¿a dónde vamos con esta juventud que desafía a la muerte al marchar para proteger mi vida?, esta juventud que dio voz a las víctimas de la violencia policial y del racismo, esta juventud sin cuya valentía nada hubiera cambiado y hoy, gracias a ella, todo cambia.
Ponen sus pechos contra las barreras de metal del poder, ponen sus cuerpos contra los golpes de la policía, exponen sus pulmones a los gases pimienta, esos gases que quieren acallar el grito de un pueblo.
Hubo una época en que la Casa Blanca se veía amistosa, acogedora, casi como si fuera la casa de todos pese a que frente a ella se encuentra la estatua de Andrew Jackson. Quizás no eran los tiempos para sacarla. ¿No eran los tiempos? ¿acaso hay tiempos para la decencia?
Hoy la Casa Blanca parece una fortaleza, cada día se construye una nueva reja, vallas de metal para proteger la imagen del esclavista, barreras de metal para aislar aún más al gobernante, para distanciar el poder del dinero del poder del pueblo.
Pero llegará el día en que los vientos de cambio barran para siempre los muros de metal y la fortaleza pase a expresar el nuevo mundo.
Cuán fácil es culpar la irresponsabilidad juvenil olvidando el heroísmo juvenil, olvidando que son esos mismos jóvenes que paso a paso construyen el camino del cambio, esos jóvenes que voto a voto defienden a los discriminados por el color de su piel, esos jóvenes que derriban la barrera de los prejuicios, la barrera que nos separa según el lugar en que nacimos, esos jóvenes que despertaron a América de su letargo, esos jóvenes que derriban monumentos construidos a la gloria de un pasado segregacionista, vergüenza de América.
Sí, son esos jóvenes irresponsables los que ponen en peligro el estatus quo, son esos jóvenes los que ponen en peligro los cantos de triunfo de la Casa Blanca, son ellos los que muestran el fracaso del presidente.
¿Y nosotros en todo esto?
Quizás no nos levantamos con la fuerza necesaria para transformar una educación clasista para que se enseñara en los salones de clase que contra la desigualdad y la injusticia es un deber sublevarse, y ellos, los jóvenes, nos dieron una lección y se sublevaron.
Hoy, a esos jóvenes se les ofrece regresar a las universidades, se les ofrece seguridad, desinfectantes, salas a medio llenar, silla de por medio; se les ofrece alternar cursos a distancia con cursos presenciales, se les ofrece protección. Pero alguien se ha preguntado ¿qué desean ellos?, ¿qué tipo de educación desean?, ¿cómo se reflejarán sus aspiraciones, sus deseos, en los planes de estudio?, ¿regresan al pasado o al futuro? ¿habrá cambios en la forma y sobre todo en el contenido de lo que se enseña?, ¿se aceptará el desafío de los nuevos tiempos? ¿Cuál será el peso de sus voces en los hermosos, bien cuidados y floridos jardines de las universidades norteamericanas?, ¿resonará en las paredes de las aulas un vivificante: no, profesor, no estoy de acuerdo con lo que dice, yo opino que...?
El silencio se escucha en muchas universidades que incansablemente repiten, les ofrecemos máscaras, desinfectantes, sillas vacías, una de por medio, les ofrecemos seguridad.
Quizás hoy, al verlos cantar, reír, bailar, respirar, nos preguntemos si supimos darles las razones para que se cuiden, si supimos decirles: por ustedes cuídense, los necesitamos, Estados Unidos, el mundo, el presente y el futuro los necesitan; por nosotros cuídense, para el cambio todos somos necesarios.
Quizás nos olvidamos de que el respirar es parte de la vida y de que es un deber combatir a todo aquel que nos impida respirar, quizás por temor callamos enrareciendo el aire que respiramos, y ellos, los jóvenes defendieron nuestro derecho a la vida.
Tenemos tanto camino por recorrer, tantas barreras por derribar, tantas leyes que cambiar, tantas vidas que proteger, y no me refiero solamente al coronavirus, me refiero a aquellos que por siglos han construido este país a costa de sus vidas, de su futuro, de estrellar sus sueños contra la indiferencia.
Las marchas y las fiestas hacen parte de esta vida y en ambas deben cuidarse, no por protegernos a nosotros la población más susceptible de morir, por protegerse a ustedes. América los necesita, marchando, los necesita, denunciando, los necesita.
Los necesita como hoy: serios y alegres irresponsables que desafiando sus vidas luchan contra el racismo, contra la desigualdad, contra un poder que nos asfixia, que nos impide respirar, los necesitamos si es que algún día queremos regresar a la vida, la nueva vida, no la vieja, y todos juntos, esta vez verdaderamente todos juntos, nos juntemos para celebrar.
Juntos, no permitamos que nos dividan, el divisor en jefe está encerrado en su fortaleza.
* Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE). Reside en Nueva Jersey.


























