Agradezcamos a Robert E. Crimo III,
quien el 4 de julio nos mostró que se puede comprar uno, dos, tres, cuatro, cinco armas, una de ellas un fusil de asalto, y llevar a cabo un asesinato masivo —7 personas— y enviar al hospital una treintena. Agradezcamos a Robert también el mostrarnos que ninguno de los controles supuestamente eficaces para impedir la compra de armas a personas consideradas peligrosas es suficiente para detener la violencia: Robert tenía antecedentes y pese a ello, la compra fue legal. Robert tiene 21 años.
Agradezcamos a Salvador Ramos,
quien nos mostró en Uvalde, Texas, que un arma automática puede matar 19 niños y dos profesoras, mientras en los pasillos de la escuela 19 oficiales de policía, temiendo por su propia vida, esperaban sin actuar. Salvador tenía 18 años.
¿Es necesario decir que la compra fue legal?
Agradezcamos a los 8 agentes de la policía de Akron, en el estado de Ohio,
quienes dispararon con certera puntería y con sesenta disparos de 90 disparados mataron a Jayland Walker, de 25 años, quien se había dado a la fuga a pie tras ser detenido por una infracción menor de tránsito.
¿Es necesario decir que Jayland era negro y que no estaba armado?
Agradezcamos a Derek Chauvin quien presionó el cuello de George Floyd, contra el asfalto hasta causarle la muerte. Derek mostró al mundo la realidad de lo que se denomina “exceso en el uso de la fuerza”, en otras palabras, violencia policial, y lo que valía la vida de Floyd.
¿Es necesario decir que Georges Floyd era negro?
Agradezcamos al presidente, a los senadores, a los diputados, a las autoridades
quienes, consternados, horrorizados frente a una nueva masacre, el corazón roto, viajan para dar un reconfortante abrazo, acompañar a los sobrevivientes y sus familias, ofrecer y hacer un minuto de silencio, o, impotentes, guardan silencio.
Ellos, quienes tendrían el deber de poner fin a la carnicería, pero que reiteradamente nos muestran la inutilidad de sus cargos y lo vacío de sus palabras de consuelo que se repiten masacre tras masacre tras masacre tras masacre, hasta el próximo minuto de silencio, el próximo viaje para acompañar el dolor, el próximo discurso, la próxima promesa.
Agradezcamos a tantos,
aquellos que, prácticamente todas las semanas juegan con la esperanza y levantan su voz para decirnos “algo hay que hacer”, “basta”, y que como máximo aprueban una deleznable ley mientras los comerciantes de la muerte, aquellos que financian generosamente campañas políticas, se frotan las manos y estudian cómo mejorar la eficacia de esas armas, armas de guerra destinadas a matar rápido el máximo de “enemigos” y aumentar las ganancias de los señores de la guerra.
¿Es necesario recordar quiénes son las víctimas?
Agradezcamos a los jueces de la Corte Suprema,
aquellos que, al derogar Roe vs Wade nos mostraron que ningún derecho está garantizado y que los pueden quitar a su antojo.
¿Es necesario decir quiénes sufren las consecuencias?
Agradezcamos a los supremacistas blancos
aquellos del autodenominado “frente patriótico”, que, repitiendo la marcha en Filadelfia en el 2021, marcharon este año en Boston, las cabezas cubiertas, camisetas negras, pantalones caquis y escudos, y que a su paso atacaron a un activista, Charles Murray, para recordarnos que el racismo está vivo, enraizado, y golpea, a la luz pública, golpea.
A todos ellos agradezcámosles el que nos hayan mostrado que vivimos un mundo al revés, un mundo de pies cansados que, cansado de excusas, marcha a pasos acelerados hacia el pasado, a menos que, a menos que…
Y la tinta y la paciencia se agotan.
* Escritor, poeta y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.Reside en los EE. UU.


























