Hoy es el día que ayer nos preocupaba tanto

 
Karina Borodnikoff -NUEVO
 
 
 
 
Por Karina Borodnikoff
IMPACTO LATIN NEWS
 

“La muerte está siempre en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo llega parece suprimir la finitud de la vida. Lo que tanto odiamos es esa precisión terrible. Pero como no sabemos, llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo, todas las cosas ocurren sólo un cierto número de veces, en realidad muy pocas.

¿Cuántas veces más recordarás cierta tarde de tu infancia, una tarde que forma una parte tan entrañable de tu ser que ni siquiera puedes imaginar la vida sin ella? Quizá cuatro o cinco veces más. Quizás ni eso. ¿Cuántas veces más verás salir la luna llena? Quizás veinte. Y sin embargo todo parece ilimitado".

Tal como lo plantea Paul Bowles en su libro, "El cielo protector" (1949), todo parece ilimitado, pero no lo es. Y, sin embargo, es desde ese lugar que solemos hacer foco y poner en perspectiva no sólo nuestra propia vida, sino también la vida del planeta. La dificultad de enfrentarnos con la naturaleza finita de nuestro propio ciclo biológico se ha equiparado con la imposibilidad de tomar conciencia de la limitación de los recursos disponibles.

Hemos naturalizado la vida como una fuente inagotable de horas y de hechos que se suceden, y que lo harán así por siempre. Ajustamos los ciclos del planeta al devenir de nuestra propia existencia sujeta a una enajenación marcada por ritmos impropios y necesidades tan ajenas como dañinas.

Hace tiempo, demasiado tiempo, que sabemos del agotamiento de la idea de progreso que hemos mal entendido, que se enquistó en un sistema feroz que se nutre de ella y de nuestras biologías. Una idea que sostiene que la humanidad avanza hacia una civilización suprema, desde una situación inicial de primitivismo, asociado al mal, del que no se deben dejar rastros. Nos hemos condenado por una noción de progreso sujeta al avance de la técnica a cualquier precio.

Pero quién progresa realmente, por qué se continúan articulando discursos dominantes que hablan del mundo que estamos construyendo, cuando en realidad lo estamos destruyendo. Por qué no podemos parar y dejar de ser funcionales a un sistema que plantea modos de consumo contrarios a nuestras biologías y a la del planeta que habitamos. Hasta cuándo podemos pasar por alto lo que está sucediendo.

Algo, sólo una pequeña porción del daño que nos hacemos y del futuro debilitado hacia el que nos estamos dirigiendo, puede ser medido en comunicados que se expresan en formatos de alerta pero que se recepcionan como ciencia ficción.

Las Naciones Unidas aseguran que el cambio climático amenaza la seguridad sanitaria del mundo. Alertan sobre la propagación de enfermedades infecciosas como la malaria, el chikunguña, el ébola y una contaminación que provoca la muerte de 7 millones de personas por año. Explican que el tiempo se agota, que mañana es demasiado tarde, que tal vez hoy ya sea demasiado tarde. Hemos llegado a la triste e inaceptable situación de poder recurrir solo a paliativos y, aun así, no tomar conciencia.

Ni siquiera podemos legitimar tanta ignorancia argumentando que es el costo que estamos dispuestos a pagar por nuestra felicidad a corto plazo. Sabemos, y no hace falta extenderse demasiado en este punto, que este modo de vida no está asociado a nuestro bienestar en su sentido más profundo.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) alerta que cada 40 segundos una persona se quita la vida en algún lugar del mundo. Anualmente, cerca de 1 millón de personas deciden terminar con su existencia. Hacia dónde estamos yendo, sobre qué progreso y qué avances científicos estamos legitimando tanta barbarie y desolación.

Este mismo organismo internacional, uno de los más importantes, no para de emitir comunicados de alerta: “Pandemia de obesidad”, “Alerta por la epidemia de violencia”, “Alerta por la epidemia de cáncer”, “Epidemia de demencia”, ”Los muertos por hambre”, “Los niños desnutridos”. Y los etcéteras más tristes del mundo.

Un reporte elaborado por la OMS pronostica que los enfermos de cáncer se elevarán de 14 a 22 millones de casos anualmente, durante las siguientes dos décadas.

¿A dónde van los presupuestos para investigación, qué se prioriza en ciencia? Queda claro, penosamente claro, que no es la salud, ni el bienestar, sino el desarrollo de armas, la tecnología bélica, los avances científicos que son funcionales al poder político y al poder económico; enfermos, que nos enferman.

Hoy es el día que ayer nos preocupaba tanto.

 

 

 

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