¿En qué país vivimos?

En el país del "Basta", del "Nunca más", del "dolor colectivo", de la" falta de respeto por la vida humana"; el país de "Hasta la próxima, el próximo", para repetir luego el "Basta", "Nunca más", "el dolor y la indignación de un pueblo".
 
Esta vez no fue el racismo, y el racismo duele, hiere, mata, esta vez fue la ignorancia, la bestia humana investida de poder.
 
Aquellos que se suponen deben defendernos, que al detenernos por una infracción de tránsito lo hacen para preservar nuestra vida, la de otros, para recordarnos que tenemos una responsabilidad con nosotros, nuestras familias y los otros, ellos que deben generar confianza nos hacen temer, temblar cuando nos detienen, ellos que deben protegernos nos hacen temer por nuestras vidas.
 
La ignorancia, el horror, la bestia humana anda suelta, vestida de uniforme, lista para atacar.
 
Esta vez no fue el racismo, el color de la piel no importa, fue la ignorancia, el resentimiento, el sentirse poderoso, el vengar viejas ofensas, el creerse superiores con derecho a disponer de la vida de los otros.
 
No importa el color de la piel, importa el aplicar su poder, su supuesta superioridad. Tal vez el color de la piel hubiera importado, si se piensa que un color es superior a otro y frente a ello la bestia humana agacha la cabeza, hunde su cola entre las piernas permitiendo que la presa escape. Tal vez se trata de las ofensas recibidas en su infancia, en la falta de oportunidades por su condición social, el lugar en que vivieron, tal vez, hay tantos tal vez en esta sociedad.
 
50 años atrás, en Chile, se armó la bestia y esta salió a las calles a perseguir su presa, y lo juro, era más fácil sortear al teniente de inteligencia militar --al menos con ellos se entendía qué preguntaban y qué esperaban como respuesta y ello nos permitía sortear el interrogatorio. Pero la bestia ignorante, resentida, aquella que no era capaz de formular una pregunta, que basaba su superioridad en un uniforme y un arma, esa bestia irracional, ese que se sentía superior en su inferioridad, era la más peligrosa: nuestras vidas estaban en sus manos.
 
El odio, la irracionalidad no se pueden desarmar con una frase; una vez que se desata el temporal hay que esperar salir con vida, pero ni los ruegos surten efecto frente a la jauría.
 
¿En qué país vivimos? En el país de tantos muertos, tantas muertas, asesinados, asesinadas en manos de la violencia policial, en masacres con armas de guerra en manos de civiles. En el país del miedo, de la espera de que alguien haciendo sonar las sirenas y brillar las luces de su auto nos detenga, golpee la ventanilla de nuestro auto, y temblemos.
 
En el país del dolor inmenso, de las lágrimas en los ojos, del temer por la vida de nuestras hijas, nuestros hijos, en el país del "Nunca más".
 
Hay que sacar la bestia humana, la jauría, de las filas de aquellos que deben protegernos, a nosotros en primer lugar, la propiedad privada luego, esa se reemplaza.
 
Hay que sacar el temor de nuestras calles, de los autos de la policía, hay que recuperar el sentido de su tarea, la primera, preservar la vida humana, defender al indefenso, y ello en todos los cuerpos policiales del país, con reglas federales que garanticen que la ignorancia, el resentimiento, el deseo de venganza, no tenga cabida en sus filas.
 
En todas las unidades policiales a lo largo y ancho del país hay que buscar la bestia humana y arrancarla de sus filas. Esta vez no fue el racismo, o quizás fue el racismo ejercido anteriormente sobre esas bestias desatando ese deseo de vengar las ofensas recibidas, el sentirse inferiores, el saberse inferiores.
 
"Lo mataron como a un perro", dijeron, y por tanto se referían a un ser humano en el país donde hasta con los perros hubieran mostrado compasión.
 
La reforma policial no debe ser solo en mi pueblo, o en el suyo. Debe ser una y aplicable en todo el país para cambiar el país en que vivimos.
 
 * Escritor, poeta, dramaturgo y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.Reside en los EE. UU.
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