La última semana en Chile ha sido crítica respecto al Covid-19; más de 7 mil nuevos contagios y más de 100 fallecidos. La situación es dramática, de los 3.287 pacientes internados en camas críticas por Covid, 2.810 se encuentran conectados a ventilación mecánica.
Actualmente, 141 comunas de todo el país se encuentran en cuarentena total, casi sin posibilidad de desplazarse (incluida toda la región Metropolitana).
El pase de movilidad, otorgado a quienes se hayan vacunado contra el Covid- 19, hoy restringido en sus facultades, permite a las personas trasladarse solamente dentro de su comuna.
Las fronteras de Chile están cerradas para todos, o casi.
Ante el nivel descontrolado de contagios, chilenos o extranjeros residentes, si desean viajar a otro país, deben obtener una autorización. Los motivos aceptados solo son cuatro y todos considerados urgentes: realización de actividades fundamentales e imprescindibles para el país, situaciones de carácter humanitario, actividades esenciales para la salud o viajes que no consideran el retorno a Chile.
Aunque el plan “paso a paso” y las restricciones por la pandemia establecidas por el Ministerio de Salud, a estas alturas son un rotundo fracaso, en teoría plantean reglas para todos y todas, sin excepción. De acuerdo a ello, quien desee salir del país, debe acreditar el motivo y el carácter de imprescindible para solicitar y obtener un permiso.
Rodeada de dos autoridades, la senadora Jacqueline Van Rysselberghe, ex presidenta de la UDI (partido político que es parte de la coalición del gobierno), sorpresivamente (para los ciudadanos chilenos y para el Senado), se fotografía en Arabia Saudita. Está de viaje.
El aeropuerto cerrado, las comunas confinadas, los chilenos sobreestresados, los contagios y muertes no se detienen, hay incertidumbre respecto al futuro y terror de que ingrese la cepa Delta. Todos estos son problemas para Chile, no para la senadora.
Al parecer, las reglas son para otros. Para el común de las personas, no cumplirlas significa sanciones, detenciones, multas, incluso, expulsión (como es el caso de los ciudadanos venezolanos expulsados por ingresar por un paso no habilitado), sin embargo, para Van Rysselberghe, no rigen.
Fue invitada, solicitó la visa y le fue otorgada, sin poder aún justificar lo ineludible de su viaje, aún peor, no avisó ni pidió permiso al Senado. Según el Código del Trabajo, si un trabajador en Chile se ausenta de sus labores por dos días sin justificación, es motivo de despido.
Hasta ahora no están claras las razones de urgencia de su viaje, la facilidad de obtener la visa, y si pidió o no viáticos para ella y sus acompañantes.
Salir al exterior, mientras todos los demás chilenos y chilenas están llenos de prohibiciones, deja ver la ausencia de empatía y la falta de prioridad que no se comprenden.
Pero esta no es la primera situación de privilegios.
Mientras suenan como campana las restricciones para todos los demás ciudadanos, Piñera se paseaba por la playa sin mascarilla, iba a comprar vino cuando solo se podían adquirir productos de primera necesidad, o despedía a su fallecido tío Bernardino, con 11 personas adicionales entre sacerdotes, músicos y fotógrafos. Incluso abría la urna, cuando miles de chilenos debieron, por protocolos de salud, no ver nunca más a sus seres queridos.
Vidas y mundos paralelos que se van a equiparar cuando la palabra “privilegios” se transforme en “derechos”.
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