Nos transformamos en un país de copuchentos, de aquellos que todo queremos saberlo, de “necesito saberlo”, para una vez sabiéndolo poder seguir copucheando.
Es un placer, hay que reconocerlo; cuando no se tiene nada que hacer, en los tiempos del coronavirus el copuchear llena el tiempo, llena el vacío, anima las discusiones, nos sentimos vivos y con derecho a copuchear.
El copuchear no tiene reglas, salvo la de añadir algo a la copucha: escuché que dijeron que alguien había escuchado.
El presidente está infectado, la noticia en sí golpea, a fines de una campaña electoral remece el tablero. ¿Remece verdaderamente el tablero?
En julio 20, hace algo más de dos meses, escribí en Impacto Latino: “Falleció de Covid-19 la candidatura de Donald Trump”
“Lo negó hasta el último momento, rechazó –populista suicida– los salvavidas que le arrojaron: no a las máscaras, no a una política nacional coherente liderada por científicos, no a detectar los infectados para formar el necesario cordón sanitario, no a la cuarentena y trazar aquellos que pudieron ser contagiados al mismo tiempo para que no contagiaran a otros.
¡Escondan los termómetros!, encontró como solución el presidente. Si no se toma la temperatura la fiebre no existe, dijo con su habitual sabiduría, y satisfecho de su descubrimiento se infló cual pavo real.
La negación de la realidad, el deseo de todo populista de seguir en el poder, de escucharse a sí mismo, de desconfiar del hasta ayer amigo y transformarlo en enemigo, el tomar sus mentiras por verdades, el culpar al otro de sus errores sin jamás reconocerlos, lo infectaron.
El desgobierno se propagó por el país sin tener un test que lo detectara, sin que se trazara su contagio, sin que se estableciera una cuarentena moral contra la amoralidad reinante en la Casa Blanca.
Al igual que cualquier déspota ofreció la fuerza bruta como solución: envíen los federales a Portland, necesito darles una lección. Desvirtuó el pasado, ese pasado culpable de todos los males que aquejan al país, ese pasado del cual él, Donald J. Trump, es parte, ese pasado que él representa.
Los síntomas se agravaron, el racismo se agravó en sus discursos, ya no fue necesario ocultarlo, brotó de debajo de la piel, intentó imponer su supremacía, la blanca, con remedios de herrero y no de médico, calentó las armas y las sacó a relucir, utilizó las máscaras no contra el virus que asolaba al país, contra los manifestantes que cercaban su ideología, y los envolvió en nubes de gases.
El virus atacó su cerebro, bueno es un decir, digamos su cabeza, y dio la espalda a la muerte, no para proteger la vida como era su deber, sino para ocultar la muerte, para negar la desproporción gigantesca, comparada al resto del mundo, entre la población americana y el número de muertos por la pandemia: 140.000, y esos muertos planean sobre la Casa Blanca”.
Y el artículo terminaba:
“La pandemia tiene agonizando su candidatura y no hay remedio que la reviva puesto que el presidente no confía en la ciencia y menos aún en la inteligencia, para qué hablar del sentido común. Y así día tras día, muerto tras muerto, empleo perdido tras empleo perdido la pandemia nos anuncia el fallecimiento de la candidatura de Donald J. Trump.
Al menos así lo espero”. Julio 20, 2020
Hoy, octubre 4, los muertos van en 209.000 y contando, hoy el virus atacó al presidente y se encuentra hospitalizado y ello crea incertidumbre, vacío de poder, y si no vacío, debilitamiento de poder en una América ya debilitada, debilitada frente al mundo, debilitada en su interior.
La pandemia hizo aflorar lo mejor de nosotros: el ayudar al prójimo, el sentirse parte de una sociedad, el amor donde quedaba amor; hizo también aflorar lo peor de nosotros: la mezquindad, el egocentrismo, el odio, donde había resentimiento. Nos obligó a ver lo que no queríamos ver: la vergonzosa desigualdad económica, el racismo y la violencia institucionales.
El presidente fue víctima del coronavirus y, tropa de copuchentos, nos preocupamos de ¿con quién estuvo?, ¿quién lo infectó?, ¿cuándo se infectó?, ¿cómo está?, ¿será grave?, ¿cuán grave?, ¿le pusieron oxígeno? –ello indica gravedad–, ¿perderá la conciencia?, ¿deberá transferir el poder?, ¿volverá a la campaña?, ¿morirá?, ¿si muere, quién lo reemplazará en la campaña?, ¿cuál será la reacción de Biden?, ¿como cambiará su discurso para aprovechar el momento sin que parezca que se aprovecha?, dicen que le subió la fiebre, dicen que tiene dificultad para respirar, dicen que le bajó la fiebre, dicen que está respirando mejor, dicen, dijeron, el viento y las noticias dicen...
Tengo que saber, tenemos que saber, es importante que sepamos, que sepamos segundo tras segundo el desarrollo de la infección, ¿a lo mejor ocultó algo?, dice estar mejor, ¿miente?, ¿se le puede creer? “No”, gritará el coro de copuchentos, “no”, gritará el corifeo.
Cierto, tenemos que estar preocupados por las implicaciones que puede tener, hay implicaciones –y graves– seguridad nacional, entre ellas, pero no podemos dejar que el árbol oculte al bosque, que un evento oculte el desarrollo de la historia, que un episodio determine el fin de esta historia y que ese final nos deje dando vueltas en espiral y nuestros votos desaparezcan en el temido Maelstrom que arrastra a los infiernos a los navegantes.
En julio 20 escribí “Falleció de Covid-19 la candidatura de Donald Trump”, el 3 de noviembre probablemente será el sepelio, y hoy, 4 de octubre me pregunto, ¿cambiará algo en América?
Cierto, no es lo mismo sal que azúcar, pero para nosotros, el plato fuerte, ¿cambiará algo?
A mi entender, no mucho, si bajamos la guardia la desigualdad seguirá campeando por América. No se trata de la ciencia o la negación de la ciencia, se trata del acceso al producto de la ciencia, se trata del acceso a la salud para todos, no para una elite, a los remedios al alcance de la mano de todos, no solo de una elite; se trata de la alegría para todos, del avizorar un mejor futuro para todos, de poner fin al racismo en todas sus expresiones y hasta en el último rincón de nuestras mentes, el último rincón de América.
América debe poder respirar en las calles y no morir de asfixia, apretados sus cuellos en las calles. Los niños de América deben poder comer, en América se debe poder trabajar y vivir decentemente de nuestro trabajo. América debe educarse para pensar libremente, América la mojigata debe liberarse de sus prejuicios, América debe ser parte del mundo y ayudar en la búsqueda de un mundo mejor, América, como el pensamiento, no debe imponer.
Tenemos que saber, es importante que sepamos.
Sí, dijo el escritor copuchento, pero no podemos dejar que sea un solo acontecimiento, por terrible o sabroso que sea, el que oculte la realidad, el que ocupe la escena y centre la atención sobre ello.
En América reina la injusticia y debemos saber cómo terminar con ella.
El presidente está enfermo, sí, y que se mejore, no se trata de simpatía, se trata de ser humano, más humano que lo inhumano y ello hace la diferencia, ello nos define. Una vez despejada la incertidumbre frente a la salud del presidente, volvamos a lo importante, el futuro que queremos para América, los pasos a dar para construir ese futuro, las medidas a tomar para no reconstruir un pasado del que deberíamos avergonzarnos, un pasado de injusticia y desigualdad, un pasado de indiferencia que permitió llegar adonde estamos, y ello no se acaba el 3 de noviembre.
El juicio sobre responsabilidades se lo dejo a la historia.
¿Para cuándo?, preguntó el copuchento frente al espejo.


























