
Alice, una adolescente de 14 años me cuenta esta historia: "Un maestro me señaló y dijo: 'Hey, chica asiática. ¿Qué es la densidad de la población?' Me bloqueó al llamarme 'chica asiática'. Después de responderle 'no sé', en voz baja, el profesor soltó: 'Bueno, no encajas en el estereotipo'. Luego, pasó al chico sentado a mi izquierda y le dijo: 'Tú, muchacho indio.
¿Qué es la densidad de la población?'. No estoy segura de cómo se sintió mi compañero, pero yo estaba sentada con la boca abierta y ruborizada. El maestro aseguró entonces que el otro alumno tampoco encajaba con el estereotipo. 'No se ajustan a los estereotipos. No son inteligentes'".
Esta anécdota es quizás la menos alarmante y, sin embargo, una muy abusiva dentro de una serie de ataques por motivos raciales contra niños en o cerca de Pearland (Texas), un suburbio de una de las ciudades más diversas de Estados Unidos, Houston.
Esta primavera, protestamos por incidentes de intolerancia racial (y religiosa) que resultaron en una acción correctiva rápida sobre el código de vestimenta del distrito y una demanda federal de derechos civiles. Por eso, fue una profunda ironía que mi hija Alice se convirtiera en la protagonista del relato anterior. Casi al mismo tiempo, un niño en un distrito escolar vecino del condado fue atraído al patio trasero por dos niños blancos que llevaban machetes y decían que "iban a matar al n****".
El Distrito Escolar Independiente de Pearland está ubicado en un suburbio de rápido crecimiento de Houston. Como distrito que tiene 21.500 estudiantes, con un 35 % de latinxs, 15 % afroamericanos y 11 % asiáticoamericanos, debería ser un faro de inclusión. En cambio, refleja un clima tóxico de intolerancia que pone en peligro la salud y el bienestar de una comunidad estudiantil diversa. El cambio demográfico en nuestra ciudad, así como el movimiento para resistirlo, son representativos de lo que vemos desmoronándose en el país.
La Academia Estadounidense de Pediatría (AAP) publicó recientemente el estudio "El racismo y su impacto en la salud de niños y adolescentes", con recomendaciones sobre estrategias para disminuir el impacto del racismo en esas edades. Este grupo de 67.000 pediatras indicó que los niños experimentan racismo no solo de las personas sino también de los entornos en que viven y aprenden.
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La forma en que están empoderados (o no) para ejercer sus derechos en esos entornos puede tener un lugar destacado en el daño estructural racializado, lo que afecta muchas medidas de salud específicas. El mecanismo es a través de la exposición crónica a las hormonas del estrés cuando los niños no solo son el objetivo, sino que son testigos o cómplices del racismo en el mundo que los rodea.
Esto puede tener un impacto profundo y duradero sobre la salud fisiológica (enfermedad cardiovascular) y la salud mental, así como alterar profundamente las oportunidades para los niños, ya que las hormonas del estrés transforman literalmente los circuitos cerebrales, lo que resulta en habilidades de adaptación desadaptativas y un manejo deficiente del estrés.
La AAP afirma inequívocamente que los médicos deben "abogar por políticas que promuevan la justicia social e involucrar a los líderes en sus comunidades para reducir las disparidades de salud". Con eso en mente, más de 1.000 médicos a nivel nacional se han pronunciado en contra de una cultura que amenaza la seguridad de los estudiantes, exigiendo que el distrito de Pearland comparta la capacitación actual de Diversidad e Inclusión para los empleados del distrito con el público en general y participe en un diálogo comunitario sobre cómo remediar las deficiencias.
Dona Kim Murphey es doctora en Neurociencia por la Colegio de Medicina de Baylor y fundadora de la organización por la igualdad social Pantusit Republic, con sede en Houston.
(Las Tribunas expresan la opinión de los autores, sin que EFE comparta necesariamente sus puntos de vista). EFE



























