El mayor de los damnificados

PATRICIO HARO AYERVE

 

 

Por Patricio Haro Ayerve

 

Hasta poco antes de las siete de la noche del 16 de abril él era “el mayor tesoro”, “el más simpático”, el “milagrero" que convirtió a la banana republic en un jaguar latinoamericano y el que con su sapiencia mantenía al felino fuera de la gran crisis,  libre de la corrupción rampante que exigía el 35% de coima en los contratos con el Estado, con una administración económica de hechos reales para contradecir las proyecciones del FMI del decrecimiento del -4.5% “que no le atina”; por esto y más, las mejores universidades del mundo competían por entregarle doctorados Honoris Causa, pues era el gobernante más exitoso y popular del mundo.

Diez años atrás, por voluntad y para suerte de los trogloditas que merodeaban el yermo paraje ecuatorial, él asumió su liderazgo y les convirtió en la sociedad más próspera y feliz del planeta; de la nada les dotó de infraestructura que no conocían: carreteras, hospitales, instituciones educativas, y al decir hágase la luz, la luz se hizo con centrales hidroeléctricas que reemplazaron las antorchas, con su discurso inventó la justicia y la libertad, y como vio que lo hecho era bueno lo llamó paraíso, el sitio más seguro y próspero del mundo en donde no se conocía el hambre ni la pobreza, pues solo había riqueza, abundancia y enormes oportunidades, hasta que llegó lo impredecible.

El 16 de abril, minutos antes de las siete de la noche, empezó la tragedia del simpático milagrero: un terremoto de 7.8 grados Richter, asoló gran parte del paraíso que él, en su magnanimidad y poder jamás hubiera concebido. No se encontraba ahí porque el resto del mundo, como es menester y frecuente, había requerido su sabiduría y bondad, esta vez, en el conclave del Vaticano, donde él escupiendo al cielo, sentenció: “Aquí se ha hablado de la importancia de la sociedad civil en la sociedad, yo les digo: hay que tener mucho cuidado con aquello”.

Al enterarse del sismo se comunicó con sus prosélitos para darles fe y vía twitter les dijo: “Lo más pronto que podemos regresar en 10h00 hora de Roma, 3h00 hora de Ecuador. Llegaremos en la tarde. ¡Ánimo!”.  Para su frustración recibió esta respuesta por la misma vía: “Quédese no más que ya con un desastre tenemos suficiente”. Las redes sociales se convirtieron en el canal por el que se expresaba la indignación popular ante la incapacidad oficial, que fue reemplazada con la enorme solidaridad y eficiencia de la sociedad civil durante los primeros y más críticos momentos de la tragedia. La sociedad civil, denostada apenas horas antes, fue la que asumió el rol que le correspondía al Estado, cuyos administradores festinaron los “fonditos” que los “cavernarios” juntaron antes de la creación del paraíso para atender cualquier emergencia.

La falta de atención, los desplazamientos innecesarios del sequito de guardaespaldas y lambiscones al lugar de la tragedia, la ausencia de los organismos previstos para la atención de riegos, la desconfianza en la administración por la ayuda recibida, la absoluta improvisación y la invisibilidad de la cónyuge llevaron a la sociedad civil a elevar su protesta, ante la cual él, descompuesto y arrebatado, como nunca antes, insultó, amenazó con cárcel y agredió de palabra a quienes le pedían ayuda para luego azotar con tributos a quienes fueron solidarios.

Con el terremoto se vino abajo todo y ni la Pame podrá recoger los escombros que sepultaron al mayor de los damnificados.

 

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