El conflicto israelí-palestino: punto de inflexión

Siempre hay un punto en el cual una situación abusiva explota, dicho de otra manera, es la gota que rebasa el vaso, esa frágil frontera que hace que ya no se pueda soportar más, continuar aceptando esa situación.

Ese frágil punto que hace que la mujer abusada diga “no más” y abandone al abusador. Ese misterioso punto en el cual la población de color víctima de la violencia policial diga basta, “nuestra vida también cuenta”.

Hace poco tiempo, en los Estados Unidos, el asesinato de Georges Floyd marcó ese punto tras el cual no hay vuelta atrás, “Black Lives Matter”.

Ese punto que hace que en Latinoamérica la gente salga a las calles y se enfrente a los represores para hacer valer sus derechos, como en Colombia, tras el intento por parte del gobierno de aplicar unos impuestos a una población ya empobrecida, a una población en la cual los líderes sindicales, los líderes sociales son asesinados en completa impunidad.

Ese punto que en Chile hace que se salga a las calles para exigir una nueva constitución, una que garantice una nueva sociedad, más justa, más igualitaria, una que reconozca los valores de la población indígena de todas, todos y todas.

Pero seamos claros, ese punto que provoca una explosión inesperada no es el producto de un momento, no es esa gota la que hace que se explote. La situación viene de antes, se ha ido gestando paso a paso, día a día, año tras año.

Ese punto impredecible en todos los casos se construyó sobre el dolor, sobre la indiferencia de algunos gobernantes, sobre los intereses de una clase dominante, sobre la brutalidad del abusador, sobre el silencio culpable de la mayoría, sobre una política de complacencia que se arrastra y se da visos de legitimidad desfigurando la realidad.

La política de los Estados Unidos con respecto a Israel ha sido monolítica, manifiestamente unilateral, apoyo irrestricto desconociendo los derechos de los palestinos.

Cierto, a veces con suaves y vagas declaraciones sobre la necesidad de un Estado palestino, incumplidas declaraciones pidiendo la restitución de los territorios ocupados, de que no se construyan nuevos asentamientos en territorio palestino, una como otra forma de anexión que establece un muro de colonos entre las dos poblaciones.

El punto de inflexión, la gota que rebasó el vaso hace siete días, fue la provocación de la policía israelí durante el Ramadán impidiendo a los musulmanes palestinos el reunirse a orar en la mezquita de Al-Aqsa, lugar sagrado junto a la Meca y Medina.

Un lugar sagrado profanado, un símbolo de un pueblo, de una civilización pisoteado. Impedir algo tan simple como el orar significa que la oración no tiene el mismo valor para unos que para otros, la oración puede ser un signo de reivindicación. ¡Cuántos templos se destruyeron en Latinoamérica para marcar el dominio de la nueva religión, para someter a un pueblo!

A ello sigue lo conocido, la técnica de la provocación utilizada en el mundo entero, desalojo, gases, apaleo.

Manifestaciones, exaltación de colonos extremistas en Israel, respuesta de Hamás en Palestina, contrarrespuesta del ejército israelí, misiles van, misiles vienen, unos matan otros producen miedo.

Seis días, cábala maldita, seis días en que parte del mundo miró sus pies, sus intereses, sus aliados económicos, los que imponen una política de desigualdad en el análisis.
Que Israel tiene derecho a existir en paz, cierto y hay que garantizarlo.

Que el pueblo palestino tiene derecho a vivir en paz y en su propio estado, cierto y hay que lograrlo.

Que Naciones Unidas debe pedir el ceso de hostilidades, cierto y hay que exigirlo, exigirlo y lograrlo.

Hay que pedir que se respeten las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas con respecto al conflicto palestino-israelí, entre ellas la 242 del 22 de noviembre de 1967 que “exige la instauración de una paz justa y perdurable en el medio oriente” la que pasa por la retirada del ejército israelí de los territorios ocupados durante la guerra de los seis días, y por el reconocimiento de la soberanía e integridad territorial de cada estado de la región al abrigo de amenazas y actos de fuerza.

Que se cumpla con la resolución 446 del 22 de marzo del 79 que pide se termine con la política de asentamientos en los territorios ocupados y se respete la convención de Ginebra en lo que respecta a la protección de la población civil en tiempos de guerra.

Hoy, en la escalada del conflicto, 181 civiles, entre ellos 36 mujeres y 52 niños, mueren bajo los escombros en Gaza; 10 civiles, entre ellos dos niños, mueren en Israel alcanzados por los misiles lanzados por Hamás.

Hay que lograr que los Estados Unidos cambie su política unilateral. Trump apoyó incondicionalmente a Netanyahu, Biden no debe hacerlo, debe ser hombre de paz, pero para ser hombre de paz es necesario exigir justicia para los dos pueblos, el derecho de vivir en paz es universal, no patrimonio israelí. En ambos lados hay gente de paz, es su deber señor presidente, encontrarlos, escucharlos y darles la palabra.

El punto de inflexión fue una estúpida provocación, pero una provocación muy bien estudiada para desatar un enfrentamiento cuyas proporciones son insospechables.

Hoy debemos actuar. Lo primero, hacer la presión necesaria para parar la agresión en ambos lados, reconocer el derecho de ambos pueblos, no solo el de los israelíes, y bajo esta premisa lograr que se establezca un diálogo entre ambas partes y quizás, solamente quizás, ambas partes puedan un día orar en paz y descansar en paz el séptimo día.

Mientras tanto el templo contra la injusticia es la calle, y del cielo lo que llueve son las llamas del infierno.

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