
Pero si los cubanos americanos, particularmente los viejos cubanos que no pasan a los que llegaron por el Mariel (los marielitos).
Y tampoco pasan a los que llegaron después (‘pro-comunistas’, dizque). Y que, en general, solo pasan o aceptan a los que llegaron en los albores de la revolución castrista y tienen alcurnia ‘x’ o ‘z’.
Los riquillos sean de la Cochinchina o de la Atlántida, Cuba o Estados Unidos, piensan lo mismo. Si estos dejaran de lado esa prédica y ‘come-mier-dería’, como diría Alvarez Guedes, Trump, póngale la firma, terminaría arrodillado ante la monolítica fuerza latina de Florida.
Es que en cuestiones de dólares más o dólares menos, los ricos, ya casi en extinción por razones de edad (ciento de ellos ya han pasado a mejor vida vía la funeraria Morgado de Union City, NJ), se aferran a vivencias que ya no existen.
Es el caso que a algunos que quedan no les interesa que China sea de equis o zeta ideología (inclusive marxista-leninista, pero “que no sea Cuba”), porque para el “shopping” son los primeros en la lista de vuelos de las aerolíneas que vuelan a Beijín (Pekín).
Ese puñado, es el que todavía se aferra a duras penas en apoyar a Donald Trump. Son pocos, pero son, como diría el vate Cesar Vallejo, pero son los menos. Porque muchos de sus hijos, nietos y biznietos, son lo que ya están tomando las nuevas riendas y, esperamos, con un sentido realista y casi patriótico por la patria latina dentro de Estados Unidos.
Porque hoy Trump les ha dado un puntapié a sus intereses donde más duele simbólicamente, detrás de la pelvis.
Ya casi acaba el 2017 y los cubanos inmigrantes están como miles de centroamericanos o haitianos, deambulando en México.


























