
En cada elección en los Estados Unidos, y sobre todo en las presidenciales, surge la gran sospecha, ¿quién está detrás de ellas?, ¿qué intereses se esconden tras cada candidato?, ¿a cuál manipulan, y si este o esta se prestan a la manipulación?,¿cómo separar la paja del trigo en las noticias?, los medios de comunicación social, hasta ayer una herramienta de expresión ciudadana, ¿se pueden comprar?, ¿quién conspira?, puesto que conspiración existe.
En el terreno de las conspiraciones, usted, si es que ya ha votado en una elección local conoce la respuesta: entrego un área verde a cambio de una casa o un apartamento, permito una torre transmisora a cambio de alguna prebenda, acuerdo un permiso de construcción a cambio de... Analice la elección en su entorno, de una elección local, a la de un representante estatal en la cámara y vea qué intereses representa. ¿Sus intereses?, ¿mis intereses?
Ni sus intereses ni mis intereses, quien está detrás, ¡escondido en las sombras manipulando es... ¡Bingo! Usted lo sabe y no cometeré la insolencia de insultar su inteligencia repitiéndoselo.
Ello es igual en las presidenciales en los Estados Unidos, salvo que aquí, para los conspiradores, el premio es el más codiciado a nivel mundial.
Rusia, por supuesto intervino antes, interviene hoy e intervendrá mañana. La carne es muy débil y la corrupción y el premio muy grandes.
Rusia apoya a Trump, lógico, no por aquello de que entre gitanos no se leen la suerte, sino porque tener al señor Corales dirigiendo el circo debilita la presencia de Estados Unidos.
Rusia apoya a Bernie, realmente ¿apoya a Bernie? No nos tomen por ingenuos, Bernie habla de democracia, y hablar de democracia con Putin es como hablar de respeto a las mujeres con Trump.

No, el supuesto apoyo de Rusia a Bernie significa que está apoyando a Trump, puesto que, para Trump, supuestamente, es más fácil derrotar a Bernie que a otro candidato o candidata.
En realidad, apoya para sembrar la duda, para debilitar a Bernie, para apoyar a otro.
Puede significar que con ese apoyo envenenado lo está empujando al precipicio y el mensaje esté dirigido a los otros candidatos, otras candidatas demócratas, señalando:
Bernie es el tío al que tienen que derrotar.
Rusia ya intervino, sembró la duda, la duda en las instituciones, la duda en la rectitud del establishment demócrata, la duda en lo democrático de las elecciones. De aquí en adelante se lavará las manos, Putin Pilatos, ayer como hoy.
La conspiración de la lógica maquiavélica: si mis enemigos se destruyen entre ellos, yo soy el ganador.
Si Bernie va adelante en las encuestas hay que apoyar a, Elizabeth, la candidata progresista, ella le puede restar parte de su base, cortarle el vuelo y derretir las alas de Ícaro.
Si es Elizabeth la que surge en las encuestas, hay que apoyar a Bernie, él es el único que puede restarle parte del electorado a la candidata progresista.
Y por supuesto, una vez que ambos hayan caído en su vuelo, que no alcancen los delegados necesarios para ser nominados en la Convención Demócrata, derrotarlos con el as bajo la manga del establishment demócrata, los superdelegados.
Si Bloomberg se deja atacar por Warren en un debate, sin defenderse, puede ser por lo que no tiene defensa, dicho sea de paso, poca defensa tiene, o en una teoría de conspiraciones, una en la cual todo se calcula, piensa, “si Elizabeth sube, quien pierde votos no soy yo, es Bernie, y a la larga yo soy el ganador.
De todas formas, venga quien venga, gane quien gane podré comprar mi camino con los votos necesarios para impedir que gane en la primera vuelta y llegar a una convención fracturada, y en la segunda votación, en terreno seguro, donde los votos de Mary,
Pedro, Tanisha o Chang no cuentan, mi dinero me garantiza que el establishment se doblegará a mis deseos y billetera”.
“Si Bloomberg cae, quien gana soy yo”, nos dice Biden, dispuesto a darse un festín con los restos de ciervos y gacelas, ingenuas criaturas caídas bajo las garras del conspirador, y al inclinarse el candidato a recoger los despojos, siente, deslizándose por su espalda, un par de afiladas garras.
Los conspiradores analizan los otros, otras candidatas, y se dicen “hay que preparar nuestras billeteras para el futuro, por el momento hay que invertir en ellos cual promisorias acciones en el mercado presidencial”.
Y así regresamos a los primeros conspiradores, aquellos que han estado presentes en las
elecciones locales, en las estatales, y que asechan las presidenciales, el premio mayor para sus intereses.
¿Quiénes son?
Los de las casas de mármol, oro y cristal, los de los yates de lujo y jet privados para evitar mezclarse con la chusma, los vendedores de sueños y baratijas cual lo hiciera Cristóbal al descubrir América.
Algunos candidatos, ingenuos ellos, honestos ellos, se dijeron, “dejemos el gran capital fuera de la política”, otros, desde el comienzo se dijeron, “atraigamos a nuestra causa al gran capital, el factor determinante en la vida política”.
A medida que se desarrolla la campaña, el dinero, el primer conspirador avanza, paso a paso, millón a millón y los candidatos comienzan a sucumbir, “si no lo tenemos a nuestro lado no podemos continuar, no podemos hacer oír nuestra voz”, y al año, tras sus honestas declaraciones del comienzo, empiezan a aceptar a aquellos que, con gran entereza rechazaron, los billonarios, los billonarios disfrazados de superpacks para que no se sonrojen al recibir los fondos.
Uno tras otro, una tras otra, entran al supermercado presidencial y ocupan su puesto en los escaparates mientras los dueños del capital ordenan a sus empleados, a aquellos que
distribuyen los productos, dónde ponerlos: si al alcance del público en la parte superior o
esconderlos en la parte inferior de las estanterías donde están los mejores productos, pero a bajos precios, allá, al fondo, allá, donde la democracia no cuenta. Eso dicen las reglas del mercado.
Eso dicen las reglas de la Convención, aquellas que todos firmaron: si no se alcanza el número mágico, si se llega a una convención fracturada, los superdelegados deciden, eso es democracia.
¿Eso es la democracia? Esa es la democracia en Rusia, en China, en Venezuela, en Nicaragua, el Partido o el hombre en el poder decide; esa es la democracia que hizo que en Estados Unidos no tengamos una primera mujer presidenta pese a haber ganado el voto popular.
¿Y si cambiáramos las reglas del mercado y que fuera el voto, tu voto, mi voto, el que decidiera? Y con orgullo podamos decir, ¡voté, y ese voto cuenta!
Como soy conspirador y desconfiado, votaré y llamo a votar para ganar en la primera vuelta y que no puedan ... en nuestro voto.


























