Cuando lo normal es tan diferente que es inmoral regresar a lo normal

latinos
Si soy negro o latino y un policía me para mientras conduzco mi viejo carro, lo normal es que el agente no me sonría, me exija los papeles y quizás, quizás me haga salir del carro.

Si tengo un excelente seguro médico y me siento mal lo normal es que vaya al médico, o al especialista.

Si no tengo seguro médico, lo normal es que vaya a la farmacia y compre un remedio no muy caro para controlar lo que sospecho tengo.

Si me para un policía mientras conduzco mi Porche, o Lexus, o Mercedes último modelo, lo normal es que me sonría, que yo le sonría, y que con gran educación me diga si cometí una falta, y como máximo, me extienda un parte que mi amigo el juez borrará entre risas.

Si soy negro o latino y un policía me para mientras conduzco mi viejo carro, lo normal es que el agente no me sonría, me exija los papeles y quizás, quizás me haga salir del carro, me revise, se violente y termine sea en el suelo, sea detenido por resistir a la autoridad. Si tengo suerte, más suerte que miles que terminan en la morgue.

Si sufro violencia doméstica en mi departamento de lujo, lo normal es que calle, que los vecinos callen, entre nosotros no existe tal violencia, y termino maquillándome para tapar los moretones si es que la bestia no ha aprendido que no se pega donde se pueda ver.

Si sufro violencia doméstica en mi pequeño y abarrotado departamento social y a alguien se le ocurre llamar a la policía, lo normal es que haya un arresto violento que provocará más violencia o si no tengo suerte esa violencia me alcanzará como llapa.

Al llegar a fin de mes, si es que pertenezco al 1%, 5% o 10% de los dueños de la fortuna, lo normal es que no chequee mi cuenta de banco y lo más probable, es que reciba un informe de mi ... de finanzas sobre el estado de mis acciones.

Si pertenezco a los del salario mínimo, o el 30, 40 o 50% de los de abajo, lo más probable es que termine angustiado en la cocina revisando las cuentas y decidiendo a quién pago primero y a quien quedaré debiendo.

Si los tiempos son malos y mi empresa, o cadena de negocios va a la quiebra, lo haré como corresponde a un caballero, capítulo 11, que me permitirá conservar mis bienes y presentar un plan de reestructuración para disminuir los gastos (yo, en otras palabras quedaré cesante) y regresar riendo al mercado.

Si no puedo pagar mis tarjetas de crédito, mis préstamos de estudiante y voy a la quiebra, será bajo el capítulo 7, y frente a un juez en una sala llena de otros infelices como yo, me dará un sermón, me hará enumerar los bienes que puedo vender para pagar a mis acreedores. ¿Los bienes?, ¿qué bienes? si voy a la quiebra porque ya no tengo para comer.

Si pago impuestos y pertenezco a las familias de poder, será justo, proporcionalmente inverso a mis ganancias y los pagaré con gusto para que el Estado me proteja.

Si pago impuesto y soy de los de abajo, mis impuestos significarán quitarme el pan de la boca, de la mía y de la de mis hijos, y los pagaré a regañadientes puesto que van para defender al millonario, limpiar sus calles, pagar su policía, entregarles más áreas verdes. Para mí, si tengo suerte, otro parque de betón para que jueguen mis hijos.

Si las escuelas y universidades vuelven a abrirse, lo normal es que si pertenezco a las esferas del poder del dinero mis hijos reciban la educación de calidad que merecen por ser quienes son y provenir de donde vienen.

Si las escuelas públicas de mi barrio se reabren, lo normal es que mis hijos regresen para recibir una mala educación para aprender a, con buena educación, obedecer sin reclamar.

Si tras la pandemia mi ciudad se abre, y me llaman a volver a la normalidad, los mando al diablo y sigo marchando hasta lograr una nueva normalidad.

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