Cuando las masacres se repiten

Golpeado por la masacre en Boulder, Colorado –¿o fue en Atlanta? –, pensé escribir un artículo de opinión. Revisando mis notas me dije: pero si ya lo he escrito, lo he escrito tatas veces que me pregunto si vale la pena escribirlo de nuevo.

Podría añadir, dado que vivimos tiempos de pandemia: regresamos a la normalidad, y lo que debía ser una línea de esperanza se transforma en un triste grito de horror.

Podría comenzar diciendo: “nunca más”, pero he escuchado ese “nunca más” tantas veces que carece de sentido.

Podría preguntarme: ¿por qué?, ¿Cuáles son las razones que nos conducen a una nueva masacre?, pero nos lo hemos preguntado tantas veces que la respuesta pierde todo sentido.

Podría, para consolarme decir: estamos al comienzo de la investigación y esa respuesta aún no la conocemos, pero ha pasado tanto tiempo desde la primera masacre que pareciera que no hay respuesta.

Podría decir: la Cámara y el Senado deben discutir de inmediato sobre el control de las armas, sobre cómo sacar las armas de guerra de las calles de Estados Unidos, de las manos de civiles, pero se ha discutido tantas veces, que las palabras parecen discursos vacíos de contenido.

Una vez más escucharemos que cualquier intento de controlar las armas es un atentado a nuestro sagrado y constitucional derecho a portar armas y lo defenderemos a muerte. Sagrado derecho a portar armas, no derecho a la vida.

Una vez más escucharemos a las autoridades diciendo, lo prometemos haremos justicia, investigaremos y todo el peso de la ley será aplicado. Triste consuelo para las víctimas. En sus tumbas podríamos leer “nos hicieron justicia, gracias”.

Podría escribir: “nunca los olvidaremos”, nunca los olvidaremos hasta que en la próxima masacre cambiemos los nombres y olvidemos los de la masacre anterior, son tantos que la memoria no alcanza.

Podría escribir: “nuestros pensamientos y oraciones están con ustedes”, “el país está con ustedes”. Podría escribirlo, pero lo he escuchado tantas veces que da rabia. No queremos compasión y bellas palabras, queremos que se haga algo para impedir la próxima masacre.

Podría escribir: “no puedo imaginar el dolor de las familias y amigos de las víctimas” así como no puedo imaginar el dolor de los cientos de miles muertos por la pandemia, ¡es tanto el dolor!

Podría buscar las razones de una masacre en el racismo, en la pobreza, o por el descontrol mental causado por la pandemia, o la falta de apoyo a quienes sufren trastornos mentales, pero ello sería olvidar que el sistema de salud es débil, selectivo y no cumple su función.

Podría preguntarme: en el regreso a la normalidad, ¿aparecerán los que intenten emularlo?, ¿desencadenará una respuesta ciega que desate los fantasmas de otros asesinos?, el fantasma del terrorismo, nacional o internacional recorrerá las mentes, la violencia gratuita regresará en las pesadillas, el fantasma del fanatismo político o religioso regresará a nuestras mentes.

Podría escribir: algunos se aprovecharán para avanzar una agenda política, levantarán la bandera de “el peligro del otro”, del foráneo que vive entre nosotros.

Podría escribir: hay que cuidar las palabras, podríamos desencadenar el miedo en un segmento de la población, y en este año todos hemos experimentado en carne propia lo que significa vivir con miedo.

Podría escribir: los portavoces de la industria armamentista se aprovecharán de un nombre para justificar la venta de armamento de guerra echando así leña al fuego del odio racial con la fuerza brutal de una bala de guerra, esa que no deja heridos, que en un instante mata el cuerpo. Las otras, las del odio racial, asesinan día a día la vida de una persona.

Adelantándome a la repetición de los hechos podría escribir: ¿Quiénes serán las víctimas de mañana?, ¿los conozco?, ¿son estadísticas?, ¿son el regreso a la normalidad?

O comenzar con un “nunca más”, o preguntarme: “¿vale la pena?, o más terrible aún, callar y aceptar que esto es lo “normal”.

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