Con todo respeto, señor presidente

Se equivoca, señor presidente, en pintar como un éxito la retirada de Afganistán. Todo el mundo estaba observando lo caótico de esa retirada y esas imágenes serán parte de la memoria colectiva de los Estados Unidos acompáñese de la fanfarria que se acompañe.

Un final caótico, el fracaso de una guerra de veinte años, miles de muertos, miles de heridos, trillones de dólares gastados inútilmente, dinero de los contribuyentes, dinero que pudo ser utilizado para un combate mil veces más digno: acceso universal a la salud, educación, alojamiento digno, creación de empleos dignos.

Donde no se equivoca, señor presidente, es en haber tenido el coraje de poner fin a la guerra más larga en la historia de los Estados Unidos; había que salir, hubo que salir años ha, nunca se debió ir, señor presidente, y ello no es responsabilidad suya.

Tiene razón, señor presidente, en decir que esto debe ser el fin de una política exterior que intenta, con arrogancia, imponer un modo de pensar a otros, un concepto de democracia a otros, una civilización a otros.

Se equivoca, señor presidente, en decir hay que cambiar esa política llevada a cabo en los últimos veinte años, eso es tener la memoria corta, olvidar que durante años intentaron imponer su modo de vida a otros pueblos, a veces con desembarco de tropas, a veces con la acción solapada de sus servicios de inteligencia.

Se olvida de los muertos en América Central, se olvida de los muertos en Vietnam, en Corea, de los muertos en manos de las dictaduras en Latinoamérica.

Se olvida, señor presidente, de un 11 de septiembre del año 1973, en que con el apoyo de la CIA derrocaron el gobierno legítimo de Salvador Allende, de los miles de muertos durante la dictadura de Pinochet, de los miles de torturados, aquellos que sobrevivimos pero que hasta el día de hoy nos despertamos gritando y sudando frío. Sí, señor presidente, la historia tiene dos lados, las víctimas están en dos lados, la memoria histórica tiene dos caras.

Tiene razón, señor presidente, los tiempos han cambiado y no se debe, moralmente no se debe, intentar imponer un punto de vista, construir en contra de los deseos y derechos de un pueblo, pero se equivoca si habla de los últimos 20 años negando la historia, ello puede permitir que la historia se repita.

Finalmente, señor presidente, no se trata de cambiar la política exterior de los Estados Unidos, ello no basta, se trata de cambiar la forma de pensar, se trata de terminar con la arrogancia del que se cree poseedor de la verdad, se trata de terminar con intentar aplicar un modelo a nombre del cual tantas injusticias se han cometido, se trata no de mirar hacia afuera cuando hay que mirarse al espejo.

Se le reconoce, señor presidente, la valentía de haber terminado la guerra, pero ahora: zapatero a tus zapatos, a terminar con las injusticias en casa, a terminar con el acceso desigual a la educación, a asistencia médica agravada en tiempos de pandemia, a lograr salarios dignos, un techo digno, a terminar con el racismo y la discriminación que corroen el alma de América, a arrancar las armas de guerra de manos de civiles, a defender al indefenso, a lograr una justicia igual para todos y no a favor de los poderosos, a garantizar los derechos de las mujeres, de la comunidad LGBTIQ+, a garantizar la igualdad de salario por el mismo trabajo, en fin, a respetar fuera de las fronteras y al interior de las fronteras al que piensa diferente, estamos hablando de derechos humanos, señor presidente.

Y cuando la historia le pregunte, señor presidente, ¿en qué fallamos?, quizás la respuesta esté en nuestra arrogancia y en creernos dueños del mundo. Afortunadamente, como usted dice, el mundo está cambiando.

Finalmente, pensando en las mujeres y niñas de Afganistán, pensando en los que quedaron atrás, esperemos que los talibanes hayan cambiado.

* Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE. UU.

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