Escuché el anuncio oficial a su candidatura a reelección como presidente para el 2024. La esperaba, y me preguntaba qué de nuevo habría.
Sin embargo, anunció lo ya sabido. Durante meses intentó crear suspenso, ''no estoy listo, tengo que consultarlo con mi familia, no estoy preparado para anunciarlo'', hasta el día que: redoble de tambores, luces sobre el escenario, parió lo ya de todos conocido, ¡plof!; igual que en una obra de teatro en la que el suspenso sostenido, en vez de llevar a un final inesperado, entrega un parlamento reescrito desilusionando al espectador, haciendo que frustrado abandone la sala y no regrese.
La hora en que se lanzó el anuncio me sorprendió: las primeras horas del día. Cierto, dice el refrán "a quien madruga dios lo ayuda", pero se refiere, señor presidente-candidato, a actuar, no a anunciar; casi podría interpretarse como un intento de agarrarnos dormidos.
Un anuncio recalentado; se repite una fórmula en la cual la vicepresidenta, durante sus dos primeros años, ha brillado por su ausencia. Necesitamos escuchar su voz, no solamente verla como sacristán tocando la campanilla. Si consideramos su avanzada edad es fundamental saber más sobre el papel que ella jugará, no por lo que usted vaya a morir, y espero que no, sino por lo que necesitará de alguien más joven que participe en la dirección del país con la fuerza necesaria e imprima su sello para erradicar de nuestra mente el fantasma de su avanzada edad. Lo sé, es feo hablar de ello, pero seamos realistas, somos humanos y de todos es sabido que el paso de los años nos pasa la cuenta, y aunque cueste reconocerlo, lo sé por experiencia propia, hay que aceptarlo.
"Freedom", la libertad no está en peligro, señor presidente, al menos como usted pretende presentarlo; la batalla por la conducción del país no se puede presentar como una batalla contra los grupos extremistas, no se puede presentar como la necesidad de revivir el pasado y centrarla en el contrincante deseado por los extremistas.
Ello es intentar limitar nuestro derecho a elegir, es limitar la posibilidad de que otras u otros candidatos levanten cabeza y propuestas.
Es peligroso comenzar mostrando imágenes de la violencia un 6 de enero, del intento de una minoría de asaltar las instituciones democráticas, intento del golpe. Habría que preguntarse por qué llegamos allí, cuál es la causa de esa violencia, cómo se llegó a exacerbar el racismo, el odio, cómo se llegó a poner en manos de esos grupos un armamento de guerra, el mismo que está en manos de la delincuencia, puesto que la violencia en América no se reduce a un 6 de enero, está en las calles, en las escuelas, en las masacres repetidas una tras otra, está en la lista de espera en los hospitales, en los que no tienen seguro médico, en los que en los supermercados lo piensan dos veces antes de comprar un alimento saludable y al final no les queda más remedio que comprar comida chatarra.
"No se tratará de repetir una batalla entre dos partidos", nos dijo en su aviso, y ahí estamos de acuerdo, señor presidente-candidato, estamos en tiempos revolucionarios, al menos en lo que se refiere a la tecnología, y debemos pensar más allá de estrechas fronteras.
Jugar con el miedo al cambio es buscar perpetuar el pasado, y ello es peligroso, es intentar congelar el alma de América, y ello es peligroso, es regresarnos a una campaña de hace 4 años, y ello es peligroso. Los tiempos cambian, señor presidente, y la gente cambia con ellos. Además. además, le quedan dos años de gobierno, y esos dos años deben estar presentes en su discurso, no son cuatro años, estamos hablando de seis años de gobierno.
No se trata de jugar el negativismo, no se trata de señalar el intento de "los otros" de limitar los derechos, se trata de ver cómo estos pueden ser ampliados:
los indocumentados necesitan de un cambio, de que se les devuelva la dignidad y se ponga fin al miedo en que viven
los "dreamers" necesitan soñar
los sintecho, necesitan un cambio, uno que ofrezca techo a sus sueños, que los proteja, que les permita salir a hacerlos realidad, que los saque de las calles de San Francisco, de Nueva York, de San Luis, de todas las ciudades de América. Un techo que cobije los sueños de las niñas y los niños a los que se les niega el futuro, aquellos, aquellas que apenas tienen derecho a jugar con juguetes rotos, muñecas sin un brazo, automóviles sin ruedas.
los hogares donde el fin de mes es una oscura sombra que impide dormir, necesitan de un cambio, un cambio que se llama equidad.
América, el alma de América necesita del progresismo, jóvenes voces que buscan curar el alma herida, que buscan dar futuro a nuestros sueños, de hacernos creer, creer que la justicia es posible, que es difícil alcanzarla, pero que se pueden dar pasos para alcanzarla, pasos firmes, aunque pequeños, firmes, no repetidas y gastadas promesas que nos llevan a creer que no hay nada que hacer.
Con todo respeto, señor presidente-candidato, la pelea no es contra Trump, no puede centrarse en Trump y el extremismo, sería peligroso; la pelea es contra el inmovilismo, contra el pasado que les abrió las puertas.
Lo escuché con el respeto que se merece, pero abandoné la sala con esa amarga sensación de lo déjà vu, ya escuchado tantas veces, desilusionado, y más que nunca convencido de que debemos hacer cambiar las cosas, que necesitamos un programa claro y con pasos definidos para cambiar el pasado, ese pasado que nos muestra un alma de América herida, no por el extremismo, herida por la desigualdad, la injusticia, herida por las elites, por el poder de las corporaciones, esas que, lo repito, están al origen del extremismo.
Seguir jugando con el miedo y al mismo tiempo perpetuando una América desigual, continuando la injusticia, negando los derechos a las minorías, esas minorías que somos mayoría, culpando al del frente sin tomar en cuenta nuestra responsabilidad, es una mala obra ya vista tantas veces.
Y esta vez yo no compro una entrada para tan triste espectáculo, prefiero levantar mi voz con los desposeídos de América.
* Escritor, poeta, dramaturgo y hombre de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE. UU.



























