Cambio climático: En vez de protestar, lean esto

Por Nicolas Loris
Libertad.org

 

Los líderes mundiales se reunieron durante esta semana para la cumbre sobre el clima de las Naciones Unidas después de que decenas de miles de manifestantes marcharan este domingo a través de Manhattan para pedir medidas contra el cambio climático.

Habrían empleado mejor ese tiempo leyendo el artículo de Steven Koonin en el Wall Street Journal titulado “La ciencia climática aún no es asunto cerrado”.

Antes que vaya a etiquetar Koonin de negacionista climático, eche un vistazo a su currículo.

Trabajó como subsecretario de ciencia para el Departamento de Energía durante el primer mandato del presidente Obama.

Es físico teórico y director del Centro de Ciencia Urbana y Progreso de la Universidad de Nueva York.

Y su mensaje es claro y directo: Sí, el clima está cambiando como siempre lo ha hecho.

Pero la ciencia que lo estudia no está para nada asentada y existe gran incertidumbre respecto a todo lo concerniente al cambio climático.

Los modelos climáticos tienen graves limitaciones y no estamos en absoluto cerca de comprender lo suficiente las variaciones del clima como para tomar decisiones normativas sensatas.

Sin embargo, la administración sigue adelante con sus regulaciones sobre combustibles convencionales que harán subir los costos de la energía para los hogares y empresas americanos.

La base del plan contra el cambio climático de la administración se centra en la regulación de las emisiones de carbono procedentes de las centrales térmicas, tanto nuevas como ya existentes, que imposibilitarán el uso del carbón, que aporta el 40% de la generación de electricidad en Estados Unidos.

La administración Obama también ha subvencionado fuentes de energía alternativas y ha puesto en marcha una gran cantidad de nuevos estándares de eficiencia energética para vehículos y aparatos con el objetivo de reducir las emisiones de carbono.

El mismo Koomin es un defensor de algunas de estas normativas, incluidos los mandatos de eficiencia energética y el gasto público en fuentes de energía con bajas emisiones de carbono.

Él las denomina como normativas “sin remordimiento”, pero reconoce que unas estrategias climáticas de mayor envergadura pueden conllevar unos costos inmensos.

No obstante, incluso esas normativas sin remordimiento suponen unos costos que empeoran la vida de los americanos.

Por ejemplo, nuestro gobierno federal ha arrojado a la basura decenas de miles de millones de dólares del contribuyente para crear unas tecnologías energéticas que contaban con la preferencia de los políticos y estaban encaminadas en última instancia a librarnos de la dependencia de los combustibles convencionales.

Un sector de la energía innovador y variado resulta en efecto beneficioso y proporcionará a los americanos la energía más fiable al mejor precio.

Pero eso se debería llevar a cabo dentro de la competencia del libre mercado, no eligiendo el gobierno a los ganadores y perdedores del sector.

Y por si eso fuera poco, los burócratas del gobierno quieren hacer de guardianes de la energía diciéndonos cuánta energía podemos usar al conducir nuestros autos, lavar nuestra ropa y calentar nuestras sobras en el microondas.

El gobierno ha puesto en vigor una enorme cantidad de mandatos sobre la eficiencia energética, dejando sin posibilidad de elección a personas y empresas, con la esperanza de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.

Todas estas normativas y regulaciones se basan en la idea de que tenemos que hacer algo respecto al cambio climático.

En conjunto, el resultado de estas regulaciones, subvenciones y mandatos será el de billones de dólares perdidos en gastos de adecuación y un menor crecimiento económico, puesto que Estados Unidos depende de los combustibles convencionales para prácticamente cada aspecto de su actividad económica.

E incluso si el planeta se estuviera encaminado hacia unos niveles peligrosos de calentamiento, que no es el caso, estas normativas seguirían siendo insensatas, ya que tendrían un gran costo y en realidad harían bien poco por rebajar las temperaturas globales.

Sin embargo, Koonin presenta pruebas e incertidumbres de por qué ése no es el caso en lo que respecta a nuestro cambiante clima.

Y concluye su artículo con un importante mensaje sobre politizar la ciencia:

Cualquier discusión seria sobre el cambio climático debe empezar por reconocer las certezas científicas, pero también las incertidumbres, especialmente a la hora de proyectar el futuro.

Reconocer esos límites, en lugar de ignorarlos, llevará a una discusión más sobria y finalmente más productiva sobre el cambio climático y las normativas climáticas.

No hacerlo causaría un gran perjuicio a la propia ciencia climática.

E ignorar las realidades climáticas para implementar regulaciones que destrocen la economía causaría un gran perjuicio tanto a la economía como a la política pública.

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