Bajo la sombra de la persecución

EDITORIAL

Nueva York, una ciudad que históricamente ha sido refugio para millones de inmigrantes, se encuentra hoy en el centro de una tormenta política que amenaza con redefinir su carácter inclusivo y su compromiso con los derechos humanos.

Tras el ataque a un agente fuera de servicio de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza, altos funcionarios del gobierno federal —incluyendo a la secretaria de Seguridad Nacional Kristi Noem y al “zar de la frontera” Tom Homan— han anunciado que “inundarán” la ciudad con agentes migratorios de ICE y CBP.

La respuesta, además de desproporcionada, tiene un claro componente político. En lugar de tratar el ataque como un hecho criminal aislado —como corresponde desde una perspectiva jurídica—, el gobierno federal ha optado por instrumentalizar el caso como justificación para intensificar su guerra contra las llamadas ciudades santuario. Y lo que es peor, ha decidido utilizarlo como excusa para desplegar una campaña de miedo masivo contra las comunidades inmigrantes de Nueva York.

Este tipo de reacciones no son nuevas bajo la administración del presidente Donald Trump, pero el nivel de agresividad y la velocidad con que se están tomando las medidas marcan una nueva etapa: una etapa que puede tener consecuencias devastadoras para miles de personas que hoy viven bajo la sombra de redadas, arrestos y deportaciones.

Porque no se trata solo de los inmigrantes en situación irregular. Se trata también de quienes tienen estatus legal pero comparten vivienda o comunidad con alguien que no lo tiene. Se trata de los niños nacidos en EE.UU. cuyos padres podrían ser detenidos en una visita médica o en el camino a la escuela.

Se trata de los trabajadores esenciales que mantuvieron la ciudad en pie durante la pandemia, y que ahora caminan con temor de ser interceptados por un agente federal simplemente por su acento o su lugar de origen.

La instalación de oficinas móviles de ICE en vecindarios de alta densidad inmigrante, el incremento de operativos en estaciones del metro, cortes de inmigración, hospitales y hasta refugios, no solo erosiona la confianza de la comunidad en las instituciones: es una señal inequívoca de que la seguridad está siendo utilizada como una herramienta de persecución.

Organizaciones como Make the Road NY, New York Immigration Coalition y Legal Aid Society han reportado un aumento dramático en llamadas de personas aterradas. Muchas ya no se atreven a salir de casa. Otras están escribiendo poderes legales, designando tutores temporales para sus hijos y preparando planes de emergencia ante la posibilidad de ser detenidas.

En un país que se autodefine como una democracia, esto debería escandalizarnos a todos. Más allá de las estadísticas y las órdenes de deportación, hay un debate de fondo que necesita plantearse con seriedad: ¿cuál es el verdadero rostro de la justicia en una democracia? ¿Es acaso la justicia la aplicación ciega de la ley sin atender al contexto humano y social? ¿O es, como creemos, la búsqueda del equilibrio entre el cumplimiento legal y la defensa de los derechos fundamentales de todas las personas, independientemente de su estatus migratorio?

El argumento de “proteger a la comunidad” pierde toda legitimidad cuando las medidas aplicadas provocan exactamente lo contrario: miedo, separación familiar, trauma psicológico, abandono de escuelas, desconfianza en hospitales y retroceso social. No es protegiendo los parques con agentes federales que se construye una ciudad segura; es protegiendo la dignidad de todos sus residentes, ofreciendo caminos a la integración y garantizando el acceso equitativo a los servicios básicos.

Los líderes federales acusan a las políticas santuario de ser las culpables del crimen. Pero vale preguntarse: ¿dónde estaban los recursos para dar seguimiento a las órdenes de deportación existentes? ¿Por qué las prioridades del gobierno se centran en el castigo colectivo, en vez de corregir las fallas sistémicas del propio aparato migratorio? El problema no está en los valores de las ciudades santuario, sino en la falta de voluntad para abordar el fenómeno migratorio con inteligencia, humanidad y compromiso.

La narrativa oficial busca instalar la idea de que más agentes migratorios equivalen a más seguridad. Pero en la práctica, lo que produce es una comunidad fragmentada, llena de temor y exclusión. Criminalizar a comunidades enteras por el actuar de individuos aislados es una lógica peligrosa que la historia ya ha condenado en demasiadas ocasiones.

Nueva York ha demostrado, una y otra vez, que su fortaleza radica en su diversidad. Es una ciudad construida con el sudor, la cultura y el esfuerzo de inmigrantes de todos los rincones del mundo. No podemos permitir que esa riqueza se vea eclipsada por una política de persecución que responde más a intereses electorales que a soluciones reales.

Hoy más que nunca, se impone la necesidad de defender no solo a quienes corren riesgo de deportación, sino a la idea misma de justicia en la que queremos vivir. Una justicia que no persigue a quien necesita protección, sino que lo ampara. Una justicia que no criminaliza la esperanza de una vida mejor, sino que la reconoce como parte del alma de esta nación.

Mientras miles de neoyorquinos viven con el temor de ser separados de sus familias, encerrados sin causa o deportados sin juicio justo, la pregunta que debemos hacernos como sociedad es clara: ¿Estamos dispuestos a ceder nuestros principios más básicos en nombre de una seguridad mal entendida?

Porque si dejamos que el miedo dicte nuestras leyes, estaremos renunciando a lo mejor de nosotros mismos.

Mano Dura: Trump “inunda” NYC con agentes migratorios tras ataque a oficial migratorio

Compartir
[fbcomments]