Continuando nuestro recorrido por las interminables exhibiciones del Museo de Arte Metropolitano en Manhattan, encontramos una instalación con pinturas, piezas de oro y plata coloniales de Andinoamérica.

Desde el siglo XVI, la Región Andina fue un importante centro continental de desarrollo de las artes visuales, fundamentalmente pintura y escultura y si bien la colonización impulsó la evangelización como herramienta para cristianizar a la población indígena, -que poseía sus propias creencias y representaciones de lo divino-, fue un importante medio para que el sincretismo cultural propicie el surgimiento de un estilo propio, a través del cual los artistas plasmaron su talento con fines devociones, produciendo obras para la vida cotidiana de sus contemporáneos con rasgos prehispánicos y tradiciones europeas.

Los cuadros de la muestra, pinturas de naturaleza devocional, -que fueron donados porJames Kung Wei Li y su familia-, se encuentran en proceso de restauración. La mayoría de pinturas expuestas han sido cuidadosamente tratadas para su conservación y todas, han representado un reto diferente para su preservación, cada una con diferentes problemas, lo cual el museo manifiesta ha sido un reto y una oportunidad  invaluable para observar y analizar los métodos y materiales utilizados por los artistas andinoamericanos.

Así como el desarrollo de este aspecto de la colección del Met es un trabajo en progreso, también lo es su estudio y conservación. En una desviación de la práctica habitual del museo, muchas de las pinturas en esta muestra, se exhiben antes de la conservación planificada mientras esperan. En los próximos meses, -mientras las pinturas se someten a examen y tratamiento-, curadores, conservadores y científicos de conservación, invitan a los visitantes a observar su progreso y compartir sus hallazgos.

Las obras de arte, todas realizadas por artistas pertenecientes al período colonial en la región, son de carácter religioso. Particularmente los pintores, replicaron modelos importados para crear las imágenes necesarias, tanto para el culto como para la instrucción. Los plateros elaboraron nuevos tipos de utensilios para ofrecer la misa y adornos para embellecer altares e imágenes.

A mediados del siglo XVII, en respuesta a los gustos locales y las prácticas religiosas, la enumeración de estilos regionales se había ido configurando en ciudades como Quito, Lima, Cuzco y Potosí.

Pese a que la mayoría de artistas coloniales son anónimos, las piezas expuestas tienen identificado a su autor. A continuación una muestra de la riqueza cultural andinoamericana expuesta en el Met, con piezas de Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia.

Continuando nuestro recorrido por las interminables exhibiciones del Museo de Arte Metropolitano en Manhattan, encontramos una instalación con pinturas, piezas de oro y plata coloniales de Andinoamérica.

CORONA DE LOS ANDES

La majestuosa e impresionante Corona de la Virgen de la Inmaculada Concepción, conocida como la Corona de los Andes, -elaborada en oro macizo y cuatrocientas cincuenta esmeraldas-, para adornar la sagrada imagen de la Virgen Maria venerada en la catedral de Popayán, actual Colombia, es considerada un símbolo de la divinidad del reinado de la virgen y fue elaborada en tamaño de una corona para humanos.

Es no solo un tesoro cultual y económico, pero además lleno de simbolismo. Está decorada con terminaciones en forma de arcos imperiales y una cruz sobre una esfera, que simboliza el dominio de Cristo sobre el mundo. Sus partes más antiguas data del siglo XVI, la diadema se elaboró en 1660 y los arcos imperiales en 1770.

“Aunque la práctica era controvertida, era común otorgar espléndidos obsequios, -incluidas joyas y suntuosos vestidos-, a la escultura de la Virgen. Para obtener la salvación, los fieles buscaron su intercesión y trabajaron para aumentar el esplendor de su adoración. Al mismo tiempo, la corona representa uno de los logros artísticos más distintivos de una región, cuya riqueza se deriva de la extracción de oro y esmeraldas.”

 

CUSTODIA DE PLATA

CUSTODIA DE PLATA.

Atribuida a Diego de Atienza, nacido en Loja, Ecuador (Ca. 1610), esta custodia laborada entre 1646-1649 en plata dorada con esmalte, fundida, cincelada y grabada, es parte de la Colección Friedsam, legado de Michael Friedsam (1931).

“Las custodias son implementos que se utilizan en el culto católico romano para exhibir la hostia consagrada. Este tipo de custodia "solar" o "resplandor solar”, se refiere simbólicamente a Cristo como la fuente y sustancia de la luz. La elaborada configuración del resplandor solar y el brillo de sus decoraciones de esmalte, son característicos de los cubiertos hechos en Lima, donde el artista quiteño estuvo activo a mediados del siglo XVII.

Esta custodia fue un obsequio del fraile mercedario Pedro de la Santísima Trinidad Urraca García, conocido como el Padre Urraca a la iglesia parroquial de su natal villa de Jadraque, Provincia de Guadalajara de Castilla la Nueva en España. Nacido en 1583, viajó a América siendo muy joven, por pedido de su hermano Francisco, que era fraile del Convento de los Franciscanos de Quito.

 

NUESTRA SEÑORA DE GUÁPULO

NUESTRA SEÑORA DE GUÁPULO.

Esta pintura del siglo XVIII, realizada en la técnica del óleo sobre lienzo, representa a la escultura ricamente vestida y adornada representada en esta obra, se origina como una copia de la imagen de la Virgen de Guadalupe española, encargada en 1584 por una cofradía de comerciantes en Quito, actual Ecuador.

Nombrada así por el santuario en la cercana Guápulo, donde la imagen era invocada por devotos que buscaban ayuda y protección de la Virgen contra enfermedades y desastres naturales, la Virgen de Guápulo es una de advocaciones marianas más antiguas del Ecuador. Su culto se originó en 1587, tras la fundación de la Cofradía de Mercaderes de Quito en el pueblo indio de Guápulo. Así, la patrona de los mercaderes de Quito fue Nuestra Señora de Guadalupe, pero no la mexicana, sino la traída por los españoles desde Extremadura.

Durante el último cuarto del siglo XVII, se llevó en peregrinaje una copia pintada de la escultura a lo largo de los Andes, con la misión de reunir fondos para la construcción de un nuevo santuario, lo que resultó en una demanda de copias producidas localmente, como esta realizada por un pintor cusqueño.

 

SAN CRISTÓBAL

Este óleo sobe lienzo que data de entre 1710 a 1720, es atribuido a Melchor Pérez Holguín, nacido en Cochabamba. Alto Perú, actual Bolivia (1660 - 1732), fue el artista más importante que trabajó en y alrededor del rico centro minero de la Villa Imperial de Potosí, durante las primeras tres décadas del siglo dieciocho.

“En esta pintura, el legendario mártir San Cristóbal se muestra en su papel cargando a Cristo. El gigante cananeo lleva al niño divino a través de las turbulentas aguas de un río, con los hombros encorvados y las extremidades tensas bajo el peso casi insoportable del mundo y del que lo creó. La travesía nocturna está iluminada por la luna llena y la luz que irradia el pequeño niño.”

Pérez Holguín obtuvo fama desde la época virreinal. Su nombre es el único que aparece en el inventario de la pinacoteca jesuita de Potosí, construida en 1769. Hasta la actualidad se conservan otros documentos de esa época, que hacen referencia a sus obras y que, finalmente, un informante del fin del virreinato, dice que fue un "pintor eminente", al que llamaron el Pincel de Oro.

 

SANTA BÁRBARA

Pintada en Quito, actual Ecuador, a finales del siglo XVIII, este óleo sobre lienzo de autor anónimo, representa a la santa quien sostiene la palma del martirio en una mano y un cáliz eucarístico en la otra, mientras Santa Bárbara se eleva al cielo en una nube. Está flanqueada por un objeto simbólico que contrasta los ritos terrenales y el placer con los instrumentos de su tortura.

El paisaje de abajo es el escenario de una alegoría eucarística, enmarcada por dos viñetas narrativas que representan el martirio de la santa y su intervención en el lecho de muerte de San Estanislao de Kostka. En la alegoría central, el Cordero se encuentra en un montículo en un jardín cerrado y sangra en un cáliz, que se desborda e irriga las parcelas de abajo.

El cuadro fue donado al Met en el 2018 por Warren Ming Tao Li, en honor de James Kung Wei Li y Julie Chu Lu Li.

Para más información visite el Museo de Arte Metropolitano.

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