Arrogante, la muerte regresó a la Casa Blanca

 

Se supone que aquel que estuvo en contacto con la muerte cambia. Donald J. Trump estuvo y está en contacto con la muerte; arrogante, el coronavirus regresó a la Casa Blanca en hombros del presidente.

Desafiante, desde los balcones de la Casa Blanca, desde la sede de gobierno del país más poderoso del mundo, del que se supone es el más avanzado en la ciencia, el virus se esparció por la mente del mundo.

Ya no bastaba con atacar los cuerpos, se trata de atacar la mente, de destruir la humanidad pensante.

Uno de cada 10 habitantes del mundo ha sido infectado; ayer, uno, el presidente de los Estados Unidos, desafió toda lógica. Infectado, se sacó la máscara en teatral gesto; yo, el apestado, desafió al mundo, desafió a la ciencia, desafió la razón.

Se supone que quien ha estado en contacto con el coronavirus ha cambiado, que ha aprendido el poder de lo desconocido, ha entendido que la muerte no tiene límites ni compasión, se supone que se regresa de los brazos de la muerte más humano, con una visión diferente del mundo, de su función en el mundo, no regresa el mesías, regresa el hombre. Se supone.

Ayer, la muerte regresó a la Casa Blanca como la invitada inesperada en el baile de máscaras en los salones del Príncipe Próspero. Se quitó la suya para sonreír a sus futuras víctimas; en su falda mostraba con orgullo 210.000 muertos, y contando.

Ayer, regresó la ignorancia a la Casa Blanca de manos de Donald J. Trump, el desafío irracional, la falta de decoro frente a las familias de las víctimas, ayer, lo peor de América, subió escalón tras escalón hacia el balcón de la Casa Blanca llevado en brazos por la muerte, por la indiferencia por el sufrimiento del otro, el desprecio por la vida del otro, ayer Donald J., llamó a jugar la ruleta rusa, quien teme a la muerte es un cobarde, quien se protege del coronavirus, es un cobarde, quien toma distancia del contagio, es un cobarde. Lo digo yo, el valiente, el hombre que venció a la muerte.

América la grande, la heroica, la valiente, la desafiante, América la poderosa, una que no tiene piedad, que vence a la muerte, apareció en la sonrisa del presidente al quitarse la máscara que protegía a su pueblo de Donald J., el infectado.

Al igual que lo fue en la época del realismo socialista, tras la imagen hay un mensaje político, y si nos quedamos con el primer efecto nos dejamos engañar y caímos en la trampa, nos quedamos en la superficie. Tenemos que mirar detrás de los decorados de cartón piedra, tenemos que escarbar para llegar al alma de la estatua, al mensaje oculto, a la intención escondida, al peligro solapado que se esconde tras la imagen.

Ayer, en los balcones de la Casa Blanca algo más había tras el gesto de Donald J. Trump al quitarse la máscara. No era un candidato, no era el regreso de un presidente a sus funciones, no era solamente la ignorancia. Era el todopoderoso, el anuncio de un nuevo poder en la Casa Blanca.

El contacto con la muerte cambia, hasta ayer la imagen del presidente era la de la satisfacción del arrogante, del gobernante mediocre que se deja mecer por las alabanzas, del pavo real que se hincha cuando su ego está satisfecho, pero ayer Donald J. Trump se quitó esa máscara de la que todos nos reíamos.

El hombre que desafiaba desde los balcones no era un payaso, era una estatua de mármol, el hombre de hierro, era la réplica de Stalin, de Pinochet desafiando al mundo tras sus lentes negros rodeado de militares, era Mussolini, pero no nos engañemos, no era el regreso del pasado, era el presente, era la imagen del poder absoluto.

Siendo grave e imperdonable el poner en peligro a quienes le rodean, siendo grave e imperdonable en poner en peligro a su pueblo, siendo grave e imperdonable el desafío a la razón, para mí no era lo único.

Ayer, el mensaje solapado era: soy yo, el detentor del poder, soy yo, la imagen y semejanza del mesías, soy yo, el supremo, soy yo, el futuro de este país.

Más peligroso que el virus y su contagio, es la idea que ronda en la cabeza de aquel que, infectado, regresó de la muerte para desafiar a América, la imagen era, no la de un triunfador, era la imagen del dictador.

El reiterado saludo militar enviaba un mensaje claro: soy el comandante en jefe y tengo bajo mi mando al ejército más poderoso del mundo, soy, yo, la fuerza. Ley y orden, resonaba en los pasillos de la Casa Blanca.

La enfermedad se instaló en la Casa Blanca, el poder que se cree sin límites se desató en la Casa Blanca, la sin razón nos desafía, al mundo y a nosotros, el virus del poder sin límites amenaza la democracia en América.

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