
Ayer, un grupo de extremistas azuzados por el actual presidente se tomó el Capitolio de la nación, interrumpió el proceso democrático, las instituciones dejaron de funcionar. Cuando la cámara y el senado, en sesión conjunta, debían confirmar al presidente electo –momentos en que, coincidentemente, como parte del proceso democrático, las elecciones en Georgia, el partido republicano perdía la mayoría en el Senado– Donald J. Trump dio un golpe de fuerza.
A 14 días de dejar el mando mostró su poder, la fuerza bruta de una minoría exaltada que sin oposición se tomó el Capitolio, el centro neurálgico de uno de los tres poderes del Estado, ¿por qué no, mañana, la Casa Blanca?, el camino está abierto.
Durante todo el día el presidente guardó silencio. La imagen de Nerón tocando su cítara mientras observaba el incendio de Roma vino a mi mente. Por supuesto, esa imagen no corresponde a la realidad, pero el silencio de Trump tras haber azuzado a sus huestes, sí, y ello es parte de la historia.
Ayer se violó la Constitución, ayer se violaron los principios de la democracia americana, ayer se atacó la democracia. Alguien llamó esto una insurrección, no estoy de acuerdo. Una insurrección, una sublevación, es un pueblo levantándose en un último recurso contra la injusticia, contra un tirano, y es legítimo hacerlo. Ayer era un grupo fanático que marchaba para apoderarse del poder, para desconocer el resultado de las elecciones, un grupo que marchaba contra la historia para entronizar a un presidente que se niega a aceptar su derrota, que se niega a abandonar el poder.
Al comienzo del día Trump los exhortó a ser fuertes, a defenderlo del supuesto fraude electoral, a desconocer el resultado de las elecciones, mentiras, teorías conspirativas que, en su delirio, en sus ansias de poder él ve como una realidad. Y continuaba repitiendo mentiras puesto que como sabemos “miente, miente, que algo queda”, la frase de Voltaire que el jefe de propaganda nazi, Joseph Goebbels, hizo propia, funciona.
Ayer su hijo indicó el camino que seguirán cuando, señalando hacia el Congreso dijo: “ellos, si no hacen lo correcto, no representan al partido republicano”, y señalando a la turba añadió, “éste es el partido republicano de Donald Trump”. Ayer, mientras la turba ocupaba el Capitolio, el clan Trump tomó como rehén a uno de los dos partidos: el partido republicano de Donald Trump.
Al caer la noche, Trump se volvió a dirigir a sus partidarios: “los amo, los amamos, ustedes son muy especiales, necesitamos proteger la paz, proteger a nuestras fuerzas del orden, sé lo que sienten, pero váyanse a casa,” e insistió “nos robaron las elecciones, yo lo sé, ustedes lo saben”.
Ayer, el presidente no defendió la Constitución como es su deber, no defendió los poderes del Estado como es su deber, no defendió a las instituciones como es su deber, no defendió a su vicepresidente como es su deber, no defendió a los representantes elegidos por el pueblo como es su deber. Al caer la noche pidió a sus partidarios retirarse pacíficamente pensando solamente en que las fuerzas del orden podrían salir heridas de haber enfrentamiento, pensando quizás que su intento de subvertir el resultado de las elecciones había fracasado.
Trump no habla en vano, sus palabras no son huecas, tienen consecuencias, Trump muestra lo que hay detrás: yo, el Supremo, a las fuerzas del orden protejo, llamo indirectamente, únanse a mí, créanme, apóyenme, los necesito para tomar más allá del capitolio, restablezcamos el imperio de la ley y el orden, mi ley y orden, soy el comandante en jefe.
El llamamiento, el silencio, condenó a Donald J. Trump. Nadie, no su vicepresidente, no el presidente del Senado, no un militar, no un policía, no la guardia nacional debe obedecer a quien perdió la razón. Más aún, en defensa de la democracia se le debería remover del cargo, por decencia, se le debería remover del cargo, trece días más son demasiados, trece días más son peligrosos.
Ayer perdió Estados Unidos, siempre hay una primera vez, pero ¿un asalto al Capitolio?, ni el más fanático enemigo de América lo hubiera soñado. La turba interrumpiendo la reunión conjunta de diputados y senadores para certificar el triunfo de un presidente electo era algo hasta ayer inimaginable. Mancharon la historia, mancharon la conciencia de un pueblo, mostraron el peligro de la ambición de poder de un individuo, mostraron el peligro de jugar con las palabras, mostraron que ningún país es incólume. ¡Atención!, con la democracia no se juega.
Ayer la toma del Capitolio fue un primer paso en una mente enferma, intentemos entrar al interior del pensamiento de Donald J. Trump. De haberse prolongado la ocupación se habría roto la institucionalidad del país, en ese momento era deber del presidente llamar a la guardia nacional, al ejército, decretar el estado de emergencia y suspender las garantías individuales para restablecer el orden y salvaguardar la democracia.
Como segundo paso era deber del presidente eliminar las causas de ese quiebre de la democracia, es decir, para Donald J. Trump, anular unas elecciones ilegítimas, declararse ganador y el 20 de enero asumir como gobernante por otros cuatro años.
Esquema conocido y practicado por dictadores de todo pelo, y no solamente en las repúblicas bananeras.
En España, tras la muerte del dictador Franco y el regreso a la democracia, un 23 de febrero de 1981, un oscuro coronel de la guardia civil, el coronel Tejero al mando de un grupo de guardias civiles atacó las Cortes secuestrando a los legisladores. Poco más tarde la ciudad de Valencia era ocupada, en virtud del estado de excepción decretado por el general Jaime Milans. El 24 de febrero el rey Juan Carlos, capitán general de los ejércitos se dirigió al país, condenó el golpe y le habló a la nación pronunciándose en defensa de la Constitución, como debe ser.
El golpe fracasó. El 6 de enero del 2021, en los Estados Unidos el presidente y comandante en jefe del ejército guardó silencio.
No nos equivoquemos, lo de ayer no fue una simple turba exacerbada atacando el Capitolio.
Comenzaron a marchar a la luz de las antorchas en Charlotte, ayer a la luz del día entraron al Capitolio, en Charlotte eran “buenas personas”, ayer eran “muy especiales” y Trump añadía que los amaba, frente a los ojos de un pueblo que no podía creer lo que veía.
Nunca, nunca antes... no somos una república bananera, repetían una y otra vez los comentaristas.
¿No lo somos? Pregúntenselo a Donald J. Trump, y estemos alertas, ese tipo de individuos no descansa, ese tipo de peligros existe y no somos inmunes.
En el intertanto, la democracia, herida, retomaba su camino: a las 3.33 minutos de la madrugada del 7 de enero, con los tres votos de Vermont, se alcanzaba el número necesario de votos del colegio electoral para confirmar el resultado de las elecciones. A las 3.44 el vicepresidente en ejercicio, Mike Pence, declaraba el triunfo de Joe Biden y Kamala Harris, quienes el 20 de enero asumirán sus funciones por voluntad popular, como debe ser.
* Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en EE UU.
La presidencia de Trump toca fondo con el asalto de sus seguidores a Congreso


























