Una terrible y a la vez hermosa foto venida de Afganistán nos mostraba “la Pietà”, una mujer abrazando a sus dos hijos interpelándonos, y ahora, ¿qué?
Sentada en una pequeña carpa fabricada de desechos, plásticos transparentes que dejaban pasar los rayos de sol y proyectaban su imagen en el infinito cielo azul, su ropaje colorido daría envidia a Van Gogh. En ella los colores del mundo se agarraban para sobrevivir y existir en el futuro, en su boca una enigmática sonrisa, no la Mona Lisa, tampoco una verdadera sonrisa.
La madre afgana estaba suspendida en el tiempo, la foto estaba suspendida en el tiempo. En ella se mojaban los pinceles de los pintores del mundo entero, en ella se mojaban las plumas de los poetas, mientras la foto se iba borrando barrida por las lágrimas de Jeremías.
¿En qué fallamos?, se preguntaba Jeremías derramando otro torrente de lágrimas mientras, para eludir la terrible respuesta, desviaba la atención de la foto hacia un “pobre pueblo que se lamenta por la pérdida de la libertad”.
Sobre la foto sobrevolaba la historia, la sombra de un helicóptero elevándose desde los techos de una embajada en Saigón, de los secos pies del helicóptero un puñado de vietnamitas colgando en una inútil plegaria: llévennos, fuimos uno, al menos eso nos hicieron creer.
¿En qué fallamos?, se preguntaba Jeremías olvidando las lecciones de la historia: no se impone una manera de pensar, no se cambia una cultura, los gobiernos títeres se desmoronan con las primeras lluvias.
“Durante 20 años invertimos billones de dólares en ellos, les dimos moderno armamento, les pagamos uniformes para que parecieran un ejército regular copia fiel del nuestro, creamos un gobierno copia fiel del nuestro, nuestra democracia se paseaba en las fotos de propaganda, todo era para bien, todo era un triunfo, eran la imitación del Edén”.
En el trasfondo de la hermosa foto se veían cuerpos desnudos escapando en el horizonte, uniformes pavimentando la tierra, un moderno armamento dejado como ofrenda a los talibanes, miles de seres partiendo en peregrinaje al exilio para salvar sus vidas.
¿En qué fallamos?, se preguntaba Jeremías mientras Kabul silencia su discurso en espera de lo inevitable puesto que no se impone una manera de pensar, una civilización sobre otra, una foto sobre otra.
En la hermosa foto, en la sonrisa adolorida de “la Pietà” se leía: soy mujer, ¿qué destino me espera?, mientras en Washington, por las escaleras de mármol del palacio de gobierno resbalaba la pregunta de Jeremías, ¿en qué fallamos?, y por mucho que no quisiera reconocerlo, conoce la respuesta: nada les da el derecho a regir los destinos de otros pueblos.
* Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE. UU.


























