Afganistán desde una mirada latinoamericana

Durante gran parte del siglo pasado (entre 1960 y 1990), siete presidentes de Estados Unidos –desde J.F. Kennedy hasta Ronald Reagan— tuvieron que aliarse con líderes latinoamericanos que eran conocidos por su corrupción, su brutalidad autoritaria, la transgresión a las instituciones democráticas y violación a los derechos humanos.

Estados Unidos condonó la intolerancia y el abuso de estos regímenes políticos por el solo hecho de que las dictaduras militares se oponían a un tipo de gobierno asociado a la ex Unión Soviética.

A excepción de Cuba, las poblaciones mayoritarias de los países latinoamericanos de este periodo buscaron incesantemente sistemas de gobiernos democráticos.

Estratégicamente fue un error de Estados Unidos. Una de las grandes consecuencias de
este hecho fue la reprobación de la comunidad latinoamericana a sus políticas internacionales.

Al ver que la respuesta del país más poderoso de mundo se distanció de las demandas democráticas de las mayorías latinoamericanas, los grupos más radicales de izquierda de esta región aprovecharon el rechazo de Estados Unidos.

Estos grupos de extrema izquierda solidificaron sus fuerzas y se presentaron como una alternativa real ante la sociedad latinoamericana.

Así sucedió en Perú, Uruguay, Bolivia y Colombia, en donde las guerrillas trataron
de tomar las riendas del Estado a través de la fuerza.

No lo lograron; nunca tuvieron el apoyo de la sociedad civil ni de las fuerzas sociales en los campos.

Aproximadamente pasaron 50 años desde la capitulación de las dictaduras militares
en América Latina. Hoy, los gobiernos no son ni dictaduras militares ni gobiernos
revolucionarios.

Son democracias relativamente estables. Algunas más de derecha que izquierda, otras más aferradas a las políticas estatistas que a las neoliberales.

A pesar de toda esta rica historia, una secuela de gobiernos estadounidenses no ha
hecho utilidad de la experiencia latinoamericana.

Durante 20 años de combate en Afganistán, desde la presidencia de George W.
Bush hasta el gobierno de Trump, Estados Unidos nuevamente cometió el error de aliarse con líderes ligados a la corrupción, al desacato y a la violación de las instituciones
democráticas.

Al igual que los grupos extremistas de la izquierda latinoamericana del periodo de
las dictaduras militares, los talibanes de Afganistán aprovecharon la corrupción de su
gobierno para ampliar sus bases y debilitar las instituciones democráticas incipientes de un país que ha estado en constantes guerras desde la invasión de la ex Unión Soviética en 1979.

Ahora bien, con la nueva política de Joe Biden en Afganistán –muy criticada por la
derecha— se rompió con esa alianza improductiva con gobiernos corruptos. Al final, esta
decisión es acertada. Tiene repercusiones negativas a corto plazo, pero las retribuciones
serán a largo plazo.

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