EDITORIAL
Provocada por un virus que llegó súbita, sorprendentemente y que no discrimina absolutamente a nadie, la pandemia del coronavirus ha sido un gigantesco desafío para la ciudad de Nueva York, que hasta el momento se encuentra respondiendo con el valor, la inteligencia y resiliencia que le caracterizan.
Muchos y muy rápidos son los cambios a los que se enfrentan los habitantes de la ciudad, comenzando por perder el trabajo, adaptarse a trabajar desde casa, adecuarse a convivir y preocuparse por toda la familia, con los niños todo el día y padres en riesgo de no afrontar exitosamente el contagio, reduciendo al mínimo e incluso terminando la interacción social, abasteciéndose para varias semanas de confinamiento, confrontando la incapacidad de visitar lugares o participar en actividades culturales, deportivas, turísticas, digiriendo los riesgos reales a nivel médico, laboral y financiero.
Pero los neoyorquinos son criaturas especiales, hechas para la guerra, la ciudad siempre ha sido una competitiva jungla de cemento y mientras terminan de asimilar la realidad de enfrentar a un enemigo silencioso, invisible, traicionero, los neoyorquinos desarrollan sus capacidades y destrezas, su creatividad y resistencia.
Así como se reciben noticias de abusos en la elevación de precios de productos, de nuevas maneras de engaño a través de redes sociales, teléfono e Internet, también hay innumerables muestras de solidaridad, generosidad, colaboración, compasión y sentido humanitario, que son las características del verdadero neoyorquino y que integran el espíritu que mantiene a la Ciudad de Nueva York como capital del mundo y al Estado de Nueva York, como el Estado Imperio de los Estados Unidos.
Muy grato el ejemplo de restaurantes que en lugar de pedir caridad por las redes, han tenido iniciativas de recibir aportes para realizar entregas al personal médico en los hospitales, así se mantienen operando no solo para garantizar los ingresos de sus propietarios y empleados, pero para mantener a los verdaderos héroes de esta crisis, los trabajadores de los hospitales, que enfrentan día a día a la muerte.
Lo más triste que se registra en la historia de la ciudad, es la pérdida de médicos, policías, sacerdotes y gente inocente, al tiempo que las autoridades liberan a criminales de los centros penitenciarios, sin escuchar los argumentos de los fiscales.
La solución no es liberar a quienes han cometido crímenes precisamente en una situación de desempleo y crisis económica,escenario perfecto para que esta gente, que además de no tener empleo ni vivienda, ha demostrado no tener respeto por el resto de la comunidad, pueda aprovechar y volver a sus andanzas.
Lo correcto y lógico sería organizarles mejor para evitar las aglomeraciones carcelarias y reubicarlos en otras cárceles o centros de detención, por ejemplo la extensa red donde se mantiene a niños inocentes, menores de edad y trabajadores que han cruzado la
frontera, e incluso reabrir centros como Alcatraz.
Esta crisis no puede ser una justificación para liberar a criminales que hacen daño a la sociedad y que automáticamente pasan a formar una carga pública en una ciudad con crisis de empleo y vivienda.
La disparidad económica que provocará sin duda alguna la ola de desempleos, podría volver al ambiente más violento y hostil, esa también es responsabilidad del alcalde y de los concejales.
El temor y la preocupación han unido a los neoyorquinos, quienes también comparten la esperanza y determinación para vencer esta pandemia.
Por ello y desde esta tribuna elevamos un llamado público a cada lector para convertirse en un medio de solidaridad, en una fuente de luz que se expande a través de la amabilidad, la compasión, rechazando el alarmismo, la discriminación, el deseo desaforado de sacar provecho económico de la crisis.
Las autoridades locales han reaccionado paulatinamente, pero en algunos casos han esperado demasiado, por ejemplo para cerrar parques, para multar concentraciones, estos son momentos de exigir disciplina.
Lo que queda al pueblo es escuchar la información oficial, denunciar a los abusadores, proteger y defender a los indefensos y transformarse conjuntamente con esta gran ciudad, porque al final no son los más fuertes ni inteligentes los que sobreviven, si no aquellos que mejor se adaptan a las circunstancias.


























