EDITORIAL
Los casos de racismo en la historia estadounidense en la era moderna, demuestran la existencia de un racismo estructural de raíces profundas, que constituye una realidad que ya no puede ni callarse ni ocultarse, por el contrario debe ser el punto de partida de una nueva actitud de la comunidad latina.
Las periódicas injusticias contra la comunidad negra, amplificadas por el bien estructurado liderazgo afro-americano, el confinamiento de semanas provocado por el Covid-19, -que convirtió a la ciudad de Nueva York en epicentro de la pandemia-, la crisis económica y laboral provocadas por el coronavirus, el ambiente hostil contra todo lo extranjero y contra los inmigrantes orquestado por parte de la Administración Trump durante los últimos cuatro años, son entre otros factores los que determinaron que la muerte de un solo hombre desencadenara una reacción sin precedentes en la historia local y nacional.
Gracias al acceso a la tecnología y la facilidad no solo de captar imágenes con un celular, -para que sirvan como evidencia y prueba de la discriminación-, además la posibilidad de diseminarlas a través de las redes sociales, los casos de racismo y abuso de la autoridad son actualmente más fáciles de exponerse públicamente.
Adicionalmente, la crisis provocada por la muerte del afroamericano George Floyd, puso en evidencia las deficiencias no solo del liderazgo presidencial, - que en este caso contrastó notablemente con el liderazgo del ex vicepresidente Joe Biden-, adicionalmente expuso las deficiencias del liderazgo latino local, totalmente disfuncional si se lo compara con el eficiente liderazgo afroamericano, que es capaz, incluso de mover las cuerdas de liderazgo político latino.
La comunidad latina necesita un liderazgo nacional que reconozca la raíz de este problema y proponga soluciones reales, es mucho más que demandar justicia y mucho más que apoyar las demandas de justicia para un grupo especifico como el afroamericano.
Debe proponerse una serie de cambios a la estructura legal local y nacional, que garantice la justicia para todos, que censure y castigue la muerte a manos de quien sea y que defienda a todas las llamadas minorías étnicas o grupos de color, no solo a los afroamericanos.
Los latinos, además de enfrentar retos legales, lingüísticos, laborales, financieros, de identidad, son abusados, maltratados, explotados, discriminados, humillados, acosados, perseguidos por ser quienes son: latinos. Hasta la fecha no se ha visto una conquista contundente para la comunidad latina, que continúa siendo usada como ficha en el juego político.
No es correcto mantener una “normalidad” que éticamente no existe, de la represión como algo normal en la sociedad, de lo cual los latinoamericanos han estado acostumbrados por la larga historia de gobiernos tiránicos y corruptos en sus países de origen. Eso no es aceptable en una nación que dice liderar el sistema democrático del mundo y defender, -incluso desplazando tropas al extranjero-, la vigencia de la democracia.
La represión parecería la medida más rápida para volver a cubrir un asunto que lleva mucho tiempo tapado pero en descomposición. En ese sentido el mal trato a los periodistas durante las recientes protestas a nivel nacional, es otro tema de libertades civiles y derechos constitucionales, sin una sola entidad que defienda a este gremio, que está al servicio de empresas enfocadas en servir primordialmente a sus anunciantes.
Varios periodistas han sido arrestados y han sido un objetivo de las llamadas fuerzas del orden, que se han convertido en fuerzas de choque de las protestas, los periodistas están arriesgando sus vidas permanentemente, no solo durante la pandemia, además reportando y registrado lo que sucede durante esta conmoción social contra el racismo sistemático.
El caso de abuso policial de Rodney King en Los Ángeles en 1991 provocó disturbios durante seis días y murieron sesenta y tres persona, hubo 2.383 heridos. Cada protesta por casos de racismo han provocado protestas y en Nueva York solo en una noche hubo más de setecientos arrestados.
Nadie justifica los crímenes realizados durante las protestas, pero esto debe ser un
llamado serio a las autoridades locales, que están moralmente obligadas a responder
apropiadamente.
Ya existen iniciativas de cambiar las leyes que protegen la privacidad del récord policial y la Asamblea Estatal tiene la última palabra en eso. Igualmente se esperan los informes de la fiscalía, solicitados por el Gobernador Cuomo.
La represión no es la respuesta, con ella se están quebrantando no solo principios morales, además principios constitucionales como son los de la libertad de expresión y el derecho de la gente a protestar contra sus gobernantes.
La respuesta son reformas a la ley que por un lado garanticen que prevalezca el control de la aplicación de la ley y de la seguridad ciudadana a la vez que vigile y supervise las acciones policiales, sin encubrimientos y sin que las llamadas organizaciones de libertades civiles y antirracismo utilicen los casos para generar fondos para el buen vivir de sus respectivos líderes.
La violencia en sus diferentes manifestaciones, física, sicológica, verbal, policial, etc., es una expresión directa de la intolerancia y la discriminación, la cual directamente viola los Derechos Humanos y se va contra el sentido de igualdad, que es la esencia en que se fundamenta el que todo ser humano es igual, por lo tanto merecedor del mismo trato en la sociedad.
La discriminación racial en contra de los latinos provoca serios problemas que profundizan las brechas a nivel educativo, de oportunidades laborales, de acceso a recursos y eso genera roces permanentes entre comunidades, que impiden la paz y convivencia en armonía, base de un progreso sostenido e igualitario.
Los latinos deben desarrollar una agenda anti-racismo propia, no conformarse con seguir
haciendo bulto en eventos pasajeros,deben unificarse en torno a la discriminación de la cual son víctima y trabajar para lograr cambios reales, caso contrario tanta protesta, tanta muerte, tanto dolor, tanta ira, se diluirán en el tiempo y el número de muertos, sobretodo aquellos de los que no se conoce ni se tienen evidencias, continuará incrementándose.
El reto es ahora, es fundamental enfrentar este viejo problema antes de que continúe
esparciendo su pestilencia.


























