A propósito de un discurso en la Asamblea de Naciones Unidas y los falsos aplausos

Volodymyr Zelensky se dirigió a la Asamblea General en un discurso clamor de un pueblo que vive, sufre, nace y muere en los brazos de Atenea.

Enfrentó al mundo al recordar los fundamentos de Naciones Unidas, el por qué fue creada en momentos que saliendo de la guerra se pensó que la próxima sería la final, la guerra nuclear.

Hasta hoy el temor se lee en las calles de Nueva York señalando la entrada de refugios antiaéreos, protección de la radiación, no la del cambio climático, la de las armas nucleares en espera del irresponsable que apretaría el botón de la guerra final.

Se necesitaban reglas, nos recordó, para que la humanidad castigara al, a los, irresponsables, que pusiera punto final a la carrera armamentista, que se controlara a los maestros de obras de la muerte.

Llamó a pensar en lo impensable, el hambre como herramienta de exterminio, el gas y el petróleo como herramientas de dominación, de la destrucción para arrasar hasta el rastro de las ciudades, de los desplazamientos de miles de niños para formarlos como balas de guerra contra los suyos en lejanas tierras, las del invasor.

Llamó a nuevas reglas, a calificar estos nuevos crímenes y dictar las reglas para castigarlos, nos recordó a Bertold Brecht, hoy soy yo, pero no soy ucraniana, mañana serás tú, y el invasor golpeará a tu puerta, pero ya será muy tarde para actuar.

En algo se equivocó Zelensky, no son nuevas armas, el hambre se utilizó como arma en las ciudades sitiadas en el medioevo, hubo deportaciones masivas de la población de Siria y Mesopotamia en el año 531-579, las cruzadas invadieron y ocuparon la tierra santa, se construyeron países sobre tierras ajenas, se edificaron templos sobre otros templos para no dejar vestigio de otros cultos.

Hoy se desplazan poblaciones, por el hambre o por la guerra, el gas y el petróleo son armas de dominación, se intenta someter a los pueblos por medio de estas armas.

Se erigen fronteras, alambradas de modernos campos de concentración en las afueras de nuestros países, que pasen la frontera los niños, no los padres. Se condena el trabajo infantil, pero se crean las condiciones para que exista y sea rentable. Sin ir muy lejos a China, África, América del Sur, Centroamérica, México, aquí, muchas veces el pollo que ponemos en la mesa sabe a sudor y sangre de niños trabajando en las noches en las procesadoras de alimentos en el sur de los Estados Unidos.

Terminó el discurso de Zelensky con una ovación.

Aquellos que aplaudieron a rabiar ocultaban con sus estruendosos aplausos que el discurso no hablaba de otros --siempre es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el de uno--, que hablaba de ellos, de nosotros; hablaba de las Naciones Unidas y del papel que debe jugar para mantener la paz, para evitar la próxima guerra, la última, que se acerca peligrosamente a la primera donde las armas serán la piedra y el garrote y nuevamente se peleará por un pedazo de tierra y por ser el más poderoso.

Los discursos se siguen repitiendo en la Asamblea General, y los aplausos ocultando la realidad.

* Escritor, poeta, dramaturgo y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE. UU.

Compartir
[fbcomments]