
Seis meses llevamos batallando contra el coronavirus, hoy podemos hacer un primer balance, y el resultado dependerá de si somos capaces de mirar más allá de nuestra nariz.
Si miramos nuestra nariz y nuestra familia no sufrió o salió viva de la infección, ganamos la batalla. Si nos protegimos y no nos infectamos, ganamos la batalla.
Si salimos de nuestra casa y miramos el barrio puede que el balance sea distinto, todo depende del barrio en que vivimos, de la salud que tenemos, de la forma de alimentarnos, de nuestros ingresos, y si vivimos en barrios de una población mayoritariamente de color, sea negro, sea café, entonces perdimos la batalla puesto que la batalla por la igualdad socioeconómica recién comienza.
Si vivimos en New York, New Jersey o Connecticut, ganamos la batalla.
Tuvimos la suerte de que nuestros gobernantes hicieran caso omiso de la presidencia y escucharan a la ciencia.
De estar en el precipicio, de ser el foco de infección más grande del mundo hoy controlamos la propagación del virus y nos defendemos exigiendo cuarentena a aquellos que vengan a nuestro feudo de 8 estados del país, 8 por el momento.
No queremos que nos traigan de regreso el virus. Los que están peor, que se las arreglen en sus estados, que les pasen la cuenta a sus gobernantes, pero que se alejen de nuestras ciudades, de nuestras playas, de nuestros centros culturales, de nuestras calles y avenidas. Suena egoísta, suena terrible, pero nos obligan a ello.
Si miramos a nivel nacional, más allá de nuestro estado, y pensamos como nación, perdimos la batalla. Al igual que en sus comienzos los contagios se disparan, con menos muertos, es cierto, por el momento, es cierto.
Pero si como dice la ciencia, los más jóvenes contagian a los que sí mueren: padres, abuelos, tíos, hermanos y primos con condiciones preexistentes, miel para el virus, veremos cómo el coronavirus, en una espiral de muerte, retoma fuerza y resurge en todo el país.
Si perdimos el miedo, la angustia, la desesperación de vivir en el encierro, perdimos la batalla.
No se trata solo de aislarnos de los posibles apestados.
Recuerdo al príncipe Próspero quien para protegerse se encerró con sus nobles en un castillo en los momentos de la peste negra.
A media noche, en medio de un baile de disfraces para celebrar su triunfo, al sonar la doce campanada se quitaron las máscaras. Desde el medio del salón, la tentadora, la más bella, la muerte les sonrío.
Hoy, en los bares, en las playas, la peste se vistió de muchedumbre desafiante y bajo los rayos de un sol radiante nos sonríe.
¿Ganamos la batalla? No, dependiendo de dónde y cómo vivimos.
Controlamos la propagación de la peste, pero ella sigue ahí, asechando, esperando que perdamos el miedo y la desafiemos, esperando que pensemos que la batalla se gana o se pierde tras nuestras narices, en nuestro entorno, en un yo y no en un nosotros, y en ese momento perdimos la batalla.
Controlar no es ganar, es solamente impedir, es el dique que nos protege momentáneamente del avance del virus.
Hasta que no tengamos una vacuna, una vacuna efectiva, avalada por la ciencia y no por las afirmaciones de un ególatra intentando ocultar la realidad no podemos cantar victoria.
Si pensamos solamente en la catástrofe sanitaria en que vivimos, perdimos la batalla.
Si olvidamos las protestas desencadenadas por el asesinato de George Floyd exigiendo el derecho a la vida, perdimos la batalla.
Si no logramos reformar el sistema judicial, perdimos la batalla.
Si no logramos transformar la policía, seguiremos muriendo y perdimos la batalla.
Si no logramos transformar el sistema de salud seguiremos muriendo, lentamente, rápidamente si la muerte se apiada de nosotros, y perdimos la batalla.
Si no se combate el racismo institucional, perdimos la batalla.
Si nos dejamos guiar por las encuestas, perdimos la batalla.
No se trata de diques de contención, de limpiar las avenidas y parques de los símbolos del poder de la supremacía blanca, no se trata de un par de becas para las minorías en las universidades, no se trata de darnos por ganadores si derrotamos a uno, se trata de derrotar al sistema, de derrotar la injusticia.
Si no miramos más allá de nuestra nariz y de la peste, perdimos la batalla. La peste está ahí, la desigualdad está ahí.


























