A Biden lo que es de Biden, a los activistas el cielo

Lo confieso, cuando voté Biden lo hice con mi corazón apretado, me había prometido nunca más votar contra, pero no me quedaba otra alternativa, había que terminar la peligrosa deriva a la que se encaminaban los Estados Unidos de América.

El racismo campeaba por las escuelas, los barrios, las universidades, los lugares de trabajo; el racismo era aceptable en América.

Los afroamericanos, los de color seguían cayendo víctimas de la violencia policial; la violencia policial era aceptable en los Estados Unidos de América, y cuando no era la violencia policial, se caía víctima de asesinatos masivos dado que poseer armas automáticas para matar más en menos tiempos, es normal, y orgullo para algunos, en los Estados Unidos de América.

La epidemia mostró lo siniestro de un modelo de salud pública elitista: se sobrevive de acuerdo a los medios que se poseen, el acceso a la salud es limitado, excelente para unos, miserable para otros, la muerte fue y sigue siendo pan cotidiano para los pobres de los Estados Unidos de América.

Un grupo terrorista, los supremacistas blancos, se erigían en los defensores de los valores más despreciables de los Estados Unidos de América.

La frontera se cerraba al mundo para aislar a los Estados Unidos de América del resto del mundo, para impedir la entrada de los que huían del hambre, de la violencia, fuera gubernamental, fuera de los pandilleros, fuera intrafamiliar. Que la miseria no nos concierna y que quedara fuera de nuestras fronteras era aceptable, ojos que no ven, corazón que no siente.

Voté sin gran convicción, lo confieso, pero con las medidas tomadas en sus primeros 100 días de gobierno Biden me sorprendió.

No era el demócrata que había esperado, el hombre del establishment, aquél dispuesto a seguir el camino, a no innovar, a no hacer que los poderosos se sintieran mal, a tratar, como solución a la desigualdad, de que los poderosos fueran compasivos, ganaran trillones de dólares pero fueran compasivos.

Era normal la desigualdad en los Estados Unidos de América, era nuestra forma de ser: el esfuerzo paga, los intereses personales pasan sobre los intereses de la mayoría. Es normal esa desigualdad que ofende, muestra el triunfo de “la idea” de los Estados Unidos de América: con esfuerzo, sobre todo con el esfuerzo de otros, puedo ganar trillones, en América todo es posible; mas la realidad nos muestra que el sueño es para unos pocos, la pesadilla para la mayoría.

Representamos una idea, la del individualismo, un individualismo llamando a tender puentes entre individualistas, los gobiernos hablan de avanzar sin ofender, no a los ofendidos de la tierra, a los poderosos de la tierra, el diálogo de sordos, ese que no toca la billetera es la norma.

Decía que Biden me había sorprendido. Escuchó las voces de los progresistas, escuchó las voces de la miseria y dijo ¡basta! No ha sido un ¡basta! hueco, está dando unos primeros pasos para empujar reformas que debieron haber sido hechas hace tanto tiempo en busca de la justicia social, en busca del mejor vivir de todos, en busca de cambiar “la idea” de los Estados Unidos país de oportunidades para unos y dolor para otros, por un Estados Unidos de América más justo donde el “we the people” tenga sentido.

Se han dado pasos concretos en favor de la niñez, del salario mínimo, de la educación, de hacer que los multimillonarios paguen impuestos, paguen una parte de las ganancias obtenidas con el esfuerzo de otros para el bienestar de todos.

En lo que respecta a la posición de los Estados Unidos de America dentro del mundo estoy en desacuerdo con el presidente. La posición de los Estados Unidos de América no es la de “liderar el mundo”, es la de incorporarse a la comunidad mundial para escuchar al mundo y ver en ese diálogo no “mi oportunidad” sino una oportunidad conjunta para avanzar hacia ese cielo que tan lejos está de nuestras manos, ese mundo que necesita defender la democracia, pero entendida como el derecho de cada pueblo de gobernarse, esa democracia que no se impone, que respeta, esa democracia en que nos encontramos en la lucha contra los autócratas, contra los que violan los derechos humanos. Esa democracia que no tiene dueño.

Es ese nuevo Estados Unidos de América el que gracias a los progresistas, a los activistas, a los que abandonan su sillón y marchan, avanza. Y que conste, recién comenzamos a andar y no hay regreso.

Al menos así lo espero puesto que queda tanto por hacer: vivienda decente como un derecho, salario justo como un derecho, salud como un derecho, educación como un derecho, documentos para los sin papeles como reconocimiento a su aporte al país, a sus sacrificios, fin del racismo, etc. ¡Hay tanto por hacer! que el corazón se sobrecoge.

A Biden lo que es de Biden, honor por recoger el llamado de aquellos que durante tanto tiempo han luchado por cambiar las cosas, honor por comenzar ese cambio tan necesario. A ellos, las, los activistas mi reconocimiento, creo que voté por ellos, y a los 100 días puedo decir: voté por Biden y por ellos.

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